La historia del jazz no se construye únicamente con grandes músicos o grabaciones memorables. También está formada por personajes que, aun sin pertenecer plenamente al universo del jazz, modificaron su destino. Uno de ellos fue Al Jolson. Su nombre suele despertar una inmediata controversia: para algunos representa el rostro más visible del blackface; para otros, fue un artista que contribuyó a difundir la música afroamericana en una época marcada por la segregación racial. La realidad, como suele ocurrir en la historia, resulta mucho más compleja que cualquier juicio apresurado.

Durante décadas, la imagen de Jolson quedó asociada casi exclusivamente a The Jazz Singer (1927), la película que inauguró comercialmente la era del cine sonoro. Sin embargo, existe un dato que pocos conocen: The Jazz Singer prácticamente no contiene jazz. Su banda sonora está integrada principalmente por canciones de Broadway, vodevil y Tin Pan Alley. Entonces, ¿por qué se tituló The Jazz Singer?

Los historiadores sostienen que, en la década de 1920, la palabra jazz había dejado de identificar exclusivamente un estilo musical para convertirse en un símbolo de modernidad. Representaba una nueva forma de entender el espectáculo, la juventud y la cultura popular estadounidense. El título apelaba a esa idea de renovación más que a una descripción del contenido musical de la película.

Otro aspecto poco conocido fue estudiado por Charles Musser, profesor de la Universidad de Yale. Al analizar periódicos afroamericanos publicados tras el estreno de la película, encontró una realidad que contradice muchas interpretaciones actuales. Lejos de rechazar unánimemente a Jolson, varios medios de prensa negros elogiaron tanto la película como al artista. El New York Amsterdam News, uno de los periódicos afroamericanos más influyentes de la época, llegó a publicar que todo artista negro debía sentirse orgulloso de Al Jolson.

¿Por qué ocurrió algo que hoy parece difícil de comprender?

La respuesta se encuentra en el contexto histórico. En los Estados Unidos de las primeras décadas del siglo XX, la segregación racial limitaba profundamente el acceso de los artistas afroamericanos a los grandes teatros, a Broadway y a la industria del entretenimiento. En ese escenario, algunos músicos negros valoraban que un artista blanco utilizara su enorme popularidad para interpretar canciones nacidas en su comunidad y abrir espacios que hasta entonces permanecían cerrados.

Esto no significa ignorar el carácter ofensivo del blackface. Los minstrel shows, donde esta práctica alcanzó enorme popularidad durante el siglo XIX, construyeron caricaturas raciales que contribuyeron a consolidar prejuicios contra la población afroamericana. Los estudios del historiador Eric Lott muestran que aquellos espectáculos fueron, al mismo tiempo, una forma de burla y una poderosa apropiación cultural. La sociedad blanca despreciaba a los afroamericanos mientras incorporaba su música, sus danzas y buena parte de su lenguaje artístico al entretenimiento masivo.

En este punto aparece otra paradoja. Diversos testimonios de la época recuerdan a Jolson como un artista que mantuvo una relación respetuosa con numerosos músicos afroamericanos. Noble Sissle y Eubie Blake, dos figuras fundamentales de la historia del teatro musical negro y creadores de Shuffle Along, recordaron años después el apoyo que recibieron de Jolson en momentos de abierta discriminación racial. Estos episodios no borran el significado histórico del blackface, pero ayudan a comprender por qué muchos de sus contemporáneos lo juzgaron de manera diferente a como suele hacerse en la actualidad.

El historiador Ted Gioia resumió esta situación con una observación particularmente reveladora. Según escribió, la figura de Al Jolson quedó “enterrada bajo una capa de blackface“. Con esta expresión no pretendía justificar aquella práctica, sino advertir que el debate terminó reduciendo a un solo aspecto la trayectoria de un artista cuya influencia fue mucho más amplia y contradictoria.

Quizás la mayor enseñanza que deja este episodio sea que la historia del jazz no admite explicaciones simples. El jazz nació en una sociedad donde la creatividad afroamericana transformaba la cultura estadounidense mientras sus propios creadores continuaban enfrentando la segregación, la desigualdad y el racismo. Esa tensión atravesó los escenarios de Nueva Orleans, los teatros de Broadway y, finalmente, las primeras producciones de Hollywood.

Al Jolson nunca fue un músico de jazz en el sentido estricto del término. No revolucionó la improvisación como Louis Armstrong ni modificó el lenguaje orquestal como Duke Ellington. Sin embargo, quedó situado en un momento decisivo de la historia cultural estadounidense, cuando el país comenzaba a descubrir que la música nacida en las comunidades afroamericanas cambiaría para siempre su identidad artística.

Comprender esa contradicción no implica absolver el pasado. Significa estudiarlo con el rigor que exige la historia. Porque, en definitiva, el jazz también nació de esas tensiones: admiración y prejuicio, integración y exclusión, innovación y resistencia. Ignorarlas sería renunciar a comprender una parte esencial de sus orígenes.Por Marcelo Bettoni

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