En mayo de 1915, mientras Nueva Orleans seguía siendo el corazón indiscutido de una música todavía sin nombre fijo, un grupo de músicos blancos decidió probar suerte fuera de casa. Se llamaban Brown’s Band from Dixieland, y su viaje al norte —modesto en apariencia, decisivo en sus consecuencias— terminaría siendo uno de los primeros eslabones visibles en la cadena que llevaría al jazz desde los clubes del Barrio Francés hasta los escenarios de todo el país.

La banda estaba liderada por el trombonista Tom Brown, hijo de Nueva Orleans y curtido en las orquestas callejeras de Papa Jack Laine, el patriarca informal de buena parte de los músicos blancos de la ciudad. Junto a él tocaban Ray Lopez en corneta —quien además ejercía de representante del grupo—, Arnold Loyocano en contrabajo, Billy Lambert en batería y, en el clarinete, un joven que con el tiempo se volvería una referencia del instrumento: Larry Shields.

El contrato en Chicago no nació de una estrategia de expansión artística sino de un golpe de suerte propio del mundo del espectáculo. A comienzos de 1915, el bailarín de vodevil Joe Frisco escuchó tocar a la banda en Nueva Orleans y quedó tan impresionado que gestionó para ellos una contratación en el Lamb’s Café, un local de Chicago situado en la esquina de Clark y Randolph. El 15 de mayo de 1915 —fecha que la mayoría de los registros históricos ubica dos días antes de la que suele citarse en algunas versiones de la historia— la banda debutó ante un público que jamás había escuchado nada parecido.

El relato del recibimiento tibio que hizo Ray Lopez décadas más tarde no es un detalle menor: describe con precisión el choque cultural entre una música pensada para el baile colectivo y las funciones de improvisación grupal, y un público norteño acostumbrado a otros códigos de escucha. La irrupción de la compañía de vodevil que finalmente se largó a bailar —probablemente vinculada al propio circuito de Frisco, que conocía bien ese mundo— funcionó como detonante: bastó que alguien rompiera la distancia entre el escenario y la pista para que el resto del salón se sumara.

Ese episodio, más allá de su carga anecdótica, ilustra algo estructural en la historia temprana del jazz: la música no se abría camino solo por su valor sonoro, sino por su capacidad de generar un contagio físico, casi coreográfico, que el oyente pasivo no podía anticipar hasta vivirlo.

El paso de la banda por Chicago dejó, además, un capítulo menos conocido y bastante revelador del clima de la época. El éxito del grupo despertó la hostilidad del sindicato local de músicos, molesto por la competencia de una formación foránea y no afiliada. Algunos piqueteros llegaron a exhibir carteles que rezaban “Don’t Patronize This Jass Music” “No apoye esta música jass”, en un intento de asociar al grupo con la mala reputación del barrio de Storyville, cuna de la vida nocturna y la prostitución en Nueva Orleans. El efecto fue el opuesto al buscado: la curiosidad por saber qué era eso del “jass” atrajo todavía más público, y Brown terminó apropiándose del término para bautizar a su propia banda.

Vale una aclaración necesaria para entender el lugar exacto de Brown’s Band en esta historia: no fueron los primeros músicos de Nueva Orleans en salir de gira. Ese mérito corresponde a la Original Creole Orchestra de Freddie Keppard, una orquesta afroamericana que ya recorría el país por el circuito de vodevil. Lo que sí logró la banda de Brown fue algo más específico: ser el primer grupo en dejar una huella significativa en Chicago, ciudad que todavía no tenía este tipo de música y donde, en apenas dos años, se instalaría el segundo gran centro del jazz en Estados Unidos.

La residencia en el Lamb’s Café se extendió durante más de cuatro meses, hasta que el local cerró por reformas. La banda continuó luego en Nueva York, donde tocó otros cuatro meses antes de regresar a Nueva Orleans en febrero de 1916. Como era habitual entre los grupos de la época, las dificultades económicas y la inestabilidad laboral terminaron por disolver la formación original poco después.

Pero el terreno ya estaba abonado. En los años siguientes, Chicago se convirtió en el destino obligado para los  músicos de Nueva Orleans —King Oliver, Louis Armstrong, Jelly Roll Morton entre ellos— que encontrarían allí, en clubes del South Side, las condiciones para que el jazz diera el salto de música regional a fenómeno nacional. Brown’s Band from Dixieland no inventó ese camino, pero fue de los primeros en cruzarlo, y su breve paso por el Lamb’s Café quedó como una de esas anécdotas fundacionales que anticipan, sin saberlo del todo, el peso histórico que terminarán teniendo.

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