Hablar del jazz implica, casi de inmediato, enfrentarse a un problema de nombres. No solo porque el género se resiste a las definiciones cerradas, sino porque la palabra que lo designa nació, desde el comienzo, en estado de movimiento. Jazz no remite a un origen único ni responde a una genealogía ordenada. Es el resultado de una circulación prolongada, de usos que se superponen y se desplazan, acompañando la formación misma de la música.

Antes de convertirse en una categoría estética, jazz fue una palabra del habla cotidiana. Circuló en ámbitos populares y nocturnos, lejos de cualquier marco académico, adoptando grafías inestables —jas, jaz, jass, jacz, jasz— que delatan su procedencia oral. Esa oscilación inicial no es un dato accesorio: anticipa la dificultad del término para fijarse en un significado definitivo.

En sus primeros usos, el vocablo estuvo ligado al impulso y a la acción. En la jerga afroamericana, jazz funcionaba como verbo y como estímulo: apurar el ritmo, intensificar una situación, provocar una respuesta colectiva. Expresiones como jazz it up condensaban esa idea de empuje vital, frecuente en contextos de trabajo duro y sociabilidad compartida. La palabra no nombraba algo estático, sino un movimiento.

Ese mismo sentido de intensidad aparece pronto en el ámbito deportivo. Hacia 1912, en el béisbol estadounidense, jazz describía lanzamientos difíciles de atrapar y jugadas imprevisibles, cargadas de tensión. El pasaje al terreno musical resulta casi natural: en ambos casos, el término alude a lo dinámico, a lo inestable, a aquello que exige una respuesta inmediata del cuerpo.

Desde una perspectiva lingüística, una de las hipótesis más consistentes vincula jazz con jasm, una voz de jerga del siglo XIX asociada al vigor, la vitalidad y el entusiasmo. Emparentado con otros términos coloquiales como gism, este vocablo circulaba mucho antes de que el jazz existiera como género. La música, en este sentido, no dio nombre a la palabra: heredó un término ya cargado de energía física y afectiva.

El recorrido del vocablo atraviesa también el mundo del espectáculo popular. En los minstrel shows, el acto final —el de mayor intensidad escénica— recibía el nombre de jazzbo. Allí, la palabra quedaba asociada al clímax, al exceso, al momento en que la energía se concentra. En una línea cercana, se menciona al Razz’s Band, cuarteto afroamericano de Nueva Orleans activo en los primeros años de difusión del jazz, cuyo nombre pudo haber contribuido a fijar fonéticamente el término.

Otras teorías buscaron anclar el origen de la palabra en figuras concretas del ambiente musical. Se la vinculó al trombonista de blues Jasbo Brown o al apodo “Chaz” de un baterista de orquesta de baile llamado Charles. Aunque estas hipótesis carecen de pruebas concluyentes, revelan una necesidad persistente: personalizar el nacimiento del jazz y situarlo en escenas reconocibles.

El término arrastra, además, significados procedentes de los márgenes urbanos de su tiempo. En Nueva Orleans, la expresión jazz-belles designaba a prostitutas asociadas al perfume de jazmín, incorporando una dimensión sensual y nocturna. Otras variantes, como jass ack, introducen un matiz burlesco y ambiguo. Estas asociaciones no son menores: señalan que el jazz, tanto como palabra como práctica, se gestó en espacios socialmente tensionados antes de alcanzar legitimidad cultural.

Tampoco faltan las tentativas de rastrear influencias europeas y africanas. Desde el verbo francés jaser, ligado al parloteo intenso, hasta expresiones de África Occidental relacionadas con el cuerpo y la comunicación exaltada, el término parece absorber sentidos vinculados a una experiencia sonora profundamente corporal. En la misma dirección, se ha propuesto una derivación de jawbone, nombre de un idiófono afroamericano, sugiriendo una continuidad entre la palabra y prácticas musicales de larga duración histórica.

Consideradas en conjunto, estas hipótesis no se excluyen entre sí. Funcionan como capas que se superponen y dialogan. El nombre jazz no señala un punto de partida preciso, sino un proceso en permanente desplazamiento. Tal vez por eso su etimología permanece abierta: porque la música que nombra tampoco se deja fijar. Como el jazz mismo, la palabra nace del cruce, del movimiento y de la libertad, siempre en tensión entre la memoria y la invención. Por Marcelo Bettoni

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