Religión popular, oralidad y música colectiva en los Estados Unidos del siglo XIX

Cuando se analiza el surgimiento del spiritual afroamericano y, por extensión, algunas de las raíces culturales que más tarde confluirán en el blues y el jazz, resulta imprescindible detenerse en un fenómeno a menudo subestimado: el camp meeting. Estos encuentros religiosos al aire libre, que se multiplicaron en los Estados Unidos a comienzos del siglo XIX durante el llamado Second Great Awakening, no solo transformaron la práctica del culto protestante, sino que dieron lugar a nuevas formas musicales profundamente ligadas a la oralidad, la improvisación y la experiencia colectiva.
A diferencia de la liturgia formal heredada del protestantismo europeo, los camp meetings reunían durante varios días —a veces semanas— a comunidades rurales enteras. El contexto material era decisivo: no había templos, ni órganos, ni himnarios impresos. Gran parte de los asistentes era analfabeta y, aun para quienes sabían leer, la iluminación precaria de fogatas y antorchas volvía impracticable el uso de textos escritos. La música debía, por necesidad, vivir en la memoria y en el cuerpo.
En ese entorno surgió un tipo de canto radicalmente distinto del himno tradicional. Los viejos salmos métricos y las melodías solemnes ya no resultaban funcionales para una multitud emocionalmente exaltada, participativa y en constante movimiento. Se impuso entonces una práctica musical más flexible: himnos intervenidos, fragmentados, ampliados con estribillos y refranes que permitían la participación inmediata de toda la asamblea.
Uno de los rasgos más distintivos del himno de camp meeting fue la incorporación sistemática del coro. A un texto preexistente se le añadían frases breves, fácilmente memorizables, que el conjunto podía repetir una y otra vez. Esta estructura no solo facilitaba la participación, sino que generaba una dinámica de llamada y respuesta, cercana a prácticas ya consolidadas en la tradición musical afroamericana.
Muchas de estas frases —conocidas más tarde como wandering verses— no pertenecían a un himno específico. Circulaban libremente, se acoplaban a distintas melodías y reaparecían una y otra vez en diferentes contextos. La idea de una obra fija, cerrada, cedía lugar a una música en permanente estado de recomposición, donde cada encuentro podía producir nuevas variantes.
Además de modificar himnos conocidos, los participantes de los camp meetings componían canciones de manera espontánea. Un predicador entonaba una frase; la multitud respondía con exclamaciones, repeticiones o comentarios cantados. De ese intercambio emergían textos fragmentarios, construidos a partir de imágenes bíblicas, vivencias cotidianas y expresiones de éxtasis religioso.
Diversos observadores de la época señalaron que estas canciones improvisadas eran especialmente frecuentes entre los fieles negros. Los cantos se organizaban en torno a afirmaciones breves, prolongadas mediante repeticiones rítmicas y melódicas. El sentido no residía tanto en la coherencia narrativa como en la intensidad expresiva y en la experiencia compartida del canto.
Aquí aparece un punto clave para la historia de la música afroamericana: la convergencia entre prácticas religiosas blancas populares y tradiciones musicales negras, donde la improvisación, el cuerpo y la participación comunitaria ocupaban un lugar central. El spiritual no surgió de manera aislada, sino en diálogo constante con estos espacios híbridos.
Con el tiempo, muchas de las fórmulas surgidas en los camp meetings se integraron plenamente al repertorio del spiritual. Estribillos, imágenes poéticas y giros melódicos reaparecen, a veces casi sin cambios, en canciones que décadas más tarde serían recopiladas como slave songs. Este tránsito revela una continuidad cultural más que una ruptura: el pasaje de un canto religioso popular a una forma de expresión identitaria afroamericana.
La lógica musical que se consolida en este proceso —repetición, variación, improvisación, interacción entre solista y grupo— será fundamental para el desarrollo posterior del blues y, más adelante, del jazz. No se trata aún de swing ni de improvisación instrumental, pero sí de una concepción de la música como acto social, como espacio de negociación colectiva y de libertad expresiva.
Desde una perspectiva jazzística, el himno del camp meeting puede parecer un antecedente lejano. Sin embargo, en su estructura abierta, en su rechazo a la rigidez escrita y en su énfasis en la participación, ya se esboza una sensibilidad que atravesará toda la música afroamericana. Antes de los clubes, antes de los estudios de grabación, incluso antes del blues rural, hubo comunidades cantando al aire libre, reformulando viejas melodías y creando, sin saberlo, una de las matrices culturales más fértiles de la música del siglo XX.
Revisitar estos orígenes no es un ejercicio arqueológico: es una forma de comprender que el jazz, en su dimensión más profunda, no nace solo de la técnica ni de la innovación formal, sino de una historia de oralidad, resistencia y creación colectiva.
Por Marcelo Bettoni
Bibliografia
Epstein, D. J. (1977). Sinful tunes and spirituals: Black folk music to the Civil War. University of Illinois Press.