La palabra woke se ha convertido en munición política. Se lanza en debates televisivos, se usa como insulto en redes sociales, se emplea para descalificar prácticamente cualquier cosa. Pero antes de todo esto, antes de que se convirtiera en un término polarizante, woke tenía una vida completamente distinta. Una vida que comenzó en el Sur profundo, en las comunidades afroamericanas del siglo XX, y que encontró su primera expresión artística en el blues.No estamos hablando de teoría. Estamos hablando de supervivencia.

Cuando Lead Belly grabó su canción sobre los Scottsboro Boys en 1938, no estaba haciendo activismo tal como lo entendemos hoy. Estaba documentando una realidad: nueve jóvenes negros acusados falsamente, un sistema judicial amañado, una comunidad entera que sabía exactamente lo que estaba pasando. La frase “stay woke” que aparece en esa canción no era un eslogan. Era un consejo práctico: mantén los ojos abiertos. No te duermas. Porque si te descuidas, te aplastan. Esta advertencia circulaba mucho antes de que Lead Belly la registrara en cera. Se repetía en conversaciones de cocina, en los bancos de madera de las iglesias, en los juke joints improvisados del Delta. Los trabajadores itinerantes la usaban. Los músicos que viajaban de pueblo en pueblo la compartían. Era parte del código de supervivencia de una comunidad que vivía bajo la constante amenaza de la segregación y la violencia.

El blues capturó esta conciencia de manera natural. No mediante proclamas grandilocuentes, sino a través de narrativas cotidianas cargadas de significado. Una canción sobre un tren nocturno podía ser también una advertencia sobre huir en el momento adecuado. Un verso sobre un jefe cruel podía enseñarte a leer las señales de peligro. El blues operaba en capas: entretenía, consolaba, pero también educaba. Te enseñaba a interpretar el mundo.

El origen de la palabra resulta interesante precisamente por su carácter práctico. Woke no surgió como concepto abstracto ni como programa político. Emergió del uso cotidiano, de la necesidad concreta de nombrar una forma de estar en el mundo. Era una manera de expresar algo que la comunidad ya practicaba: la atención constante al entorno, la capacidad de detectar señales que otros no veían, la comprensión de que la realidad funciona en más de un nivel. Con el tiempo, la expresión viajó por la diversas expresiones fokloricas de la cultura afroamericana. En cada estación de este trayecto musical, mantuvo su núcleo: la invitación a una conciencia activa, a no aceptar la versión oficial de las cosas, a cuestionar lo que te cuentan. Era una forma de lucidez transmitida de generación en generación, preservada en ritmos y melodías antes que en textos académicos.

Hoy, cuando escuchamos debates acalorados sobre lo woke, vale la pena recordar este origen. La palabra no nació en un campus universitario ni en las redes sociales. Nació en las comunidades más vulnerables de Estados Unidos, como una herramienta de supervivencia envuelta en música. No era una pose ni una moda: era la diferencia entre entender tu entorno y ser destruido por él.

Volver al blues para comprender woke no es nostalgia. Es reconocer que algunas ideas no necesitan teoría sofisticada para ser poderosas. A veces, la sabiduría más profunda viene en tres palabras: stay woke. Mantente despierto. Presta atención. Entiende lo que realmente está pasando. Porque la música, como la vida, siempre dice más de lo que parece.

Por Marcelo Bettoni

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