El jazz siempre tuvo una fascinación particular por los trenes. No es casual. En una música nacida del desplazamiento —geográfico, cultural, social— el tren funciona a la vez como símbolo y como materia sonora. En 1933, Duke Ellington convirtió ese impulso en música con Daybreak Express, una pieza donde la orquesta no describe un tren: lo encarna.

Sesenta años después, Wynton Marsalis retoma esa misma imagen en Express Crossing. Pero no lo hace desde la cita reverencial ni desde la reconstrucción histórica. Lo que aparece es otra cosa: una obra que se desplaza entre épocas, como si el tren ya no avanzara en una sola dirección, sino que se abriera en múltiples recorridos simultáneos.

Desde el comienzo, la referencia es reconocible. Los metales funcionan como silbatos, la batería con escobillas empuja el pulso como ruedas sobre rieles. Pero rápidamente el paisaje se transforma. Lo que en Ellington era continuidad, en Marsalis se vuelve fragmento. Las secciones no se desarrollan: irrumpen. Los climas no evolucionan: se superponen.

Hay algo deliberadamente inestable en esta música. Las métricas se quiebran, los tempi se desplazan, las texturas se acumulan. El oyente pierde la posibilidad de apoyarse en un pulso constante. Es un viaje con sacudidas.

Y sin embargo, el pasado está en todas partes. Aparece en progresiones heredadas del dixieland, en líneas de trompeta que remiten al bebop, en la manera en que la orquesta respira al estilo de las grandes bandas. Incluso cuando la música parece desviarse, hay una memoria que organiza el recorrido.

Uno de los momentos más reveladores es el uso del piccolo. No pertenece al lenguaje tradicional del jazz, y sin embargo aquí no suena ajeno. Más bien abre una grieta: muestra que el idioma puede expandirse sin perder identidad. Lo mismo ocurre con los efectos en metales y saxofones —growls, “wah-wah”, sonoridades rugosas— que recuerdan que el jazz nunca fue una música pulida, sino una forma de decir desde la materia misma del sonido.

Marsalis improvisa como si atravesara ese mapa. Sus solos no buscan romper la estructura, sino tensarla. Hay momentos donde la velocidad roza el exceso, donde las frases se empujan unas a otras, como si el discurso no pudiera detenerse.

Hacia el final, el tren desacelera. No hay cierre triunfal, sino una llegada progresiva, casi inevitable. El movimiento se apaga, pero deja algo en suspenso: la sensación de que ese viaje no era lineal.

Escuchar Express Crossing hoy es escuchar una pregunta: qué significa tocar jazz después de todo lo que ya ocurrió, qué hacer con una tradición que pesa tanto como inspira. Marsalis no responde de manera directa. En cambio, construye una música donde esas tensiones quedan expuestas.

El tren sigue ahí. Pero ya no recorre un único camino. Por Marcelo Bettoni

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