El minstrelsy, desarrollado en los Estados Unidos durante el siglo XIX, debe comprenderse como un fenómeno escénico-musical de gran complejidad, en el que confluyeron tradiciones interpretativas de origen europeo y afroamericano. En efecto, más allá de su carácter de entretenimiento masivo, constituyó un espacio de negociación simbólica entre matrices culturales divergentes. Su emergencia se inscribe en un contexto histórico en el que la ópera romántica dominaba la escena europea, mientras que en Norteamérica comenzaban a consolidarse espectáculos híbridos que articulaban música, teatro y sátira, revelando tensiones sociales y raciales propias de una nación en transformación.

Ahora bien, desde la perspectiva performativa, el blackface —ejecutado inicialmente por actores blancos— funcionó como un código escénico que permitía construir una imagen estereotipada de lo afroamericano. A través de él se exageraban patrones rítmicos, inflexiones vocales, gestos corporales y modos de habla asociados a la población negra, configurando lo que varios autores han denominado un “estereotipo sonoro” racializado. De este modo, la expresividad afroamericana era simplificada y distorsionada, transformada en mercancía escénica dentro de un mercado cultural en expansión.

Asimismo, en términos socioestéticos, el minstrelsy permitió que el público blanco procesara emociones contradictorias hacia los afroamericanos: temor y desconfianza coexistían con la atracción por su música, su corporalidad y su potencia expresiva. Tal como señala Eric Lott en su concepto de love and theft, esta apropiación implicaba simultáneamente fascinación y explotación. A su vez, la posibilidad de adoptar momentáneamente una identidad “negreada” ofrecía a los artistas blancos un mecanismo para cuestionar normas políticas y sociales sin desafiar directamente el orden racial hegemónico.

Con el paso del tiempo, la incorporación progresiva de mujeres y artistas afroamericanos durante la segunda mitad del siglo XIX complejizó aún más el género. Aunque surgieron compañías integradas exclusivamente por intérpretes negros, la exigencia de mantener el blackface evidencia que la industria del espectáculo continuaba privilegiando la reproducibilidad del estereotipo como marca de autenticidad comercial. Para muchos artistas afroamericanos, esta participación oscilaba entre la resignación y la estrategia: era un modo de insertarse profesionalmente sin dejar de enfrentar tensiones éticas y simbólicas.

Por otra parte, desde una perspectiva estrictamente musicológica, el minstrelsy resulta especialmente relevante como uno de los primeros canales de circulación —aunque distorsionada— de repertorios y prácticas musicales afroamericanas hacia los estados del norte. Fue en este marco donde el público urbano tuvo acceso a instrumentos de origen africano como el banjo, a patrones rítmicos sincopados y a giros melódicos característicos del canto afroamericano, aun cuando estos elementos eran simplificados para su consumo masivo.

En este sentido, los pioneros Thomas “Daddy” Rice y George Dixon establecieron convenciones estructurales que luego se volverían normativas. La llamada “ópera etíope” de Rice incorporaba interludios musicales entre escenas humorísticas y sentó las bases de la estructura tripartita del minstrelsy, ampliamente documentada por la historiografía musical:

En primer lugar, el primer acto consistía en la interacción entre el maestro de ceremonias y personajes como Mr. Bones y Mr. Tambo. Como cierre, se incluía el walk around y el baile del cakewalk, una danza cuya lógica rítmica desplazada y uso de acentuaciones irregulares remiten a raíces afroamericanas. Posteriormente, el segundo acto, conocido como olio, ofrecía una sucesión de canciones, monólogos y números instrumentales. Allí se mezclaban repertorios europeos con melodías afroamericanas estilizadas para el escenario, generando un espacio híbrido donde lo popular y lo académico se encontraban. Finalmente, el tercer acto introducía repertorios identificados como “afroamericanos”, acompañados por banjo, fiddle, pandereta, bones y ocasionalmente acordeón. De este modo, se configuraba una estética sonora híbrida en la que lo afro era reinterpretado bajo parámetros formales europeos.

A pesar de su dimensión problemática y de su papel en la consolidación de estereotipos raciales, el minstrelsy tuvo una influencia decisiva en la historia de las músicas populares estadounidenses. Contribuyó a la circulación, resignificación y comercialización de prácticas musicales afroamericanas, siendo un antecedente directo de los procesos de hibridación que hicieron posible la posterior emergencia del blues y del jazz. Por Marcelo Bettoni

2 respuestas

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