Abril, el jazz y la pregunta que vuelve

Durante veinticinco años, cada abril ha operado como un pulso compartido. No siempre visible, no siempre ruidoso, pero constante. Aulas que respiran en swing, bibliotecas que dejan de ser silenciosas en el sentido tradicional, escenarios que laten con una energía distinta. El Jazz Appreciation Month —nacido en 2002 en el ámbito del Smithsonian National Museum of American History— no solo instaló una efeméride: propuso una forma de atención.

La idea era simple, casi desarmante: dedicar un mes entero a mirar el jazz de frente. Su historia, sus protagonistas vivos, su capacidad de transformación. Pero como suele ocurrir en esta música, lo simple no tarda en volverse profundo. Lo que empezó como una iniciativa institucional —impulsada, entre otros, por figuras como Quincy Jones— se convirtió en algo más difícil de definir: una práctica cultural distribuida, una red de acciones pequeñas que, sumadas, generan un cambio de percepción.

Abril no fue elegido al azar. Es un mes donde convergen pedagogía y celebración. Donde conviven nacimientos fundamentales —Duke Ellington, Ella Fitzgerald, Billie Holiday, Charles Mingus, Tito Puente, Herbie Hancock— con un calendario académico que permite preparar, ensayar, culminar. Y en ese cruce aparece también el Día Internacional del Jazz, como cierre y, al mismo tiempo, como apertura.

Porque si algo ha demostrado este cuarto de siglo es que el jazz no necesita únicamente ser celebrado: necesita ser activado. No alcanza con reconocer su importancia histórica. Hace falta generar situaciones donde la música vuelva a suceder, donde el lenguaje se ponga en juego frente a nuevos oídos.

En ese punto, el mapa global de JAM —que incluye desde escuelas primarias hasta festivales internacionales— encuentra su correlato en experiencias más focalizadas, más íntimas, pero no por eso menos significativas. Es allí donde el gesto se vuelve concreto.

El encuentro que reúne a Marcelo Bettoni, Alejandro Arturi, Marcelo Abosch y Juan Rial se inscribe precisamente en esa lógica. No como un evento aislado, sino como una extensión natural de lo que abril propone: pasar de la idea a la experiencia.

La premisa que lo organiza —¿qué hace que una música sea jazz?— dialoga, en el fondo, con la misma pregunta que sostiene al Jazz Appreciation Month desde su origen. Pero aquí la respuesta no se busca en archivos ni en discursos cerrados, sino en el sonido mismo. En el tiempo compartido.

Hay algo revelador en ese enfoque. Porque el jazz, más que definirse, se reconoce. Aparece en ciertos desplazamientos del ritmo, en la elasticidad de una forma, en la manera en que una improvisación no adorna sino construye. Aparece, sobre todo, en la interacción: en cómo los roles instrumentales se negocian en tiempo real, en cómo la escucha se vuelve una práctica activa.

El formato del encuentro —música en vivo, momentos de explicación, instancias de escucha guiada— no fragmenta la experiencia, sino que la amplifica. Permite ver lo que normalmente permanece oculto. Hace audible el proceso. Y en ese gesto pedagógico, lejos de simplificar, devuelve complejidad.

Si el Jazz Appreciation Month funciona como estructura —un marco de treinta días que ordena la atención—, entonces este tipo de propuestas encarna la improvisación dentro de esa forma. Son el contenido vivo que llena el calendario. La traducción concreta de una idea que, de otro modo, correría el riesgo de volverse abstracta.

A los 25 años, JAM ya no necesita legitimarse. Ha sido adoptado, replicado, naturalizado. Pero esa misma naturalización plantea un desafío: evitar que la costumbre reemplace a la curiosidad. Que abril no sea solo un recordatorio, sino un disparador.

En ese sentido, la invitación sigue siendo la misma, aunque adopte distintas formas: escuchar con mayor atención, sostener a los músicos, generar comunidad, abrir la puerta a nuevos oyentes. O, dicho de otro modo, transformar la conciencia en práctica.

Porque el jazz —y esto es algo que tanto John Edward Hasse como cualquier músico en actividad podrían suscribir— crece de a una experiencia por vez. No por acumulación abstracta, sino por encuentros concretos.

Y tal vez ahí resida el verdadero sentido de abril. No en la celebración como fin, sino en la posibilidad de que, en algún punto del mundo —en una gran sala o en un espacio más cercano— alguien escuche algo por primera vez y entienda, sin necesidad de definición, que esa música le estaba hablando.

Ese momento, mínimo e irrepetible, es donde el jazz vuelve a empezar.

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