Hoy el jazz se estudia en universidades. Se analizan sus armonías en aulas de música, se discuten sus orígenes en congresos académicos y genera una bibliografía cada vez más extensa. Pero durante mucho tiempo el jazz no tuvo historiadores profesionales. Su pasado fue preservado por aficionados. Eran coleccionistas obsesivos. Personas que recorrían tiendas de discos usados, escribían cartas a músicos retirados y acumulaban grabaciones que casi nadie más parecía valorar. Muchos tenían empleos completamente ajenos a la música, pero dedicaban sus noches y fines de semana a perseguir una intuición: el jazz tenía una historia que todavía no había sido contada. Entre ellos estaba Frederic Ramsey Jr.

Ramsey se graduó en Princeton en 1936 y consiguió un trabajo en la editorial Harcourt Brace. No era musicólogo ni historiador. Era simplemente un joven fascinado por el jazz. Pero a veces la historia cultural avanza gracias a ese tipo de obsesiones personales. Un día llegó a la editorial un manuscrito sobre jazz. Como Ramsey era conocido por su interés en el tema, le pidieron que lo evaluara. Lo leyó con atención. El resultado lo irritó. Años después recordaría que el libro era francamente malo. En su informe editorial escribió una frase que parecía casi una provocación: “Yo podría escribir un libro mejor sobre jazz”.No imaginaba entonces que estaba a punto de hacerlo.

En 1939 apareció Jazzmen. Hoy puede parecer solo un título más dentro de la bibliografía sobre jazz, pero en su momento representó algo radical. Era uno de los primeros libros que trataban al jazz como una música con pasado. Una música con raíces. Y ese pasado tenía un lugar central: Nueva Orleans.

La idea resultó poderosa. Durante décadas, la historia del jazz se organizaría alrededor de esa ciudad portuaria del sur de Estados Unidos. En sus calles, según esta narrativa, distintas tradiciones musicales —marchas de bandas militares, blues afroamericano, música criolla y repertorios europeos— se habían mezclado hasta producir algo nuevo. Pero el método que utilizó Jazzmen tenía un rasgo que hoy resulta fascinante. Los autores no trabajaban con archivos extensos ni con documentación abundante. El jazz era demasiado reciente para eso. En cambio, recurrieron a lo que tenían a mano: los recuerdos de los propios músicos. Entrevistaron a instrumentistas veteranos y les pidieron que reconstruyeran los primeros años de esta música. Aquellos relatos estaban llenos de detalles, anécdotas y episodios sorprendentes. Pero también estaban atravesados por el problema inevitable de la memoria. Uno de los testimonios más influyentes provenía del cornetista Bunk Johnson.

Johnson afirmaba haber tocado con Buddy Bolden, la figura casi mítica a quien muchos consideran uno de los pioneros del jazz en Nueva Orleans. Si su relato era cierto, Johnson no solo había presenciado el nacimiento del jazz: había participado en él. Con el tiempo, sin embargo, los historiadores comenzaron a examinar sus afirmaciones con mayor cautela. Solo existía una fotografía conocida de la banda de Bolden y Johnson no aparecía en ella. Algunos episodios que narraba parecían difíciles de comprobar. Durante años muchos investigadores sospecharon que su historia estaba exagerada. Pero la historia del jazz, como la propia música, suele avanzar a partir de improvisaciones inesperadas. Décadas más tarde, cuando los archivos personales de Frederic Ramsey fueron incorporados a la Historic New Orleans Collection, los investigadores pudieron revisar por primera vez las notas originales de las entrevistas realizadas para Jazzmen. Allí apareció una sorpresa.

Algunas afirmaciones que durante años se habían atribuido a Bunk Johnson en realidad provenían de otro músico: Willy Cornish, trombonista de la banda de Bolden. Cornish no solo había entregado la famosa fotografía del grupo. También había confirmado que Johnson efectivamente había tocado con Bolden. Ese pequeño detalle cambia el paisaje histórico. Si Johnson formó parte de aquella banda, sus recuerdos adquieren otro peso. Y también cambian de significado las grabaciones que realizó décadas después intentando recrear el sonido del viejo jazz de Nueva Orleans. De repente, lo que durante años se había considerado una reconstrucción dudosa comienza a parecer algo diferente: un testimonio musical. Mientras tanto, otro enigma seguía intrigando a los historiadores del jazz. ¿Cómo funcionaba realmente el contrapunto del estilo de Nueva Orleans?

Quienes escuchan esas grabaciones tempranas perciben algo singular. No hay una sola línea melódica dominante. En cambio, varios instrumentos improvisan al mismo tiempo: la corneta, el clarinete, el trombón. Cada uno desarrolla su propia línea, pero todas parecen encajar dentro de un mismo tejido musical. Para muchos músicos formados en la tradición académica europea, este fenómeno parecía casi imposible. ¿Cómo podían varios intérpretes improvisar simultáneamente sin que la música se volviera caótica? Tal vez la respuesta no esté en las partituras sino en las voces. Durante el siglo XIX, una práctica vocal muy difundida entre comunidades afroamericanas era el canto a cuatro voces conocido como barbershop. En esos cuartetos, cada cantante sostenía una línea independiente, pero las voces convergían en cadencias armónicas características.

Cuando esa lógica vocal se trasladó al terreno instrumental, pudo haber generado la textura colectiva que define al jazz temprano de Nueva Orleans. Desde esta perspectiva, el famoso contrapunto del jazz no sería una anomalía inexplicable. Sería la adaptación instrumental de una tradición vocal profundamente arraigada en la cultura afroamericana. Comprender ese proceso no resuelve todos los enigmas del origen del jazz. Las preguntas siguen abiertas. ¿Fue Nueva Orleans el único lugar donde nació esta música? ¿Se desarrollaron prácticas similares en otras ciudades? ¿Qué papel desempeñaron las distintas comunidades musicales en su formación? Quizás nunca tengamos respuestas definitivas. Pero sí sabemos algo importante. El pasado del jazz comenzó a reconstruirse gracias a un pequeño grupo de apasionados que, en la década de 1930, entendieron que aquella música merecía algo más que admiración. Merecía memoria. Y en ese esfuerzo por darle historia al jazz, el libro Jazzmen sigue ocupando un lugar singular. No fue perfecto. Se apoyaba en recuerdos fragmentarios y documentos escasos. Pero abrió un camino que todavía seguimos recorriendo. Porque cada vez que alguien intenta comprender cómo nació esta música, de algún modo vuelve a la misma pregunta que obsesionaba a aquellos primeros coleccionistas: ¿De dónde viene el jazz? Por Marcelo Bettoni

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