
El 26 de mayo, en el Teatro San Martín, la presentación del Etienne Charles Creole Quartet no debería pensarse simplemente como un concierto más dentro de la agenda jazzística porteña. Hay algo en la música de Etienne Charles que invita —casi exige— otro tipo de escucha: una escucha atenta, histórica, situada. Porque Charles no es, en sentido estricto, un “fusionador”. Esa palabra, tan usada en la crítica, suele esconder más de lo que revela. En su caso, hablar de fusión sería reducir un proyecto mucho más profundo: el de alguien que entiende el jazz no como un lenguaje cerrado, sino como un territorio en disputa, atravesado por memorias, migraciones y olvidos.
Desde una perspectiva pedagógica, esto es central. Cuando uno escucha su música por primera vez, puede reconocer rápidamente elementos “caribeños”: ciertos patrones rítmicos, acentos, colores. Pero detenerse ahí sería quedarse en la superficie. Lo interesante —y lo verdaderamente formativo para el oído— es advertir cómo esos elementos no están añadidos desde afuera, sino que operan como una relectura del propio origen del jazz.En otras palabras: Charles no lleva el Caribe al jazz; nos recuerda que el jazz ya era, en su nacimiento, profundamente caribeño.
Ahí aparece uno de los puntos más fértiles para pensar su obra en clave crítica. Durante mucho tiempo, cierta historiografía del jazz —sobre todo la más canónica— tendió a construir un relato centrado en Estados Unidos, particularmente en ciudades como Nueva Orleans, Chicago o Nueva York. Sin embargo, ese relato dejó en segundo plano las conexiones con Trinidad y Tobago, Haití, Cuba o Martinica, que no solo fueron contemporáneas, sino constitutivas. La música de Charles se inscribe precisamente en esa zona de revisión. Y lo hace sin estridencias, sin necesidad de “declarar” su intención. Lo hace componiendo.
Hay, además, una cualidad que como docente resulta especialmente valiosa: su capacidad para sostener complejidad sin perder claridad. Su trompeta no busca deslumbrar por exceso, sino por precisión. El fraseo es limpio, el sonido tiene cuerpo, y la melodía —esto es clave— siempre aparece como un hilo conductor. Incluso cuando la base rítmica se vuelve densa o polirrítmica, hay algo que orienta la escucha. Esto permite trabajar con estudiantes una idea fundamental: que la sofisticación en el jazz no está necesariamente en la acumulación, sino en la organización del discurso.
En el formato de cuarteto —como el que se presentará en el Teatro San Martín— esta lógica se vuelve aún más evidente. El grupo funciona como un pequeño laboratorio donde cada instrumento ocupa un rol dinámico, móvil. No hay jerarquías rígidas, sino una circulación constante entre acompañamiento y protagonismo. Es una música que respira colectivamente. Y ahí aparece otra enseñanza posible: el jazz como práctica social. No como suma de individualidades brillantes, sino como construcción compartida. Escuchar cómo dialogan, cómo se interrumpen, cómo se sostienen, puede ser tan revelador como analizar cualquier solo.
Ahora bien, también es necesario introducir una mirada crítica en sentido más estricto. En algunos momentos de su discografía, esa misma claridad que facilita la escucha puede rozar cierto equilibrio “demasiado controlado”. Es decir, una música que, en su afán de integrar múltiples tradiciones, evita el conflicto más áspero, la fricción más radical que también forma parte del ADN del jazz. No se trata de un defecto, sino de una elección estética. Pero es interesante señalarlo, porque abre una pregunta: ¿hasta qué punto la recuperación de la tradición puede convivir con el riesgo?
Quizás la respuesta esté en la propia lógica de su proyecto. Charles no busca romper con el pasado, sino reorganizarlo. Su gesto no es el de la vanguardia que quiebra, sino el del historiador que ilumina zonas olvidadas. Y en ese sentido, su música cumple una función doble: artística y pedagógica. Quien asista al concierto del 26 de mayo puede, si se lo propone, escuchar algo más que un muy buen grupo de jazz contemporáneo. Puede escuchar una conversación histórica en tiempo real. Puede reconocer ritmos que viajaron, melodías que mutaron, identidades que se mezclaron sin perderse del todo.
Puede, en definitiva, escuchar cómo el jazz sigue contando su historia. Pero no como algo terminado, sino como algo que —todavía— está ocurriendo. Por Marcelo Bettoni