
El término cats, tan naturalizado en el universo del jazz, no nació en la música sino en el habla coloquial afroamericana de comienzos del siglo XX. En ese ámbito urbano —marcado por la migración, la segregación y la emergencia de nuevas formas de sociabilidad nocturna— la palabra cat comenzó a designar a una persona con estilo propio, con astucia, con presencia. No era todavía un concepto musical, pero ya contenía una afirmación identitaria. También se dice que se los llamaba cats porque muchos de ellos deambulaban por la noche y carecían de un lugar fijo donde dormir, lo que reforzaba esa imagen de independencia y autonomía.
Cuando el jazz empezó a consolidarse como expresión moderna en Nueva Orleans, Chicago y más tarde Nueva York, ese término encontró un territorio fértil. En las décadas de 1920 y 1930 pasó a nombrar a los propios músicos. Decir “he’s a cool cat” no aludía solamente a su competencia técnica: implicaba reconocer una forma de habitar el sonido, una actitud ante el tiempo y el ritmo, una manera de estar en el mundo.
Con el bebop, en los años cuarenta, la palabra adquirió una densidad mayor. En el círculo de Parker, Gillespie o Monk, el lenguaje no era accesorio: formaba parte de la música misma. La jerga —cat, hip, dig, cool, gig, hípster— funcionaba como un código de pertenencia, como un territorio simbólico frente a una sociedad que intentaba domesticar esa energía creativa. Nombrarse entre cats era afirmarse dentro de una comunidad estética y cultural.
Desde una perspectiva histórica, el término revela algo más profundo que una simple anécdota lingüística. El jazz no solo desarrolló un sonido propio; construyó también un vocabulario para pensarse y reconocerse. En esa trama de palabras, cats se convirtió en una forma de identidad compartida: la música como estilo, el estilo como afirmación de libertad.Por Marcelo Bettoni