Ragtime en la Argentina: pianistas, rollos de pianola y pioneros olvidados

Si los contactos entre la Argentina y las músicas estadounidenses comenzaron mucho antes del siglo XX, las primeras décadas de ese siglo ofrecen nuevas posibilidades para reconstruirlos. Las partituras, las grabaciones, los catálogos comerciales y los rollos de pianola permiten seguir la circulación de repertorios que contribuyeron a modificar la vida musical de Buenos Aires.
Uno de esos repertorios fue el ragtime, desarrollado principalmente en comunidades afroestadounidenses y difundido a través de partituras desde la década de 1890. Su combinación de un acompañamiento regular con melodías sincopadas alcanzó una enorme popularidad. Aunque no debe confundirse con el jazz —muchas de sus composiciones estaban escritas y no dependían de la improvisación—, fue una de las tradiciones decisivas para la formación de los primeros estilos pianísticos del jazz.
En la Argentina, la investigación de sus primeras manifestaciones requiere prestar atención a materiales que durante mucho tiempo quedaron al margen de los estudios centrados en los discos comerciales.
Entre esos materiales se encuentran los rollos de pianola, soportes perforados que permitían reproducir música mediante un mecanismo incorporado al piano o adaptado a él.
La pianola ocupó un lugar importante en el consumo musical de las primeras décadas del siglo XX. Por medio de rollos importados y de producciones locales, los hogares, los establecimientos comerciales y los espacios de entretenimiento podían acceder a un repertorio internacional que incluía música académica, danzas populares y géneros estadounidenses.
La circulación de estos materiales no solo difundió composiciones: también contribuyó a establecer nuevas formas de escuchar y consumir música.
El investigador Sergio Ospina Romero examinó este fenómeno en un artículo publicado en 2019 en el Journal of the American Musicological Society, donde estudió la expansión comercial y cultural de las pianolas en América Latina. Su trabajo confirma la importancia de considerar estos instrumentos dentro de la historia de la circulación musical continental.
El rollo de pianola presenta limitaciones como documento histórico, pero puede conservar información que no aparece en una partitura convencional. Según el tipo de registro y el sistema utilizado, permite estudiar aspectos de la interpretación, la articulación y el ritmo. También puede preservar obras que no llegaron al disco o cuyos registros sonoros todavía no se han localizado.
En la Argentina, la colección reunida por Horacio Asborno en Viedma y los estudios realizados junto con Omar García Brunelli, del Instituto Nacional de Musicología Carlos Vega, muestran cuánto puede aportar este patrimonio a la investigación histórica. La publicación Rollos de tango. La era de las pianolas en Argentina y las interpretaciones de Agustín Bardi para autopianos, editada en 2024, constituye un antecedente importante para el estudio sistemático de ese repertorio.
Entre los personajes que merecen una investigación más detenida se encuentra Harold Phillips, pianista afroestadounidense vinculado, según referencias sobre los primeros años del tango, con la actividad de músicos y agrupaciones porteñas.
Su presencia resulta especialmente interesante por la posibilidad de que haya participado en la circulación de repertorios pianísticos estadounidenses en un ambiente musical que estaba desarrollando sus propias formas. En aquellos años, el piano comenzaba a ganar espacio dentro de las agrupaciones populares, mientras la guitarra y otros instrumentos conservaban un protagonismo importante.
La información disponible sobre Phillips, sin embargo, es fragmentaria. Antes de establecer fechas definitivas, reconstruir sus desplazamientos o atribuirle una influencia concreta sobre el tango, es necesario localizar testimonios periodísticos, registros migratorios, programas de espectáculos y documentación musical que permitan precisar su biografía.
Precisamente por eso vale la pena rescatar su nombre. La historia de la música popular no se construye únicamente a partir de las figuras de las que conservamos abundantes grabaciones, sino también mediante el estudio cuidadoso de trayectorias que han dejado huellas dispersas.
Otro nombre que merece atención es el de Emilio Roca, a quien se atribuyen composiciones de ragtime de la década de 1910 y actuaciones al frente de la Orquesta del Plaza Hotel. También se ha señalado una posible relación de su actividad con grabaciones del sello Odeon alrededor de 1918.
Estos datos abren una línea de investigación atractiva, aunque es necesario verificarlos mediante catálogos discográficos, etiquetas originales, partituras y rollos conservados.
Si se confirma la existencia de esas composiciones y se logra establecer su cronología, Roca podría ocupar un lugar relevante en la historia temprana de la apropiación local del ragtime. Su caso permitiría estudiar cómo los músicos argentinos no se limitaron a ejecutar repertorios importados, sino que también pudieron elaborar obras propias a partir de lenguajes musicales que circulaban internacionalmente.
La distinción es importante. Una cosa es documentar la llegada de una composición estadounidense; otra, identificar a un músico argentino que asimiló sus procedimientos y los incorporó a su propia producción. En el segundo caso estamos ante una etapa diferente de la circulación musical: la apropiación y la creación local.
La investigación de estos pioneros requiere ampliar el repertorio de fuentes. Las partituras, los anuncios de prensa, los catálogos comerciales y los registros de grabación deben cotejarse con colecciones particulares, archivos institucionales y testimonios de época.
Los rollos de pianola merecen un lugar central en ese trabajo. Su estudio sistemático puede revelar composiciones, repertorios y prácticas de interpretación que todavía no forman parte de las historias más difundidas de la música argentina.
Joseph William Davis, Louis Moreau Gottschalk, Harold Phillips y Emilio Roca pertenecen a momentos distintos de un proceso más amplio. No todos cuentan con el mismo grado de documentación, y tampoco corresponde atribuirles idéntica influencia. Pero sus trayectorias, consideradas en conjunto, permiten plantear nuevas preguntas sobre los vínculos entre la Argentina y las tradiciones musicales de Estados Unidos.
El objetivo no es demostrar que el tango o el jazz argentinos sean simples derivaciones de géneros extranjeros. Es reconstruir cómo se produjeron los encuentros, qué músicos participaron en ellos y de qué manera los repertorios internacionales fueron incorporados a la vida musical local.
Tal vez una parte de esa historia siga esperando en un rollo de pianola, una partitura olvidada, un anuncio de periódico o una etiqueta discográfica todavía sin identificar. Encontrarla es una tarea pendiente de la investigación musicológica.