
Hay libros que cumplen una función muy concreta: ordenar datos, establecer cronologías o reunir información dispersa. Y hay otros que, además de documentar una vida, invitan al lector a replantearse todo lo que creía saber sobre un artista. Eso ocurre con Duke Ellington, la biografía escrita por James Lincoln Collier, una obra que hoy quiero compartir desde mi biblioteca personal. Como investigador y docente, suelo volver una y otra vez a determinados títulos. Algunos porque son fuentes de consulta permanente; otros porque representan momentos importantes dentro de la historiografía del jazz. El libro de Collier pertenece a esta última categoría. Es una obra que, desde su publicación, despertó admiración y también fuertes debates entre musicólogos, críticos y músicos. A primera vista, el libro parece seguir el recorrido tradicional de una biografía: la infancia de Edward Kennedy “Duke” Ellington en Washington D.C., sus primeros pasos como pianista, el ascenso de su orquesta en el Harlem de los años veinte, la residencia en el Cotton Club y la consolidación de una de las carreras más extraordinarias de la música del siglo XX. Sin embargo, Collier va mucho más allá de la simple narración cronológica. Su verdadero interés consiste en comprender cómo pensaba Ellington la música y de qué manera logró construir un lenguaje completamente personal. Esa es, probablemente, la mayor virtud del libro.
Una de las ideas más interesantes que desarrolla Collier es que el instrumento principal de Duke Ellington nunca fue el piano. Su verdadero instrumento fue la orquesta. Puede parecer una afirmación sencilla, pero cambia completamente la perspectiva desde la cual entendemos su obra. Ellington no escribía únicamente melodías o armonías; escribía pensando en personas concretas. Cada músico de su orquesta poseía un color, un fraseo y una personalidad irrepetibles. Johnny Hodges, Harry Carney, Cootie Williams, Barney Bigard, Lawrence Brown o Paul Gonsalves no eran simples intérpretes: eran parte del material compositivo. Su música no podía separarse de las voces individuales que la hacían posible. En ese sentido, la Duke Ellington Orchestra funcionaba como un inmenso laboratorio sonoro. Otro de los grandes ejes del libro es la relación entre Duke Ellington y Billy Strayhorn. Collier sostiene que la participación de Strayhorn fue mucho más profunda de lo que durante décadas reconoció la historia oficial del jazz. No solo colaboró como arreglador, sino también como compositor y arquitecto musical de muchas de las obras más importantes del repertorio ellingtoniano.
Hoy sabemos que comprender la producción de Ellington implica comprender también esa extraordinaria sociedad artística, una de las más fecundas que ha conocido la historia de la música. Quizá el aspecto más conocido de esta biografía sean las controversias que provocó. Collier cuestiona algunos lugares comunes sobre Ellington. Afirma, por ejemplo, que no fue un pianista de gran virtuosismo técnico, que muchas de sus composiciones surgieron de un proceso colectivo con la orquesta y que algunas de sus obras más extensas no alcanzan la misma consistencia que sus piezas breves.
Estas interpretaciones fueron discutidas por numerosos especialistas. Algunos consideran que el autor aplica criterios demasiado cercanos a la música clásica para evaluar una obra concebida desde la lógica del jazz. Precisamente por eso el libro sigue siendo tan interesante: porque obliga al lector a pensar, comparar fuentes y construir una mirada propia Desde una perspectiva musicológica, uno de los mayores méritos de Collier reside en el análisis del sonido de la orquesta. El autor dedica especial atención a la instrumentación, la escritura para secciones, el desarrollo tímbrico y la evolución estilística de Ellington a lo largo de más de cinco décadas. No se limita a contar la historia del personaje; intenta explicar por qué esa música sigue sonando moderna. Para quienes investigamos el jazz, esa mirada resulta especialmente enriquecedora.
Como ocurre con toda obra historiográfica, este libro no debe leerse como una verdad definitiva. Conviene complementarlo con otras biografías fundamentales, como las de Terry Teachout, A. H. Lawrence o estudios dedicados específicamente a Billy Strayhorn y a la Duke Ellington Orchestra. El diálogo entre diferentes autores permite obtener una visión mucho más completa de uno de los grandes creadores del siglo XX.
Cada vez que vuelvo a este libro recuerdo una idea que suelo compartir con mis alumnos: el jazz no se comprende únicamente escuchando discos; también se descubre leyendo a quienes han dedicado años a estudiar su historia. La biografía de James Lincoln Collier no busca rendir un homenaje incondicional a Duke Ellington. Su propósito es entender al hombre detrás del mito, al compositor detrás del director de orquesta y al creador detrás de la leyenda.Puede que no estemos de acuerdo con todas sus conclusiones, pero precisamente ahí reside su valor. Los grandes libros no son aquellos que cierran las discusiones, sino los que las mantienen vivas.Y este es, sin duda, uno de esos libros.
Marcelo Bettoni
Las Rutas del Jazz
Mi biblioteca de jazz: un espacio para compartir aquellos libros que, además de ocupar un lugar en mis estantes, siguen alimentando la reflexión, la investigación y el placer de descubrir nuevas maneras de escuchar la historia del jazz.