
La música y el lenguaje están profundamente conectados: la forma en que hablamos influye en la forma en que cantamos. En muchas lenguas de África Central, cada sílaba tiene un tono específico —bajo, medio o alto— y, a veces, combinaciones que suben y bajan. Esto significa que la melodía de una canción no puede separarse de las palabras: cambiar el tono de la música podría alterar su significado.
Por ejemplo, en la lengua Ngbaka existen tres tonos nivelados y cuatro tonos deslizantes que generan una enorme variedad de posibles melodías. Otras lenguas, como el Monzombo, tienen aún más tonos, y con ellos, más combinaciones melódicas. Por eso, en muchas canciones tradicionales africanas cada sílaba se canta en una nota, y los melismas (cuando una sílaba se extiende sobre varias notas) son raros: cualquier adición melódica “sin razón lingüística” podría dificultar que se entienda el mensaje.
Esta relación entre lenguaje y melodía no solo se mantiene en la música vocal tradicional africana, sino que también influye en el jazz. Los cantos africanos llegaron a América a través de la diáspora y contribuyeron al blues, al spiritual y al fraseo de la improvisación jazzística, donde cada línea musical funciona casi como un lenguaje: cada nota transmite sentido y emoción.
Como decía Léopold Sédar Senghor, la música y la palabra son inseparables: la música no solo acompaña al habla, sino que la realiza y la transforma en Palabra, una forma de expresión que eleva al ser humano.
Estas conexiones entre lengua, tono y música son solo un ejemplo de cómo las raíces africanas siguen presentes en el jazz contemporáneo. Para quienes quieran profundizar en este vínculo entre palabra, melodía e improvisación, lo desarrollo con más detalle en mi libro “Las Rutas del Jazz”.