Hay historias que uno encuentra mientras investiga y que, después de conocerlas, resulta difícil olvidar. La de Coretti Hardy es una de ellas. Su historia comenzó con una exclusión aparentemente pequeña: una niña afroamericana de Manhattan a la que no dejaron participar en una cantata escolar. Sus compañeros sabían que tenía una de las mejores voces y preguntaron por qué no estaba incluida. La respuesta del director musical, según recordaría Coretti muchos años después, fue brutal por su sencillez: «Es imposible utilizarla; es solamente una pequeña niña negra».

Coretti nunca olvidó aquella frase. Y quizás allí esté una de las claves para entender su vida. No permitió que aquella decisión definiera lo que podía llegar a ser. Años más tarde, volvió a encontrarse con otra forma de exclusión. Cuando tuvo laoportunidad de viajar a Europa con una compañía de artistas afroamericanos, fue inicialmente incorporada como reemplazo. Sin embargo, en 1902 consiguió viajar con la compañía y comenzó un recorrido que la llevaría mucho más lejos de lo que probablemente aquel director de Manhattan hubiera podido imaginar.

Hacia 1903-1904 llegó al Imperio ruso y encontró allí un espacio profesional diferente. No significa que hubieran desaparecido el racismo ni los prejuicios. También fue observada como una mujer negra exótica y, en ocasiones, reducida a estereotipos. Pero encontró escenarios, público y posibilidades profesionales que en su propio país habían estado mucho más restringidos. Rusia terminó convirtiéndose en el lugar donde desarrollaría gran parte de su vida artística.

Coretti estudió canto en el Conservatorio de San Petersburgo, donde conoció al pianista Boris Titz. Él se convirtió en su compañero artístico y, más tarde, en su marido. Se casaron en 1917. Juntos desarrollaron una carrera que atravesó el repertorio ruso, la ópera, los espirituales afroamericanos y, posteriormente, el jazz. Su vida tampoco fue una sucesión de triunfos. En enero de 1912, mientras se encontraba actuando en Kharkov, recibió la noticia de la muerte de uno de sus hijos. Después de aquella pérdida intentó suicidarse y fue hospitalizada. Sobrevivió y continuó adelante. No me interesa convertir ese episodio en una historia de superación fácil. Hay dolores que no necesitan ser transformados en moralejas. Lo que sí impresiona es que, después de aquello, siguió cantando.

Durante la Primera Guerra Mundial, entre 1914 y 1918, Coretti actuó para soldados y heridos y participó en actividades musicales destinadas a hospitales, fábricas y otros espacios. Después llegaron la Revolución de 1917 y la Guerra Civil rusa. Entre 1918 y 1920, ella y Boris participaron en actividades artísticas vinculadas al Frente Sudoeste del Ejército Rojo, actuando para trabajadores, soldados, heridos, mineros y personas que vivían en condiciones extremadamente difíciles.

Hay una pequeña anécdota que me resulta particularmente significativa. Después de una actuación, le ofrecieron té, pero no había azúcar. Al saber que Coretti no podía tomarlo sin endulzar, algunos soldados sacaron pequeños trozos de sus propias raciones y se los entregaron. Es un detalle mínimo frente a los grandes acontecimientos históricos. Pero quizás por eso mismo tiene tanta fuerza. Una mujer que había conocido la humillación de ser excluida por el color de su piel recibía ahora, en medio de la escasez y la guerra, algo que otros apenas podían permitirse compartir.

En 1924 llegó uno de los momentos más importantes de su carrera. El 3 de abril debutó en el Teatro Bolshói de Moscú. En la primera parte interpretó repertorio ruso y europeo y, posteriormente, incorporó espirituales afroamericanos. Para mí, allí aparece algo mucho más profundo que una simple carrera artística. Coretti estaba poniendo en un mismo escenario dos mundos musicales. Por un lado, la tradición europea que había estudiado rigurosamente; por otro, la música surgida de la experiencia histórica de los afroamericanos. No tuvo que elegir entre una y otra. Podía cantar ambas porque ambas formaban parte de su identidad artística. El público respondió con entusiasmo. Años después, Coretti recordaría aquella noche como una de las más importantes de su vida.

Y entonces aparece una imagen que resume toda su historia. El 11 de diciembre de 1927, un programa de la First Concert Jazz-Band, dirigida por Leopold Teplitsky, anunciaba en Leningrado un concierto en el que aparecía prominentemente la fotografía de Coretti Arle-Titz. Pensemos en eso por un instante. Años atrás, un director había decidido que aquella niña negra no tenía lugar en un programa escolar. Ahora su rostro estaba impreso en un programa de conciertos en Europa. La misma mujer que había sido convertida en ausencia ahora ocupaba la página.

Coretti continuó trabajando durante décadas. Actuó con músicos afroamericanos, participó en espectáculos, películas y programas de radio, y durante la Segunda Guerra Mundial volvió a cantar para soldados y heridos. En 1942 realizó actuaciones junto a Boris en distintas ciudades soviéticas, en un país que atravesaba una guerra devastadora.

También conoció las contradicciones de la sociedad soviética: censura, dificultades económicas, problemas de contratación y estereotipos raciales. En 1936 participó en la película soviética Circus, otra muestra de la compleja manera en que su imagen y su identidad fueron utilizadas dentro de la cultura de la época. Su historia, como suele suceder, es mucho más compleja que una simple historia de triunfo. Coretti Hardy murió en Moscú en 1951. Su nombre quedó disperso en fotografías, programas, periódicos, cartas y grabaciones. Pero hay algo que me interesa especialmente de su historia.

No es solamente que haya conseguido triunfar después de haber sido discriminada. Es que aquella primera exclusión terminó adquiriendo, con el paso del tiempo, un significado completamente distinto. El director de Manhattan podía decidir quién aparecía en una cantata. Podía dejar un espacio vacío en un programa. Podía hacer sentir a una niña que su voz no era suficiente. Lo que no podía decidir era hasta dónde llegaría esa voz.

Y quizás por eso, cuando encontramos hoy la fotografía de Coretti Hardy en aquellos programas europeos, no estamos solamente mirando el documento de una cantante olvidada. Estamos viendo la respuesta, muchos años después, a aquella frase pronunciada en una escuela de Manhattan. La historia le dio a Coretti otra página. Y esta vez, su nombre estaba escrito en ella.

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