
Una noche de 1939, en un pequeño sótano de Greenwich Village, las conversaciones se apagaron de golpe. Los camareros dejaron de servir las mesas. Las luces descendieron lentamente hasta que un único reflector iluminó el rostro de Billie Holiday. Entonces comenzó a cantar Strange Fruit, una canción que describía con crudeza los linchamientos raciales que todavía ocurrían en el sur de Estados Unidos. El público permaneció inmóvil. Nadie hablaba. Nadie se movía. Cuando terminó la interpretación, Holiday abandonó el escenario en silencio. Aquella escena se convertiría en uno de los momentos más trascendentes de la historia del jazz.
El lugar donde ocurrió fue el Café Society, ubicado en el número 1 de Sheridan Square, en la intersección de Seventh Avenue South y Christopher Street, en el corazón de Greenwich Village. Aunque su existencia fue relativamente breve, entre 1938 y comienzos de la década de 1950, su influencia sobre la música y la vida cultural estadounidense fue enorme. Allí el jazz encontró un espacio donde el arte, la libertad y el compromiso social convivían bajo un mismo techo.
La historia del club comenzó con Barney Josephson, un vendedor de zapatos neoyorquino que amaba el jazz y observaba con indignación las desigualdades raciales de su tiempo. Inspirado por los cabarets políticos europeos que había conocido durante sus viajes, imaginó un lugar distinto a todo lo que existía en Nueva York. Quería un club donde la música fuera escuchada con atención, donde el público acudiera para apreciar a los artistas y donde las barreras raciales desaparecieran.
La idea resultaba revolucionaria. En aquellos años muchos clubes mantenían políticas discriminatorias. El famoso Cotton Club de Harlem, por ejemplo, presentaba a las principales estrellas afroamericanas, pero reservaba sus mejores mesas para clientes blancos. Josephson decidió desafiar esa lógica. En el Café Society no había sectores exclusivos ni privilegios raciales. Blancos y negros compartían el mismo espacio como iguales. El lema del local reflejaba perfectamente su espíritu: “The Wrong Place for the Right People” (“El lugar equivocado para la gente adecuada”).
Para poner en marcha el proyecto contó con el apoyo de John Hammond, una de las figuras más influyentes de la industria musical estadounidense. Hammond poseía un talento extraordinario para descubrir artistas y comprendió inmediatamente el potencial de la iniciativa. Fue él quien sugirió contratar a Billie Holiday para la inauguración del club.
La cantante atravesaba un momento decisivo de su carrera. Después de trabajar junto a las orquestas de Count Basie y Artie Shaw, comenzaba a consolidar una identidad artística propia. En el ambiente íntimo del Café Society encontró el escenario perfecto para desplegar toda la profundidad emocional de su canto. Durante meses se convirtió en la gran atracción del local y contribuyó decisivamente a construir su prestigio.
Sin embargo, el acontecimiento que definiría para siempre la historia del club llegó con Strange Fruit. La canción había sido escrita por Abel Meeropol, un maestro de escuela y poeta que quedó conmocionado por las fotografías de varios linchamientos ocurridos en el sur del país. Su texto denunciaba una realidad que gran parte de la sociedad prefería ignorar. Holiday comprendió el poder de aquellas palabras y decidió incorporarlas a su repertorio.
La interpretación adquirió una dimensión casi teatral. Josephson ordenó que se suspendiera el servicio durante la canción. Las luces se apagaban y toda la atención se concentraba en la cantante. El resultado era devastador. Más que una actuación, parecía una declaración moral. Con el tiempo, Strange Fruit sería considerada una de las grabaciones más importantes del siglo XX y uno de los primeros grandes himnos de protesta de la música popular.
Pero el Café Society no giraba únicamente alrededor de Billie Holiday. A lo largo de la década de 1940 se convirtió en una plataforma para numerosos artistas que más tarde alcanzarían fama internacional. Por su escenario desfilaron Sarah Vaughan, Lena Horne, Hazel Scott, Big Joe Turner, Dinah Washington, Mary Lou Williams, Coleman Hawkins, Lester Young y Nat King Cole, entre muchos otros. El club también ofrecía espectáculos de góspel, blues rural y boogie-woogie, ampliando constantemente los horizontes musicales de su público.
Lo que distinguía al Café Society de otros clubes era la sensación de que allí estaba ocurriendo algo más importante que una simple actuación nocturna. Intelectuales, escritores, músicos, trabajadores y figuras políticas compartían las mismas mesas. Incluso Eleanor Roosevelt visitó el local en varias ocasiones. En una época marcada por profundas divisiones sociales, aquel pequeño sótano demostraba que la convivencia era posible.
El éxito fue tal que en 1940 Josephson inauguró una segunda sede en East 58th Street, llevando el concepto del Café Society a Uptown Manhattan. Sin embargo, los años posteriores trajeron nuevos desafíos. Tras la Segunda Guerra Mundial comenzó en Estados Unidos una intensa persecución contra personas vinculadas, real o supuestamente, a movimientos progresistas. El Comité de Actividades Antiestadounidenses inició investigaciones que afectaron a numerosos artistas, intelectuales y empresarios del mundo cultural.
El entorno de Josephson no escapó a esa presión. Las sospechas políticas, sumadas a las dificultades económicas y a los problemas de salud del propietario, fueron debilitando el proyecto. Aunque el club mantuvo su prestigio artístico, el contexto había cambiado. Finalmente, en 1951, el Café Society cerró sus puertas.
Su desaparición física no significó el fin de su legado. Con el paso de los años, el Café Society se transformó en un símbolo de una época en la que el jazz asumió un papel activo en la lucha por una sociedad más justa. Mucho antes de que el movimiento por los derechos civiles alcanzara su máxima expresión, aquel pequeño club ya demostraba que la integración racial no solo era posible, sino también enriquecedora.
Hoy, quienes recorren Sheridan Square, frente a la pequeña plaza que conecta varias calles históricas de Greenwich Village, difícilmente imaginen que bajo uno de esos edificios funcionó un club que ayudó a transformar la cultura estadounidense. Sin embargo, cada vez que escuchamos la voz de Billie Holiday interpretando Strange Fruit, el espíritu del Café Society vuelve a cobrar vida. Nos recuerda que el jazz nunca fue únicamente una forma de entretenimiento. También fue una manera de cuestionar la realidad y de imaginar un mundo diferente. Por Marcelo Bettoni
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