La irrupción del jazz modal hacia fines de los años cincuenta no fue simplemente una innovación técnica: fue, en un sentido profundo, una transformación de la percepción musical. Allí donde el bebop había comprimido el tiempo en una vertiginosa sucesión de acordes, la modalidad abrió el espacio. Y en ese espacio —casi como un horizonte recién descubierto— algunos músicos encontraron no solo nuevas formas, sino nuevas preguntas. Entre ellos, ninguno avanzó con tanta intensidad como John Coltrane.

Si uno quisiera rastrear el germen de esta transformación, inevitablemente aparece la figura de George Russell. Su libro The Lydian Chromatic Concept of Tonal Organization no fue de lectura masiva —ni siquiera amigable—, pero actuó como una especie de texto iniciático. Russell proponía desplazar el eje: dejar de pensar la improvisación como una navegación obligada entre acordes cambiantes y empezar a concebirla como una exploración dentro de un campo armónico expandido. En términos simples, pasar de la urgencia a la permanencia.

Este cambio no solo modificó la técnica: alteró la psicología del intérprete. Donde antes había que “resolver” rápidamente, ahora se podía “habitar”. Y habitar el sonido —esto Coltrane lo entendió de inmediato— implica una forma distinta de escucha, más cercana a la contemplación que a la destreza.

El laboratorio inicial de esta nueva estética fue el círculo de Miles Davis. En Kind of Blue, la modalidad no aparece como teoría, sino como clima. Temas como “So What” o “All Blues” no avanzan: flotan. Y en ese flotar se redefine el rol del solista. Ya no se trata de atravesar un laberinto armónico, sino de iluminar un territorio.

Para Coltrane, esa experiencia fue decisiva. Pero, fiel a su naturaleza, no se detuvo en la revelación: la llevó al límite. Cuando forma su cuarteto en 1960 —con McCoy Tyner, Elvin Jones y, poco después, Jimmy Garrison— el jazz modal deja de ser una posibilidad estética y se convierte en un método de indagación.

Un punto de inflexión es su versión de “My Favorite Things”. Tomar una melodía asociada al teatro musical —The Sound of Music— y transformarla en una meditación modal de casi quince minutos no era solo una audacia formal. Era una declaración: cualquier material podía ser reconfigurado si se lo sometía a una nueva lógica del tiempo. El uso del saxofón soprano, el compás de vals, los largos pedales armónicos: todo confluye en una música que parece girar sobre sí misma, como si buscara una verdad que no está en el punto de llegada, sino en el proceso.

Aquí aparece un rasgo clave del pensamiento coltraniano: la repetición no como estancamiento, sino como profundización. Cada vuelta sobre el mismo centro armónico no es redundancia, sino excavación.

En discos como Africa/Brass o Impressions, esa excavación se expande hacia lo ritual. La incorporación de drones, la influencia de la música india —particularmente el concepto de raga— y la extensión temporal de las improvisaciones sugieren que Coltrane ya no está pensando en términos de “tema y variación”, sino en algo más cercano a una experiencia continua. El jazz, en ese punto, empieza a rozar lo ceremonial.

No es casual que esta búsqueda coincida con su creciente interés por las tradiciones espirituales no occidentales. Para Coltrane, la modalidad no era solo una herramienta musical: era una vía de acceso. Un modo de ordenar el sonido para acceder a una dimensión más amplia de la conciencia.

Esa dimensión encuentra su forma más depurada en Crescent y, sobre todo, en A Love Supreme. Aquí, la economía de medios es notable. Los materiales son simples —motivos breves, estructuras abiertas— pero la carga expresiva es inmensa. En “Acknowledgement”, el célebre ostinato de bajo no solo organiza la pieza: la funda. Es un eje sobre el cual todo gira, como si la música necesitara afirmarse en una verdad elemental antes de expandirse.

Lo que distingue a Coltrane en este período no es solo su virtuosismo —que ya era extraordinario— sino su capacidad para convertir cada recurso técnico en una necesidad expresiva. La modalidad, en sus manos, deja de ser un sistema para convertirse en lenguaje. Y ese lenguaje no describe: invoca.

Si en Miles Davis la modalidad sugiere un paisaje nocturno, contenido y elegante, en Coltrane se vuelve ascenso. Hay en su música una urgencia que no desaparece con la simplificación armónica; por el contrario, se intensifica. Porque ahora el desafío no es “seguir” los cambios, sino sostener el sentido.

Tal vez por eso su evolución posterior hacia el free jazz no representa una ruptura, sino una consecuencia lógica. La libertad que comienza en la modalidad —esa liberación del acorde como destino— termina cuestionando toda estructura previa.

En definitiva, el jazz modal no fue solo un capítulo en la historia del género. Fue un cambio de paradigma: una nueva relación entre tiempo, espacio y sonido. Y en ese territorio abierto, John Coltrane no solo encontró su voz. Encontró algo más difícil de definir, pero imposible de ignorar: una forma de verdad musical que todavía hoy sigue resonando. Por Marcelo Bettoni

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