En muchas sociedades de África occidental, la danza no fue nunca un adorno de la música ni un pasatiempo ocasional. Fue —y sigue siendo— una forma de pensamiento en movimiento, un lenguaje corporal capaz de transmitir historia, pertenencia y emoción colectiva. Allí donde el sonido convoca, el cuerpo responde: no como individuo aislado, sino como parte de una comunidad que se reconoce en el pulso compartido.

Los relatos históricos coinciden en señalar que la danza atravesaba la vida cotidiana. No se limitaba a celebraciones extraordinarias, sino que ocupaba las noches, los rituales y los encuentros sociales. El cansancio de los músicos no marcaba el final del acontecimiento: otros tomaban su lugar y el flujo rítmico continuaba. Esta persistencia revela una concepción del tiempo distinta de la lógica occidental del espectáculo: la danza no tenía una duración prefijada, sino que se extendía mientras la experiencia colectiva lo demandara.

Cada danza estaba vinculada a un acontecimiento significativo: el paso a la adultez, la fertilidad, la guerra, el culto, la despedida de los muertos. En ese marco, el movimiento del cuerpo funcionaba como símbolo y como acción eficaz. Bailar no era representar algo: era hacerlo existir. El gesto, el salto, la flexión de las rodillas o la torsión del torso condensaban significados compartidos por quienes participaban y observaban.

Un rasgo recurrente de estas prácticas fue la disposición circular. El círculo no solo organizaba el espacio, sino que expresaba una idea de igualdad y pertenencia. Dentro de esa forma, el protagonismo individual coexistía con la conciencia grupal: uno a uno, los bailarines ingresaban al centro para desplegar su destreza, improvisar gestos y dialogar con el ritmo, antes de regresar al conjunto. La creatividad personal se afirmaba sin romper el tejido comunitario.

El cuerpo, lejos de buscar una verticalidad rígida, se vinculaba con el suelo. Rodillas flexionadas, movimientos concentrados en el torso y los brazos, pasos cortos y deslizantes: la danza parecía nacer de la tierra misma. A su alrededor, palmas, cantos y tambores construían una red rítmica en la que no existía una división estricta entre intérpretes y espectadores. Todos participaban del acto musical, ya fuera tocando, bailando o marcando el pulso.

En muchos casos, estas expresiones integraban también elementos narrativos y teatrales. El canto dialogaba con el gesto, la música acompañaba escenas rituales o simbólicas, y la danza se transformaba en relato vivo. Sin necesidad de una escena formal, el espacio comunitario se convertía en lugar de representación, donde historia, mito y presente se entrelazaban a través del movimiento.

Esta concepción integrada del arte —en la que sonido, cuerpo y acción forman una unidad— constituye una de las herencias más profundas de las culturas africanas. Su influencia se proyectó mucho más allá de su territorio original y sobrevivió al desarraigo forzado, reapareciendo transformada en nuevas músicas del mundo afroatlántico. Comprender esta raíz es reconocer que, antes de ser forma o estilo, el ritmo fue experiencia compartida y el cuerpo, su primera memoria.

Por Marcelo Bettoni

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