En 1896, la soprano afroamericana Sissieretta Jones (1868–1933), conocida como “Black Patti” —en alusión a la célebre soprano italiana Adelina Patti— fundó The Black Patti Troubadours, una compañía itinerante que marcaría un punto de inflexión en la historia del espectáculo afroamericano en los Estados Unidos de finales del siglo XIX.

Jones, que había alcanzado reconocimiento internacional por su talento en el repertorio operístico, fue una de las primeras cantantes negras en actuar en escenarios tan prestigiosos como el Madison Square Garden y el Carnegie Hall, desafiando los prejuicios raciales de su tiempo. Sin embargo, ante las limitaciones impuestas a los artistas afroamericanos en el circuito clásico, decidió crear su propio espacio de independencia artística y económica.

La compañía, rebautizada más tarde como The Black Patti Musical Comedy Company, combinaba números musicales, danza, comedia y sketches teatrales, integrando el formato del vaudeville con una calidad musical inusual para los estándares del entretenimiento popular de la época. Durante casi dos décadas (1896–1915), la troupe recorrió todo el país y empleó a decenas de músicos, bailarines y actores negros, ofreciendo oportunidades laborales en un contexto de segregación.

Entre los artistas que pasaron por sus filas se encontraban figuras fundamentales como Bob Cole, Bert Williams & George Walker, y Aida Overton Walker, quienes más tarde serían pilares del teatro musical afroamericano. El impacto de los Troubadours fue doble: por un lado, profesionalizó las producciones escénicas negras; por otro, abrió el camino para la creación de un circuito de espectáculos afroamericanos autosuficiente, antecedente directo del Harlem Renaissance y del Black Broadway de las décadas siguientes.

A pesar de que la propia Jones se retiró de los escenarios hacia 1915, su legado se mantuvo como símbolo de dignidad y excelencia artística frente al racismo estructural. Su empresa fue, en muchos sentidos, una declaración de independencia cultural: la afirmación de que el arte afroamericano podía sostenerse por sí mismo, con estándares de calidad comparables a los de cualquier institución blanca.

Por Marcelo Bettoni

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