Al revisar grabaciones de jazz de finales de los años ochenta y comienzos de los noventa, es posible encontrar momentos que, vistos con la perspectiva del tiempo, adquieren un significado especial. Uno de ellos ocurrió en octubre de 1990, durante el festival Leverkusener Jazztage de Alemania. Sobre el escenario se encontraba una auténtica constelación de músicos: Jackie McLean, uno de los grandes arquitectos del saxo alto moderno; Bobby Hutcherson, figura fundamental del vibráfono contemporáneo; Hotep Idris Galeta en piano; Nat Reeves en contrabajo; y una joven baterista llamada Cindy Blackman.

En aquel momento, Blackman todavía no era la artista reconocida internacionalmente que llegaría a ser años después. Sin embargo, al observar hoy aquella actuación, resulta evidente que ya poseía una identidad musical completamente desarrollada. Lo que vemos no es a una intérprete intentando abrirse camino, sino a una música capaz de dialogar de igual a igual con algunas de las figuras más importantes del jazz de la segunda mitad del siglo XX. La historia de Cindy Blackman es, en muchos sentidos, la historia de una búsqueda. Nacida en Yellow Springs, Ohio, y criada en Connecticut, descubrió desde muy joven una fascinación particular por la batería. Mientras muchos músicos encuentran su voz a través de instrumentos melódicos, Blackman encontró la suya en el ritmo. Esa elección no era sencilla. La batería había sido tradicionalmente un territorio dominado por hombres y las oportunidades para las mujeres instrumentistas eran limitadas. Sin embargo, lejos de aceptar esos condicionamientos, desarrolló una disciplina feroz y una dedicación absoluta al estudio del instrumento.

Como investigador de la historia del jazz, siempre me ha resultado interesante observar cómo los grandes músicos construyen sus influencias. En el caso de Blackman, existe un nombre que aparece una y otra vez: Tony Williams. Su descubrimiento fue una auténtica revelación. Williams había revolucionado el lenguaje de la batería en los años sesenta junto a Miles Davis, expandiendo las posibilidades rítmicas del instrumento y transformándolo en una voz independiente dentro del grupo.La influencia es evidente, pero lo verdaderamente importante es que Cindy Blackman nunca se convirtió en una imitadora. Al escucharla, encontramos elementos de Tony Williams, de Max Roach, de Elvin Jones e incluso de Art Blakey. Sin embargo, la combinación de esas influencias produjo un lenguaje propio, caracterizado por una energía intensa, una gran libertad rítmica y una notable capacidad narrativa.

La presentación junto al quinteto de Jackie McLean en Leverkusen constituye un documento particularmente valioso para comprender esa evolución. El concierto comienza con “J. Mac’s Dynasty”, una composición de René McLean. Desde los primeros compases puede percibirse la conexión entre los músicos. Jackie McLean aporta su característico sonido penetrante, Hutcherson construye atmósferas armónicas de enorme riqueza y Blackman sostiene la estructura con una mezcla de autoridad y flexibilidad poco común.

Lo más interesante ocurre cuando llega el momento de su solo. Muchos bateristas entienden el solo como una oportunidad para demostrar velocidad o potencia. Blackman adopta un camino diferente. Construye una narrativa. Cada frase parece responder a la anterior. Los silencios tienen tanto valor como los golpes. La tensión aumenta gradualmente hasta alcanzar momentos de gran intensidad para luego resolverse de manera natural. El resultado es profundamente musical.

Ese aspecto revela una característica esencial de su arte: su batería nunca deja de cantar. Aunque trabaja con elementos puramente rítmicos, existe una lógica melódica en su manera de desarrollar las ideas. Es una cualidad que comparten los grandes bateristas de la historia del jazz y que permite comprender por qué músicos experimentados como Jackie McLean confiaban plenamente en ella. A comienzos de los años noventa, el jazz atravesaba un período de transformación. Una nueva generación de intérpretes comenzaba a tomar protagonismo mientras convivía con músicos que habían participado directamente de la revolución del bebop y el hard bop. Cindy Blackman representaba precisamente ese puente entre generaciones. Había estudiado profundamente la tradición, pero no se encontraba atrapada por ella.

Con el paso de los años, su carrera alcanzaría una dimensión internacional gracias a sus trabajos en el ámbito del rock, especialmente junto a Lenny Kravitz. Sin embargo, quienes la escucharon en escenarios de jazz saben que su verdadera identidad artística siempre estuvo ligada a la improvisación y a la búsqueda constante de nuevas posibilidades expresivas. Treinta y cinco años después de aquella noche en Alemania, la grabación conserva intacta su capacidad de sorprender. Lo que entonces parecía la actuación destacada de una joven baterista hoy puede interpretarse como el testimonio de una artista que estaba destinada a ocupar un lugar importante en la historia del instrumento.

Quizás esa sea la enseñanza más valiosa que deja Cindy Blackman. La tradición del jazz no sobrevive únicamente gracias a quienes la fundaron, sino también gracias a quienes encuentran una forma personal de continuarla. En aquella noche de 1990, mientras compartía escenario con Jackie McLean y Bobby Hutcherson, Cindy Blackman ya estaba escribiendo su propio capítulo en esa historia. Y lo hacía de la mejor manera posible: escuchando, creando y dejando que la batería hablara por ella. Por Marcelo Bettoni

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