
Entre finales del siglo XVIII y las primeras décadas del XIX, la vida religiosa en las comunidades fronterizas de Estados Unidos experimentó un fenómeno singular: las reuniones en campamento o camp meetings. Surgidas durante el denominado “Segundo Avivamiento”, estas congregaciones reflejaban no solo la vitalidad espiritual de la época, sino también una intensa interacción social y cultural que anticipaba los matices multiculturales del jazz que, más adelante, emergería en Nueva Orleans.
Los camp meetings reunían a personas comunes, negras y blancas, de todas las denominaciones protestantes, en un formato que desbordaba los límites de la iglesia tradicional: servicios continuos que podían durar varios días, a menudo una semana completa, en medio de bosques y claros. Los fieles vivían en pequeñas tiendas, mientras los grandes templos temporales—tabernáculos de lona—acogían a miles de asistentes, quienes se reunían para escuchar predicadores itinerantes y cantar himnos aprendidos allí mismo.
El primero de estos encuentros, celebrado en el condado de Logan, Kentucky, en julio de 1800, estuvo organizado por el reverendo presbiteriano James McGready, aunque ya desde sus comienzos la experiencia congregaba a predicadores de diversas denominaciones. Con el tiempo, los metodistas dominaron el movimiento, transmitiendo sus propios himnos a los participantes y expandiendo la práctica desde Kentucky hacia el noreste, el este y el sur del país, hasta llegar a la región profunda del sur.
Uno de los aspectos más notables de los camp meetings era su carácter interracial. En algunos casos, había incluso más fieles negros que blancos. Extranjeros que visitaban Estados Unidos quedaron asombrados por la magnitud de estos encuentros y por la fuerza expresiva de los cantos de los afroamericanos. Los exesclavos, a su vez, dejaron valiosas descripciones de estas reuniones, que iluminan la intensidad de la experiencia religiosa y social: enormes fogatas iluminando el bosque, miles de personas congregadas, predicadores en estrados elevados, y un orden espacial que, aunque variaba, reflejaba tanto segregación como convivencia.
Históricamente, algunos predicadores negros, como Daniel Coker, pudieron dirigir sermones ante multitudes de miles, mientras que Black Harry Hoosier acompañaba a Francis Asbury en recorridos que superaban las 270,000 millas, a veces reemplazándolo en la predicación. Ya en la segunda década del siglo XIX, las iglesias negras comenzaron a organizar sus propios camp meetings, bajo la dirección de las congregaciones AME, consolidando un espacio de expresión espiritual y comunitaria que reunía a blancos y negros por igual.
Estas reuniones en campamento no solo fueron un fenómeno religioso; también constituyeron un laboratorio social y cultural donde la interacción interracial, la música y la improvisación comunitaria anticipaban muchos de los principios que, décadas más tarde, se cristalizarían en el jazz. El estudio de estos encuentros ofrece una perspectiva enriquecedora sobre los cruces culturales y las experiencias compartidas que precedieron a la música afroamericana urbana.
Para quienes deseen ampliar esta información, explorar detalles adicionales sobre predicadores, himnos, rituales y la evolución regional de los camp meetings, así como su relación con la música afroamericana y el jazz, pueden consultar los distintos artículos incluidos en mi libro Las Rutas del Jazz, donde se desarrolla este tema con mayor profundidad y se establecen conexiones con otras prácticas musicales de la época.