En el jazz sucede algo fascinante y, al mismo tiempo, un poco abrumador: la cantidad de grabaciones es prácticamente infinita. Uno podría pasar varias vidas escuchando discos y aun así seguir descubriendo músicos nuevos cada semana. Por eso, más que intentar “escuchar todo”, quizás la verdadera clave sea construir un recorrido personal, una relación propia con esta música. Cada oyente encuentra su manera. Algunos prefieren avanzar por épocas: Nueva Orleans, Swing, Bebop, Cool, Hard Bop, Free Jazz, jazz contemporáneo. Ese recorrido permite entender cómo fue evolucionando el lenguaje musical, cómo cambiaron las formas de improvisar, los sonidos, las ideas rítmicas y armónicas.

Otros eligen seguir el camino de los músicos. Y ahí aparece algo maravilloso: el jazz funciona casi como un árbol genealógico. Escuchás a Louis Armstrong y eso te lleva a Earl Hines; luego a Coleman Hawkins; más tarde a Charlie Parker, Miles Davis y así sucesivamente. Un músico conduce naturalmente hacia otro. También existe la posibilidad de escuchar por instrumentos. Pasar un tiempo entero escuchando pianistas, trompetistas o saxofonistas ayuda muchísimo a desarrollar el oído. De a poco empezamos a reconocer matices: el sonido, el fraseo, la intención emocional, la manera de construir una improvisación.

Y después están los discos fundamentales. A veces alcanza con elegir uno o dos álbumes por semana y convivir con ellos. En el jazz, volver a escuchar es tan importante como descubrir algo nuevo. Hay discos que parecen simples la primera vez y años después revelan capas enteras de significado. Personalmente creo que también es importante alternar entre una escucha más histórica y otra más emocional. Hay días en los que uno estudia un disco, intenta comprender qué está sucediendo musicalmente. Y otros en los que simplemente se deja atravesar por el sonido, sin analizar demasiado.

Algo que suele ayudar mucho es llevar un pequeño registro: una libreta, notas en el celular o playlists organizadas por estilos, músicos o sensaciones. Incluso escribir unas pocas líneas sobre lo que nos produjo cada álbum. Con el tiempo, eso termina convirtiéndose en una especie de mapa de nuestra propia experiencia con el jazz.Y quizás lo más importante de todo: no hay que correr. El jazz no es una música para consumir rápidamente. Es una música para habitar. Algunos discos necesitan años para abrirse completamente ante nosotros. Y justamente ahí reside parte de su belleza. Por Marcelo Bettoni

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