Músicos viajeros, cultura afroestadounidense y conexiones entre las Américas.

Cuando se habla de la llegada del jazz a la Argentina, suele tomarse como punto de partida las primeras décadas del siglo XX, cuando comenzaron a conocerse con mayor frecuencia las agrupaciones, los repertorios y las novedades musicales procedentes de Estados Unidos. Sin embargo, esa perspectiva deja afuera una historia anterior, menos conocida y todavía insuficientemente investigada: la presencia de músicos, bailarines y prácticas musicales estadounidenses en nuestro país durante el siglo XIX.

Reconstruir ese recorrido permite comprender que el jazz no llegó a un territorio musicalmente ajeno a las tradiciones norteamericanas. Antes de su difusión como género, ya existían contactos personales, espectáculos, repertorios y formas de circulación que habían contribuido a familiarizar al público argentino con diferentes expresiones de aquella cultura musical.

Uno de los primeros protagonistas que podemos recuperar es Joseph William Davis, un afroestadounidense cuya actividad en Buenos Aires fue estudiada por el investigador Juan Pedro Franze en la Revista del Instituto de Investigación Musicológica Carlos Vega, publicada por la Universidad Católica Argentina en 1988. A través de avisos aparecidos en la prensa de la época, Franze reconstruyó parte de la trayectoria de este maestro de danzas, activo en la ciudad desde la década de 1820 y durante buena parte de la primera mitad del siglo XIX.

Davis enseñaba bailes de salón y difundía danzas de procedencia anglosajona, entre ellas el hornpipe, asociado a las tradiciones coreográficas británicas. Su actividad permite observar cómo los repertorios y las prácticas de baile circulaban entre comunidades y adquirían nuevas características en el contexto rioplatense.

Su presencia constituye un antecedente significativo de los contactos entre la sociedad argentina y la cultura afroestadounidense, mucho antes de que existieran los medios de reproducción sonora que posteriormente facilitarían la difusión de la música popular.

Este dato obliga a ampliar nuestra mirada. La historia de la influencia musical estadounidense en la Argentina no puede reducirse a la llegada de discos, partituras importadas o conjuntos de jazz. También debe contemplar a quienes viajaron, enseñaron, actuaron en público y participaron en la vida musical local.

Otro nombre fundamental para comprender estos intercambios es el del pianista y compositor estadounidense Louis Moreau Gottschalk (1829-1869). Nacido en Nueva Orleans, desarrolló una carrera internacional y construyó un lenguaje musical en el que confluyeron recursos de la tradición pianística europea con elementos procedentes de las músicas afroamericanas y caribeñas.

Su prolongada relación con Cuba resulta especialmente relevante. Allí encontró materiales rítmicos y melódicos que incorporó a sus composiciones, en un momento en que las relaciones musicales entre el Caribe, América del Norte y América del Sur eran mucho más intensas de lo que suele sugerir una historia organizada exclusivamente por países.

Gottschalk también actuó en Buenos Aires durante su gira sudamericana de 1868. Su trayectoria muestra que los intercambios musicales entre Estados Unidos y el Río de la Plata no comenzaron con el jazz, sino que formaban parte de una red internacional de conciertos, viajes y circulación de repertorios que ya estaba en funcionamiento durante el siglo XIX.

En esa misma trama aparece Eloísa D’Herbil, pianista y compositora nacida en Cádiz, que residió en Cuba antes de establecerse en la Argentina. Su relación musical con Gottschalk forma parte de su biografía, y su posterior actividad en Buenos Aires la convirtió en una figura destacada de los primeros tiempos del tango.

Su recorrido permite advertir que las historias de la música académica, las danzas de salón y los géneros populares no siempre avanzaron por caminos separados.

Las conexiones entre el tango, la habanera, las danzas brasileñas y las músicas estadounidenses merecen estudiarse desde una perspectiva continental. No se trata de afirmar que todos esos géneros procedan de una única fuente, sino de reconocer que compartieron circuitos, recursos rítmicos, repertorios y espacios de intercambio.

También las músicas caribeñas tuvieron una importancia decisiva en el desarrollo del jazz. El compositor Jelly Roll Morton hablaba del Spanish tinge para referirse a determinados componentes hispano-caribeños que, según su concepción, debían estar presentes en buena parte de esa música. La expresión no describe por sí sola toda la diversidad de esas influencias, pero señala la importancia que un músico fundamental del jazz atribuía a tales conexiones.

Esta perspectiva ayuda a comprender cómo las músicas locales se apropiaron de elementos extranjeros y los incorporaron a sus propios lenguajes. Las influencias no circulaban en una sola dirección: las tradiciones europeas, africanas, estadounidenses y latinoamericanas se encontraron en distintos espacios y generaron combinaciones nuevas.

Al comenzar el siglo XX, la circulación de músicas estadounidenses encontró medios de difusión cada vez más variados. Las partituras impresas, los espectáculos, las bandas y los instrumentos mecánicos permitieron que repertorios como el ragtime alcanzaran públicos alejados de sus lugares de origen.

Ese proceso abre otra etapa de esta historia. Antes de que el jazz se consolidara en la Argentina, ya existían intérpretes y músicos interesados en las nuevas sonoridades estadounidenses. Algunos de sus nombres quedaron registrados en discos; otros sobreviven en partituras, rollos de pianola, anuncios periodísticos y testimonios dispersos.

En la segunda entrega nos detendremos en ese mundo: la difusión del ragtime en la Argentina, los pianistas que participaron en sus primeras manifestaciones locales y la necesidad de recuperar a pioneros que todavía ocupan un lugar marginal en nuestros relatos musicales.

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