A mediados del siglo XX, Chicago se consolidó como un laboratorio creativo dentro del jazz, incluso cuando Nueva York se había erigido como el epicentro del género en Estados Unidos. La ciudad mantuvo un pulso único, donde la experimentación y la innovación encontraron un terreno fértil, especialmente en los barrios del South Side, hogar de una comunidad afroamericana vibrante que combinaba tradición y modernidad. Fue en este contexto que Muhal Richard Abrams desempeñó un papel decisivo al fundar, en 1965, la Association for the Advancement of Creative Musicians (AACM), una cooperativa y escuela que se convirtió en el núcleo del jazz de vanguardia de Chicago.

La AACM surgió como respuesta a la limitación que imponían los circuitos comerciales y los clubes dominados por promotores, quienes pocas veces valoraban la música original o experimental. La organización ofrecía a los músicos autonomía artística, espacios de ensayo, recursos educativos y la posibilidad de presentar sus composiciones. Además, promovía la enseñanza de la improvisación y la composición en escuelas comunitarias, integrando la educación musical en la vida cotidiana de los barrios y contribuyendo a la formación de generaciones de músicos con conciencia histórica y social. Entre sus primeros miembros se encontraban figuras clave como Henry Threadgill, Roscoe Mitchell, Anthony Braxton, Joseph Jarman y Leroy Jenkins, quienes luego expandieron la influencia de la AACM a nivel nacional e internacional.

La estética de la AACM se caracterizó por la exploración sonora y la libertad creativa. Los músicos experimentaban con timbres inusuales, entonaciones libres, improvisación colectiva, poliritmos y escalas no temperadas, y no rehuían el humor ni la sorpresa como herramientas expresivas. El trompetista Lester Bowie, por ejemplo, integró influencias del R&B, la música de carnaval y el teatro callejero, incorporando gongs, sirenas, campanas y sílabas inventadas en falsete. Esta fusión de tradición y experimentación no solo desafiaba las convenciones del jazz, sino que también abría un diálogo con la cultura popular afroamericana y su historia de resistencia y creatividad.

De estas raíces surgió el Art Ensemble of Chicago, fundado por Bowie junto a Joseph Jarman, Roscoe Mitchell y Malachi Favors. Su propuesta expandió la idea de la música como performance total: los conciertos incluían teatro, danza, pantomima, poesía, disfraces, máscaras y parodia, fusionando rituales africanos y teatralidad con exploración sonora. Cada miembro tocaba múltiples instrumentos, desde saxofones, flautas y clarinetes hasta percusiones africanas, cítaras y sirenas. Su repertorio combinaba improvisación libre, exploración sonora y pastiches cómicos que cuestionaban la virtuosidad del bebop. Durante sus dieciocho meses en Europa (1969-1970), participaron en festivales de vanguardia como Moers y Donaueschingen, consolidando su reconocimiento internacional y difundiendo la estética del AACM a nuevas audiencias.

Mientras tanto, Anthony Braxton emergía como una figura central de la vanguardia, incorporando un enfoque más estructurado y conceptual. Integrante de la AACM desde 1966, Braxton fundó en 1967 el grupo Creative Construction Company, junto a Leroy Jenkins y Leo Smith, explorando métodos de improvisación guiada y composiciones gráficas. Su álbum For Alto (1968) marcó un hito: fue el primer disco de jazz grabado para saxofón alto solista, y abrió nuevas posibilidades de expresión individual dentro del jazz. Braxton también combinó la improvisación con la composición académica, creando piezas para grandes ensambles que incorporaban gráficos, letras, números y símbolos geométricos, desafiando las convenciones tradicionales del título y la estructura musical.

La influencia de Chicago se extendió mucho más allá de sus fronteras: la AACM inspiró movimientos de jazz experimental en Europa y en otras ciudades de Estados Unidos, y sus músicos actuaron como docentes, mentores y compositores de relevancia internacional. La ciudad se consolidó como un espacio donde la libertad musical y la innovación estética no eran meras aspiraciones, sino principios fundamentales. La vanguardia en Chicago mostró que el jazz podía ser al mismo tiempo un acto de creación sonora, un ritual comunitario y un ejercicio de independencia artística, dejando un legado que sigue resonando en músicos, oyentes y académicos de todo el mundo. Por Marcelo Bettoni

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