La Guerra de Independencia de los Estados Unidos estuvo atravesada por una paradoja profunda: la lucha por la libertad política de las colonias se sostuvo, en parte, gracias a hombres que no gozaban de esa misma libertad. El primer mártir de ese conflicto, Crispus Attucks —esclavo fugitivo asesinado durante la Masacre de Boston en 1770— encarna simbólicamente esa contradicción fundacional. Su muerte anticipa una participación afroamericana que sería mucho más amplia de lo que la historiografía tradicional admitió durante décadas.

Se estima que más de cinco mil hombres negros participaron en el conflicto armado contra Inglaterra. Algunos ya contaban con experiencia militar previa, adquirida durante la Guerra Franco-India, a pesar de las restricciones legales que impedían formalmente su enrolamiento. Este antecedente explica, en parte, la rápida incorporación de soldados afrodescendientes en los primeros compases de la revolución.

Entre ellos se destacó Barzillai Lew, músico de Massachusetts, que sirvió como tamborilero y flautista (fifer) en la Batalla de Bunker Hill en 1775. Lew no solo combatió en ese enfrentamiento clave, sino que acompañó al ejército continental durante buena parte de la guerra. Su figura resulta especialmente relevante porque sintetiza dos dimensiones centrales del conflicto: la participación militar afroamericana y el rol estratégico de la música en la guerra moderna.

En noviembre de 1775, George Washington prohibió formalmente el reclutamiento de hombres negros en el ejército continental. Sin embargo, casi simultáneamente —y sin que Washington lo supiera— el gobernador británico de Virginia, Lord Dunmore, ofreció la libertad a los esclavos y sirvientes que se unieran a las tropas del rey. Esta proclamación tuvo un efecto inmediato: cientos de personas esclavizadas abandonaron las plantaciones, algunas para unirse a los británicos y otras simplemente para huir hacia cualquier posibilidad de emancipación.

Ante este escenario, las colonias se vieron obligadas a revisar su política. Con excepción de Georgia y Carolina del Sur, comenzó el reclutamiento activo de soldados negros, generalmente bajo la promesa —no siempre cumplida— de la libertad al finalizar el servicio. En la mayoría de los casos, estos soldados combatieron en unidades integradas, aunque en Nueva Inglaterra se formaron compañías compuestas exclusivamente por afroamericanos.

Una de las más conocidas fue el batallón de Massachusetts llamado “Bucks of America”, comandado por George Middleton, un coronel negro que, significativamente, también era violinista. El dato no es menor: en estas unidades, la música no era un adorno, sino una función estructural del orden militar.

Durante la Guerra de Independencia, la música militar se basó casi exclusivamente en tambores y pífanos, con ocasional uso de trompetas. Cada regimiento contaba con un Drummer-Major y un Fifer-Major, responsables de entrenar a los músicos y garantizar la precisión rítmica necesaria para transmitir órdenes en el campo de batalla.

Los registros militares conservan los nombres de numerosos músicos afroamericanos: tamborileros como William Nickens, Scipio Brown o “Negro Tom”, y flautistas como Richard Cozzens. En el ámbito naval, solo un nombre ha sobrevivido al anonimato: Nimrod Perkins, tamborilero en la galera Diligence.

Las funciones de estos músicos iban mucho más allá de marcar el paso. Tocaban en ceremonias oficiales, transmitían señales tácticas, sostenían la moral de las tropas y, muy probablemente, animaban los momentos de descanso. En ese contexto, instrumentos como el violín —particularmente asociado a músicos negros— cumplían un rol central en la vida social de los campamentos.

El conflicto generó un vasto repertorio de canciones patrióticas, muchas de ellas escritas sobre melodías preexistentes. Himnos como Chester, de William Billings, o canciones populares como Yankee Doodle, funcionaron como verdaderos dispositivos de cohesión ideológica y emocional.

Los soldados afroamericanos compartieron este repertorio común, pero es casi seguro que también desarrollaron formas improvisadas de canto, heredadas de sus tradiciones previas: canciones satíricas, comentarios musicales sobre la vida militar, los oficiales blancos y las experiencias del frente. Sin embargo, nadie se ocupó de registrar esas expresiones. A diferencia de guerras posteriores, la música afroamericana de la Revolución quedó prácticamente borrada del archivo histórico.

Ese silencio no es casual. Revela los límites de una revolución que proclamaba la libertad mientras invisibilizaba las voces de quienes ayudaron a conquistarla. La música —efímera, oral, colectiva— fue uno de los primeros territorios donde esa exclusión se hizo irreversible.

La participación de músicos afroamericanos en la Guerra de Independencia no solo amplía nuestra comprensión del conflicto, sino que obliga a repensar el origen mismo de la cultura musical estadounidense. Antes del blues, antes del jazz, incluso antes de los espirituales documentados, ya existía una presencia sonora negra acompañando la gestación de la nación. No quedó escrita en partituras ni preservada en archivos, pero resonó en marchas, campamentos y celebraciones, marcando un pulso que la historia tardaría siglos en reconocer. Por Marcelo Bettoni

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