comunitaria se convirtió en un rasgo central del jazz de vanguardia. En diálogo con los ideales del nacionalismo negro y con una creciente conciencia política dentro de la cultura afroamericana, comenzaron a surgir colectivos que entendían la creación musical como un acto inseparable de la educación, la autogestión y la intervención social. Así como Chicago vio nacer a la AACM, la ciudad de St. Louis se transformó en un polo creativo con la aparición, en 1968, del Black Artists Group (BAG).

El BAG no fue simplemente un núcleo de free jazz, sino una plataforma interdisciplinaria que integró música, teatro, danza, poesía y artes visuales. Su objetivo excedía la producción de conciertos: buscaba formar artistas integrales, capaces de pensar su práctica en términos estéticos, históricos y políticos. En este sentido, el BAG funcionó como un laboratorio cultural, donde la experimentación formal convivía con una fuerte vocación pedagógica y comunitaria. La obtención de apoyos estatales y gubernamentales permitió sostener, al menos por un tiempo, esta estructura cooperativa, aunque las tensiones económicas y organizativas condujeron a su disolución a comienzos de la década de 1970.

Sin embargo, el legado del BAG no se extinguió con su cierre. Por el contrario, muchas de sus ideas encontraron una nueva proyección en proyectos posteriores, entre ellos el World Saxophone Quartet (WSQ), fundado en 1976 por Oliver Lake, Julius Hemphill y Hamiet Bluiett, junto al saxofonista tenor David Murray. El WSQ puede leerse como una cristalización madura de ciertas intuiciones gestadas en St. Louis: la búsqueda de una voz colectiva fuerte, la ampliación del vocabulario del jazz y la reformulación de sus estructuras tradicionales.

Desde el punto de vista formal, el WSQ introdujo una decisión radical: prescindir de la sección rítmica. Lejos de constituir una carencia, esta ausencia abrió un espacio de libertad estructural donde el ritmo, la armonía y la textura se redistribuyen entre los cuatro saxofones. La función rítmica ya no queda confinada a la batería o el contrabajo, sino que emerge de la superposición de líneas, de la articulación del timbre y del uso del registro. Esta concepción remite tanto a la improvisación colectiva temprana del jazz como a ciertas prácticas de la música contemporánea europea.

Aunque la influencia del free jazz de Ornette Coleman y Albert Ayler es perceptible, el WSQ nunca se limitó a una estética exclusivamente rupturista. Por el contrario, su música establece un diálogo permanente entre composición e improvisación, tradición y experimentación. En su repertorio conviven referencias al bebop, al swing, al blues y a la escritura orquestal, junto con procedimientos más cercanos a la música de cámara del siglo XX. No es casual que, en distintos pasajes, el sonido del grupo evoque tanto a la sección de saxofones de Duke Ellington como a las tensiones rítmicas y formales asociadas a Stravinsky.

A lo largo de las décadas, el World Saxophone Quartet se consolidó como una de las formaciones más longevas y consistentes surgidas del ámbito del jazz creativo. Su continuidad no solo da cuenta de la solidez del proyecto artístico, sino también de su capacidad de adaptación. En años recientes, el grupo amplió su formato original mediante colaboraciones con bateristas y percusionistas africanos, reforzando el vínculo con la diáspora y subrayando el carácter transnacional de su propuesta. Por Marcelo Bettoni

Quienes deseen profundizar en estos procesos —las redes de cooperación artística, los desplazamientos estéticos del free jazz y la proyección internacional de estos colectivos— encontrarán un desarrollo más amplio en Las rutas del jazz, autor (Marcelo Bettoni) donde estos fenómenos se inscriben dentro de un mapa mayor de conexiones históricas, sociales y culturales que dieron forma al jazz moderno y contemporáneo.

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