Tenía quince años cuando Néstor Ortíz Oderigo apareció en mi vida, aunque en ese momento no podía imaginar la importancia que tendría para mí.

Recuerdo haber encontrado Orígenes y esencia del jazz en una tienda de libros usados. Era uno de esos lugares donde uno entra sin saber exactamente qué busca y puede salir con algo que termina cambiándole la vida. Tomé aquel libro, comencé a leerlo y descubrí que detrás de la música que tanto me atraía había una historia que yo todavía no conocía.

Hasta entonces, el jazz era para mí la guitarra, la improvisación, los músicos, los discos y ese sonido que me fascinaba. Pero Ortíz Oderigo me llevó mucho más atrás. Me hizo mirar hacia África y hacia la historia de los afrodescendientes en América. Me mostró que el jazz no podía entenderse solamente desde sus músicos o desde sus estilos: había que buscar sus raíces en una historia cultural mucho más profunda.

Fue como descubrir un mundo nuevo.

A partir de aquel primer libro comencé a buscar todo lo que pudiera encontrar de Ortíz Oderigo. Fui consiguiendo sus obras y cada una de ellas me abría una nueva puerta. Llegaron Panorama de la música afronorteamericana, de 1944; Estética del Jazz, de 1951; Historia del Jazz, de 1952; y El calypso, expresión musical de los negros de Trinidad, de 1956. Después apareció su Diccionario del Jazz, publicado en 1959 y traducido al italiano en 1961 como Dizionario del jazz.

Yo tenía quince años y estaba tratando de entender aquella música. Y de repente tenía frente a mí a alguien que no solamente hablaba del jazz, sino que intentaba explicar de dónde venía, qué significaba y qué relación tenía con las culturas afroamericanas.

Su búsqueda continuaba mucho más allá del jazz estadounidense. La presencia del negro en la música de Brasil, de 1965, me llevaba hacia la música brasileña, mientras que El negro y su mundo, croquis del candombe, también de 1965, acercaba esa investigación al Río de la Plata. Más adelante, Aspectos de la cultura africana en el Río de la Plata, de 1974, profundizaba esa mirada. Esta última obra recibió en 1975 la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores.

También estaban sus trabajos sobre la cultura afroargentina.

Cada libro ampliaba el mapa que yo estaba tratando de construir.

Con el tiempo comprendí que aquello que me había fascinado de Ortíz Oderigo era justamente su manera de buscar conexiones. No estudiaba la música como algo aislado. Quería comprender las culturas que la habían producido, los procesos históricos que las habían transformado y las huellas africanas que permanecían en América.

Y después descubrí otra faceta que hoy me resulta especialmente significativa: la radio.

Ortíz Oderigo no se limitó a escribir libros. También llevó sus conocimientos al público a través de la radio. La investigación de Milena Annecchiarico recupera dos de sus programas realizados para LRA Radio Nacional: Meridiano del jazz: el jazz a través de instrumentos no usuales, de 1965, y Candombe, de 1971. En ellos seleccionaba músicas de los discos que había reunido durante años y que hoy forman parte de la colección conservada en el INAPL.

Esto me hace pensar que Ortíz Oderigo tenía algo que considero fundamental en cualquier investigador: no quería quedarse con el conocimiento para sí mismo. Quería compartirlo.

Investigaba, escribía, coleccionaba discos, estudiaba instrumentos y culturas, mantenía correspondencia con investigadores de otros países y también utilizaba la radio para acercar esas músicas a quienes quizás nunca habían tenido la posibilidad de escucharlas.

Hoy, cuando conozco mejor su trayectoria, me sorprende todavía más que su figura no tenga entre nosotros el reconocimiento que merece.

Ortíz Oderigo fue un adelantado. Comenzó a investigar la cultura afroamericana y afroargentina en una época en la que estos temas ocupaban un lugar muy marginal en nuestro país. La investigación sobre su colección lo ubica como una figura pionera en los estudios afroamericanos y señala la amplitud de sus investigaciones, que abarcaron música, historia y antropología.

Su colección permite dimensionar la magnitud de aquella tarea: 2.638 libros, 145 piezas etnográficas y cientos de discos. No son solamente números. Son el testimonio de una vida dedicada a buscar, estudiar y comprender.

Cuando vuelvo mentalmente a aquella tienda de libros usados, pienso en la casualidad de haber encontrado Orígenes y esencia del jazz. Yo no sabía entonces quién era Néstor Ortíz Oderigo. No sabía que estaba frente a la obra de un investigador que se había adelantado varias décadas a muchas de las preguntas que hoy nos hacemos sobre las culturas afroamericanas.

Tampoco podía imaginar que aquel libro iba a influir en mi propia manera de escuchar, estudiar y enseñar jazz.

Por eso digo que Ortíz Oderigo fue mi mentor.

No lo fue de la manera tradicional. Nunca tuve la oportunidad de sentarme frente a él ni de conversar personalmente. Fue un mentor a través de sus libros, de sus ideas y de las preguntas que sus investigaciones despertaron en mí.

Me enseñó que para comprender el jazz había que mirar más allá del jazz.

Había que escuchar la historia.

Había que conocer África, la diáspora, América y las experiencias de los afrodescendientes. Había que entender que una música también puede ser memoria, resistencia, identidad y transformación.

Quizás por eso siento que todavía tenemos una deuda con él.

Porque Néstor Ortíz Oderigo hizo un trabajo enorme cuando casi nadie estaba mirando hacia ese lugar. Fue un investigador, escritor y divulgador adelantado a su tiempo. Y para mí fue, además, aquel hombre que, sin saberlo, abrió una puerta cuando yo tenía quince años.

Yo crucé esa puerta.

Y todavía sigo recorriendo el mundo que encontré detrás de ella

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