Durante la década de 1780, los estados del sur de los Estados Unidos atravesaron una profunda crisis económica. La caída sostenida de los precios de sus principales productos agrícolas —tabaco, arroz e índigo— afectó seriamente a los grandes terratenientes. En ese contexto, incluso el sistema esclavista, piedra angular de la economía sureña, pareció entrar en una etapa de debilitamiento.

Sin embargo, esta tendencia se revirtió de manera abrupta a partir de 1793, cuando Eli Whitney desarrolló una máquina capaz de separar con rapidez la fibra de algodón de su semilla. Este invento, conocido como la desmotadora de algodón, transformó radicalmente el panorama económico del sur. Coincidiendo con la expansión de la Revolución Industrial, especialmente en Europa y el norte de los Estados Unidos, se generó una demanda masiva de algodón como materia prima para la industria textil.

Gracias a esta innovación tecnológica, los plantadores pudieron concentrar la mano de obra esclava casi exclusivamente en el cultivo del algodón, que pasó a ser el producto más rentable de la región. Muchas plantaciones abandonaron cultivos tradicionales para sumarse a esta nueva economía algodonera. Como consecuencia directa, lejos de disminuir, la esclavitud se consolidó y se expandió: la demanda de personas esclavizadas aumentó, y el comercio interno de esclavos volvió a intensificarse, con embarcaciones provenientes del norte —especialmente de Nueva Inglaterra— participando activamente en este tráfico humano.

Mientras tanto, los movimientos abolicionistas, que ya existían desde antes de la Guerra de Independencia, comenzaron a ejercer mayor presión política. En 1807, el Congreso aprobó una ley que prohibía la importación de esclavos africanos a partir del 1 de enero de 1808. No obstante, esta legislación fue sistemáticamente violada durante años, y el sistema esclavista continuó fortaleciéndose en el sur. En contraste, en los estados del norte la esclavitud inició un lento pero progresivo proceso de desaparición. Desde finales del siglo XVIII se aprobaron leyes de emancipación gradual, y para 1830 la esclavitud había sido eliminada en toda esa región del país.

Tras el conflicto independentista, la actividad musical en los Estados Unidos retomó el impulso que había perdido durante la guerra. Los conciertos, las representaciones teatrales y las óperas volvieron a atraer al público; las escuelas de canto y danza reabrieron sus puertas, y la música religiosa y popular recuperó un lugar central en la vida cotidiana.

Un número creciente de músicos profesionales, en su mayoría provenientes de Europa —especialmente de Inglaterra—, se estableció en las principales ciudades del país. Boston, Nueva York, Filadelfia, Charleston y Nueva Orleans se convirtieron en polos de intensa actividad cultural. Estos músicos ofrecían clases de instrumentos como piano, clave y violín, integraban o fundaban orquestas, organizaban ciclos de conciertos, abrían editoriales y comercios musicales, y colaboraban con compañías teatrales en la producción de obras escénicas y óperas.

Filadelfia se destacó como centro editorial, con una abundante producción de himnarios, libros pedagógicos y colecciones de canciones y danzas populares. Nueva Orleans, por su parte, asumió un rol pionero en el desarrollo de la ópera, llegando a contar con la primera compañía lírica estable del país.

La demanda de música era tan amplia que tanto compositores locales como extranjeros produjeron una enorme variedad de obras: himnos, marchas, canciones, danzas, música incidental para teatro y arreglos corales. Además, muchos de estos músicos incorporaban materiales didácticos en sus publicaciones. No era raro encontrar, al comienzo de un cancionero, secciones dedicadas a la teoría musical básica, donde se explicaban nociones como la lectura musical, los valores rítmicos, los intervalos, las tonalidades y la síncopa. La formación teórica, al menos desde el punto de vista editorial, estaba al alcance de los estudiantes.

Existen testimonios que indican que personas afroamericanas participaron activamente de este proceso educativo. En distintas ciudades, músicos establecidos enseñaron a estudiantes negros, quienes luego se desempeñaron como intérpretes, docentes y compositores. En Nueva York, por ejemplo, algunos coros e instituciones religiosas incluyeron alumnos afrodescendientes en su formación musical. En Nueva Orleans, músicos europeos vinculados a la ópera y a las orquestas también impartieron clases a estudiantes negros, favoreciendo el surgimiento de una tradición musical afroamericana urbana.

Estas experiencias tempranas de formación musical compartida sentaron bases fundamentales para el desarrollo posterior de las músicas afroamericanas en los Estados Unidos, en un contexto marcado por profundas contradicciones sociales, económicas y culturales.

Por Marcelo Bettoni

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