Los llamados “creoles de color” ocupan un lugar ambiguo y, al mismo tiempo, decisivo en los orígenes del jazz. Durante años se sostuvo una idea casi lineal: que los músicos criollos del centro de Nueva Orleans habrían aprendido el nuevo lenguaje directamente de los músicos afroamericanos de uptown. Pero la realidad, como suele ocurrir en la historia del jazz, es menos ordenada y bastante más rica. El intercambio existió —la circulación a través de Canal Street fue real y constante—, aunque no fue el único canal. También circularon ideas a través del papel: partituras, arreglos, reducciones para piano, que fijaban —aunque de manera parcial— ciertos rasgos del naciente blues.

Para comprender mejor este proceso hay que retroceder unas décadas y observar la situación social de los criollos de color. Antes de la Guerra Civil Estadounidense, muchos de ellos formaban una clase intermedia con acceso a educación formal, formación musical académica y una fuerte tradición europea. Leían música, estudiaban técnica instrumental, tocaban repertorio clásico y de salón. Sin embargo, las leyes de segregación posteriores —especialmente las vinculadas al período de Reconstrucción de Estados Unidos— tendieron a borrar esas diferencias, empujando a estos músicos hacia una convivencia más directa con las prácticas afroamericanas populares.

Ese encuentro no fue inmediato ni armónico: implicó tensiones estéticas y sociales. Pero de esa fricción surgió una síntesis. Músicos formados en la lectura y la disciplina técnica comenzaron a interactuar con un lenguaje basado en la oralidad, la improvisación y la flexibilidad rítmica. Allí empieza a delinearse uno de los rasgos más profundos del jazz: la coexistencia entre estructura y libertad.

En ese cruce aparece la figura de Anthony Maggio, un músico de formación clásica que, muchos años después, reclamó para sí un papel en el nacimiento del blues. Su relato —publicado en 1955— tiene algo de memoria personal y algo de reconstrucción posterior. Cuenta que en 1907 cruzó el Mississippi hacia Algiers y escuchó a un guitarrista anciano repetir tres notas de manera insistente. No había desarrollo formal ni progresión armónica clara: apenas un motivo reiterado, casi hipnótico. Cuando preguntó qué era aquello, la respuesta fue directa: “I got the blues”.

Ese momento, más que un origen, parece una condensación simbólica. Porque el término “blues” ya existía desde hacía décadas en la cultura popular. Canciones del siglo XIX —como las de Sarah M. Graham— ya asociaban el concepto a un estado emocional. En el circuito del vodevil, figuras como Chris Smith habían contribuido a su difusión. Incluso Jelly Roll Morton recordaría más tarde esos antecedentes, aunque sin identificar aún lo que hoy entendemos como blues en sentido musical.

Lo que Maggio parece haber encontrado en el levee no fue una canción en el sentido tradicional, sino un principio expresivo: repetición, economía de materiales, una cierta insistencia casi obsesiva. Y su gesto fue traducir ese principio a un lenguaje que él dominaba. Así nació “I Got the Blues” (1908), una pieza que organiza ese motivo en una forma de doce compases, con funciones armónicas definidas.

Ahí se produce un desplazamiento clave. Lo que en el guitarrista era flujo libre, sin necesidad de justificar su continuidad, se convierte en la partitura en una estructura reconocible. Maggio introduce dominantes, relaciones funcionales, incluso recursos cromáticos como acordes disminuidos que enriquecen el discurso. No está documentando lo que escuchó: está reinterpretándolo. Y en ese acto, sin proponérselo, contribuye a fijar una de las formas fundamentales del blues.

Pero este proceso no ocurre en el vacío. En los repertorios de la época ya circulaban estructuras de doce compases. La colección del director de banda John Robichaux lo demuestra con claridad. Piezas como “Just Because She Made Dem Goo-Goo Eyes” (1900), de Hughie Cannon y John Queen, presentan esquemas armónicos simples I–IV–V en ciclos de doce compases. No eran blues en el sentido estilístico posterior, pero sí contenían elementos estructurales que el blues adoptaría y resignificaría.

Esto sugiere que la forma de doce compases no nace exclusivamente del blues, sino que el blues la absorbe y la transforma. Del mismo modo, el lenguaje bluesístico —con sus inflexiones, sus “blue notes”, su relación flexible con la afinación— no puede reducirse a una partitura. Es, ante todo, una práctica.

En este contexto, la figura de W. C. Handy adquiere un sentido más claro. Cuando publica “The Memphis Blues” en 1912, no está inventando el blues, sino organizando y proyectando hacia el mercado una serie de prácticas dispersas. Su mérito no es el origen, sino la síntesis y la difusión. Que Robichaux haya decidido escribir un arreglo propio de esta pieza indica hasta qué punto percibía su importancia dentro del nuevo repertorio.

Hay, además, otro aspecto que suele pasarse por alto: el rol de los espacios de performance. Lugares como salones de baile, teatros de vodevil, bares y desfiles callejeros funcionaban como verdaderos laboratorios musicales. Allí, las piezas no eran entidades fijas, sino materiales en transformación. Un tema podía cambiar de forma, de tempo, de función, según el contexto. En ese sentido, la noción de “obra” es menos relevante que la de “práctica”.

Los “creoles de color” se movían con soltura entre esos mundos. Podían leer una partitura compleja y, al mismo tiempo, adaptarse a un entorno donde la música se construía en el momento. Esa doble competencia los convirtió en mediadores fundamentales: traductores entre dos lógicas musicales que, al encontrarse, dieron origen a algo nuevo.

Si se observa este proceso en perspectiva, lo que emerge no es una historia de invenciones individuales, sino una red de apropiaciones, traducciones y resignificaciones. El episodio de Maggio, lejos de ser el “nacimiento del blues”, revela algo más interesante: el momento en que una experiencia musical empieza a ser pensada, organizada y, en cierto modo, fijada.

Y es precisamente en esa tensión —entre lo que suena y lo que se escribe, entre lo que se improvisa y lo que se codifica— donde comienza a delinearse el jazz como lenguaje. Por Marcelo Bettoni

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

+ 24 = 29
Powered by MathCaptcha