Alexa Tarantino se ha convertido en una de las figuras más singulares del jazz contemporáneo. Su historia no es la de una saxofonista que siguió un único camino, sino la de una artista que transitó big bands, pequeños grupos, música afro-latina y proyectos colectivos, hasta llegar a ocupar un lugar estable en la Jazz at Lincoln Center Orchestra.
Formada en la Eastman School of Music y en la Juilliard School, Tarantino construyó una carrera que rehúye etiquetas. Su versatilidad instrumental —saxo alto y soprano, flauta y clarinete— le permite moverse con naturalidad entre distintos colores sonoros, redefiniendo su rol en cada formación. Esa flexibilidad la llevó a colaborar con Cécile McLorin Salvant, Artemis, Arturo O’Farrill y la DIVA Jazz Orchestra, entre otros.
Su discografía refleja un proceso de maduración artística: Winds of Change (2019), Clarity (2020), Firefly (2021) y The Roar and the Whisper (2025). Este último álbum, editado por Blue Engine Records, reúne composiciones propias con obras de Wayne Shorter, Billy Strayhorn y Salvant, y cuenta con invitados como Keita Ogawa. El título, inspirado en una conversación con Salvant, sintetiza la tensión entre fuerza y sutileza que atraviesa su música.
Más allá de los discos, Tarantino ha sido reconocida por críticos y colegas como una de las saxofonistas más influyentes de su generación. Wynton Marsalis la describió como “una fuerza indomable de expresión y excelencia”. Su compromiso pedagógico se materializa en el Cape Ann Jazz Workshop, fundado en 2014, y en su participación como educadora en festivales y universidades internacionales.
Su incorporación estable a la JLCO en la temporada 2024–25 tiene un valor simbólico: de adolescente participó en el programa Essentially Ellington, dedicado al repertorio de Duke Ellington, y años más tarde pasó a integrar profesionalmente la misma orquesta que había estudiado desde afuera. Ese recorrido resume su manera de entender el jazz: conocer la tradición a fondo, tratarla como material vivo y proyectarla hacia el presente.
Hoy, Alexa Tarantino es mucho más que una intérprete brillante. Es una creadora que escucha a Ellington, dialoga con las voces contemporáneas, cambia de instrumento, compone y enseña. Su música encarna la continuidad del jazz como puente entre memoria y creación, con una voz múltiple que se despliega entre pasado y futuro.