La llegada del rock and roll a la Argentina no fue un acontecimiento aislado ni una ruptura que surgió de la nada. Antes de que esta música se convirtiera en una de las principales expresiones de la cultura juvenil, existía una escena integrada por músicos de jazz, orquestas bailables, pianistas de boogie-woogie y cantantes que ya trabajaban con ritmos provenientes de la tradición afroamericana. En ese ambiente se encuentran algunos antecedentes fundamentales para comprender cómo el nuevo género comenzó a instalarse en el país.
Durante las décadas de 1930 y 1940, el boogie-woogie alcanzó una considerable difusión internacional. Vinculado con el blues y asociado especialmente al piano, se caracterizaba por sus bajos repetitivos-riff-, sus acentuaciones rítmicas y una energía que invitaba al movimiento. Su lenguaje musical podía adaptarse a distintas formaciones instrumentales y encontraba en las pistas de baile un espacio privilegiado.
En la Argentina, los músicos de jazz incorporaron estas sonoridades a sus repertorios, mientras el público se familiarizaba con nuevas formas de bailar. Clubes, confiterías, emisoras radiales y salas de espectáculos funcionaban como lugares de encuentro entre intérpretes y aficionados. El fenómeno también provocaba resistencias: determinados bailes modernos eran cuestionados por sus movimientos y por las costumbres juveniles que representaban.
El boogie-woogie no fue el único antecedente del rock and roll, pero permite reconocer una continuidad importante. La insistencia del pulso, la síncopa, el protagonismo de la sección rítmica y la relación directa entre música y baile formaban parte de una experiencia que, años más tarde, encontraría nuevas expresiones en el rock.
Una pieza de particular interés mencionada por el revisionista histórico Victor Tapia para reconstruir esta historia es Mi novia es un fantasma, película argentina estrenada en 1944, protagonizada por Pepe Iglesias y Mirtha Legrand. Entre sus secuencias aparece una escena de baile acompañada por una orquesta dirigida por el pianista Héctor Lagna Fietta, que interpreta una composición propia conocida como «El entrenamiento» o «The Training».
La secuencia constituye un documento valioso para observar cómo se interpretaban las músicas bailables de la época y qué lugar ocupaban los instrumentistas de jazz en el espectáculo cinematográfico. Entre los músicos asociados con esta formación se mencionan el trompetista Nicodemo «Nico» Tallarita, el contrabajista Benigno Quintero y el baterista Tony Carvajales.
El registro cinematográfico permite acercarse a una práctica musical anterior a la difusión masiva del rock and roll. No sería correcto identificar automáticamente el boogie de los años cuarenta con el rock posterior, pero sí resulta pertinente estudiar sus semejanzas rítmicas y su función social. Ambos lenguajes establecieron una relación estrecha con el baile y con formas de entretenimiento que movilizaban a públicos cada vez más amplios.