Salmodia, oralidad y comunidad en la Am├®rica colonial

En las colonias inglesas de Am├®rica del Norte, el canto congregacional ocup├│ un lugar central en la experiencia religiosa cotidiana. Lejos de ser un simple complemento del culto, la salmodia funcion├│ como un dispositivo de organizaci├│n sonora, disciplinamiento social y transmisi├│n cultural. En ese entramado, la participaci├│n de los afrodescendientes ÔÇöaunque regulada, vigilada y espacialmente segregadaÔÇö fue constante y significativa.
En Nueva Inglaterra, las personas negras asistían a los servicios del Sabbath y participaban del canto desde sectores específicos del templo, separados de los fieles blancos. Esta división espacial no anulaba su presencia sonora: el acto de cantar juntos, aun en condiciones de desigualdad, producía una experiencia colectiva donde la voz se convertía en uno de los pocos espacios de intervención compartida dentro del orden colonial.
El canto de los salmos se realizaba mediante un sistema oral conocido como lining out, en el cual un cantor principal ÔÇöel precentorÔÇö entonaba una l├¡nea del texto y establec├¡a la melod├¡a, que luego era reproducida por la congregaci├│n. Esta pr├íctica no respond├¡a a una est├®tica de precisi├│n musical, sino a una l├│gica de accesibilidad: permit├¡a cantar a quienes no sab├¡an leer, no pose├¡an libros o no dominaban la notaci├│n. La m├║sica, en este contexto, no se transmit├¡a por escritura, sino por memoria, imitaci├│n y repetici├│n.
Desde una perspectiva musicol├│gica, este punto resulta crucial. La salmodia colonial no se apoyaba en la estabilidad del texto musical escrito, sino en una circulaci├│n oral que admit├¡a variaciones constantes. Cada repetici├│n implicaba un leve desplazamiento mel├│dico, r├¡tmico o expresivo. Lejos de ser un ÔÇ£errorÔÇØ, esta inestabilidad constitu├¡a el n├║cleo mismo de la pr├íctica: el canto era un proceso vivo, no un objeto fijo.
Los primeros salterios utilizados en las colonias refuerzan esta idea. El Bay Psalm Book, publicado en 1640, no inclu├¡a m├║sica en su edici├│n original. Apenas suger├¡a qu├® melod├¡as tradicionales pod├¡an adaptarse a cada texto, dejando la realizaci├│n sonora en manos de la comunidad. Cuando d├®cadas m├ís tarde se incorporaron algunas melod├¡as, estas funcionaban como modelos flexibles, no como versiones definitivas. Un mismo salmo pod├¡a cantarse con distintas m├║sicas, siempre que coincidiera el patr├│n m├®trico.
Este sistema favoreci├│ una notable democratizaci├│n del canto, pero tambi├®n abri├│ un terreno f├®rtil para la resignificaci├│n cultural. Para los afrodescendientes, cuya herencia musical se apoyaba fuertemente en la oralidad, la variaci├│n y la expresividad vocal, el canto de salmos ofreci├│ un marco en el que ciertas pr├ícticas africanas ÔÇöcomo la ornamentaci├│n mel├│dica, la elasticidad r├¡tmica y la respuesta colectivaÔÇö pod├¡an persistir, aunque fuera de manera velada.
El canto no se limitaba al espacio eclesi├ístico. En reuniones dom├®sticas, celebraciones comunitarias, bodas, funerales y actos p├║blicos, la salmodia aparec├¡a como una forma habitual de expresi├│n colectiva. Estos contextos ampliaban el margen de participaci├│n de las personas negras, que cantaban junto a blancos en situaciones menos r├¡gidas que las del culto formal. As├¡, el salmo se desplazaba del templo a la vida cotidiana, reforzando su funci├│n social antes que estrictamente lit├║rgica.
Desde fines del siglo XVII comenzaron a surgir organizaciones religiosas formadas por afrodescendientes, que incorporaron el canto como parte esencial de sus reuniones. Estas instancias, aunque supervisadas por ministros blancos, marcaron un punto de inflexión: el canto dejaba de ser solo una práctica compartida bajo control colonial para convertirse en un elemento de cohesión interna y afirmación comunitaria.
Sin embargo, la flexibilidad inherente al canto oral tambi├®n gener├│ tensiones. Para sectores ilustrados del clero, la variaci├│n constante de las melod├¡as y la falta de uniformidad r├¡tmica y tonal se percib├¡an como signos de desorden. A comienzos del siglo XVIII, se multiplicaron las cr├¡ticas hacia lo que se consideraba un deterioro del canto congregacional. Se denunciaba la deformaci├│n de las melod├¡as, la superposici├│n ca├│tica de voces y la ausencia de un liderazgo musical claro.
Estas cr├¡ticas dieron origen a un movimiento reformista que busc├│ imponer un nuevo modelo de canto, basado en la regularidad m├®trica, la afinaci├│n precisa y el respeto estricto por la notaci├│n escrita. El antiguo estilo ÔÇölento, ornamentado y flexibleÔÇö fue progresivamente desplazado por una pr├íctica m├ís disciplinada, acorde con los ideales de orden y control propios de la modernidad colonial.
Desde una mirada revisionista, este proceso no puede entenderse solo como una mejora t├®cnica. La transici├│n del canto oral al canto reglado implic├│ tambi├®n una p├®rdida: se redujo el margen de variaci├│n, se homogeneiz├│ la expresi├│n vocal y se subordin├│ la experiencia colectiva a un ideal normativo. Para las comunidades afrodescendientes, este cambio signific├│ una nueva forma de silenciamiento parcial de pr├ícticas expresivas que hab├¡an sobrevivido en los intersticios del culto.
No obstante, esas prácticas no desaparecieron. Encontraron otros espacios para manifestarse: reuniones autónomas, cantos espirituales, formas responsoriales y, con el tiempo, los spirituals, el gospel y las expresiones musicales que confluirían en el blues y el jazz. En ese sentido, la salmodia colonial puede leerse no como un antecedente menor, sino como uno de los primeros escenarios donde se puso en juego la tensión entre control sonoro e imaginación musical afroamericana.
Por Marcelo Bettoni