Esta columna surge gracias al aporte de Pablo García, saxofonista, quien acercó la traducción (extractos) del poema a cuatro manos de la segunda edición de Free Jazz/Black Power de Philippe Carles y Jean-Louis Comolli.

┬┐Qu├® hay en el amor al jazz? La pregunta pertenece a Carles y Comolli, autores de un libro que desde su aparici├│n se convirti├│ en una referencia para pensar el jazz desde un lugar que iba mucho m├ís all├í de la m├║sica. No solamente desde sus formas, sus m├║sicos o sus grabaciones, sino desde aquello que sucede cuando una m├║sica decide no saber completamente de antemano hacia d├│nde va. La respuesta que proponen comienza con palabras que podr├¡an parecer previsibles: belleza, emoci├│n, nostalgia, exaltaci├│n, revuelta. Pero enseguida aparece algo m├ís profundo: el gusto por los caminos nuevos, el deseo de lo que todav├¡a no conocemos. Ah├¡ est├í, quiz├ís, una de las razones por las que seguimos escuchando jazz.

Hay grabaciones que conocemos de memoria. Sabemos cu├índo entra el piano, cu├índo aparece el solo, cu├índo llega aquel acorde que esperamos desde hace a├▒os. Sin embargo, volvemos a escucharlas. Y algunas veces ocurre algo extra├▒o: la m├║sica parece volver a suceder por primera vez. No es que la grabaci├│n haya cambiado. Cambiamos nosotros. Pero tambi├®n hay algo en esa m├║sica que permite que la escucha vuelva a abrirse. El jazz naci├│ ligado a la improvisaci├│n y, con ella, a una cierta incertidumbre. El m├║sico conoce el lenguaje, conoce la forma, conoce el camino, pero no necesariamente conoce cada paso que dar├í mientras lo recorre. Esa diferencia es fundamental.

Improvisar no significa tocar cualquier cosa. Tampoco significa abandonar todo aquello que se aprendió. El músico llega al instante con una enorme cantidad de memoria: melodías, armonías, ritmos, sonidos, experiencias, influencias. Pero en el momento de tocar debe decidir. Y esa decisión sucede ahora. Por eso el jazz tiene algo de riesgo. Puede aparecer una nota inesperada. Una pausa más larga de lo previsto. Una respuesta del otro músico. Un silencio que modifica el sentido de una frase. Algo puede no salir exactamente como estaba pensado y, sin embargo, abrir una posibilidad que antes no existía.

En el free jazz esta situación llegó a un grado extremo. Ornette Coleman, Cecil Taylor, Albert Ayler, Sun Ra, Archie Shepp y tantos otros músicos pusieron en cuestión muchas de las certezas con las que se había escuchado el jazz hasta entonces. No se trataba simplemente de tocar más libremente. Había una voluntad de poner en discusión aquello que parecía establecido.

Carles y Comolli escribieron sobre ese momento desde una perspectiva est├®tica, pero tambi├®n pol├¡tica y social. Free Jazz/Black Power apareci├│ originalmente en 1971, en un per├¡odo de profundas transformaciones de la sociedad estadounidense y de las luchas de la comunidad afroamericana. La relaci├│n entre la libertad musical y la libertad pol├¡tica ocupa un lugar central en su mirada. Pero hay una idea de aquellos textos que todav├¡a conserva una enorme fuerza: la m├║sica puede permanecer viva cuando conserva la posibilidad de lo inesperado. Quiz├ís por eso el jazz nunca termina de entregarse completamente.

Podemos conocer un blues durante cincuenta a├▒os y todav├¡a encontrar algo dentro de ├®l. Podemos escuchar nuevamente a Miles Davis, John Coltrane, Thelonious Monk o Charlie Parker y descubrir que aquello que cre├¡amos conocido todav├¡a tiene una esquina que no hab├¡amos recorrido. La m├║sica no cambia. La experiencia s├¡. Y en la improvisaci├│n existe adem├ís una peque├▒a amenaza. La m├║sica puede desviarse. Puede detenerse. Puede quedar suspendida durante un instante. El m├║sico puede tomar un camino que nadie esperaba. El grupo puede encontrar otro lugar. Ese riesgo es parte de su belleza. Tal vez el jazz nos gusta por eso: porque nos recuerda que una m├║sica puede estar construida y, al mismo tiempo, permanecer abierta. En un mundo que cada vez intenta anticipar, ordenar, clasificar y repetir todo, todav├¡a resulta conmovedora una m├║sica en la que algo puede suceder sin haber sido completamente previsto. El jazz no promete seguridad. Promete, en cambio, la posibilidad de volver a escuchar. Y quiz├ís eso sea suficiente para que, despu├®s de la mil├®sima escucha, todav├¡a podamos sentir que la m├║sica acaba de comenzar.

La poeta cubana Cleva Sol├¡s (1918ÔÇô1997) escribi├│ El jazz en 1966, un texto largo, conversacional y enumerativo que imita la improvisaci├│n musical con palabras. All├¡ aparecen nombres como Gershwin, Bessie Smith, Chaplin o Milhaud, en un flujo verbal que evoca la atm├│sfera de un club nocturno y la vitalidad del g├®nero.

┬┐Que hay en el amor al jazz? La belleza, la emoci├│n, la nostalgia, la exaltaci├│n, la revuelta, todo eso sin duda Pero en principio el gusto de los caminos nuevos El vivo deseo de lo no necesariamente m├║sicas nuevas, formas musicales in├®ditas, sino una m├║sica constantemente nueva, que mantenga en nosotros al final de la mil├®sima escucha la certeza de que ella se entrega por primera vez y que ella pudiera ser completamente diferente y que, si ella no lo es, que si ella es como debe ser y es como ella ser├í siempre, se debe a la belleza sin nombre del azar. Ese jazz en instante de ruptura supone que al momento del trabajo de la m├║sica, el m├║sico como el escucha pasan por la conciencia aguda de que eso puede terminar abruptamente, de un instante al otro, que la nada, que el silencio, que la muerte est├ín a partir del soplo y la nota. Eso puede terminar. La amenaza. Que no es m├ís un juego sino el fin del juego Que eso pueda terminar quiere decir que es fr├ígil que se tiene en un hilo entre la m├║sica y nosotros, un hilo tendido que puede romperse. Nosotros llamamos a eso improvisaci├│n porque solamente en ese caso no est├í excluido que el hilo se rompa verdaderamente. La amenaza no es formal sino real, el juego se puede parar o alterarse de golpe Y est├í ruptura es mucho m├ís posible si ella no est├í programada. El soplo puede suspenderse, la nota puede ser la ├║ltima, o no. Eso puede pararse como volver a empezar, quien sabe. Es como decimos: cuesti├│n de circunstancias. Esa cuesti├│n de la improvisaci├│n… Ese jazz improvisado… Ese free jazz… Abierto al aleatorio, al accidente, al imprevisto, a los encuentros, al choque, a lus miedos, a las crisis. Es por all├¡, sobre todo hoy, que puede todav├¡a producirse una m├║sica que escape a la programado.

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