Guerra, memoria y sonido en los orígenes de los Estados Unidos

Los registros militares disponibles sobre las guerras estadounidenses de los siglos XVIII y comienzos del XIX rara vez consignan la raza de los soldados. Las fuentes civiles —actas municipales, documentos judiciales y crónicas locales—, que constituyen el principal reservorio de información sobre los soldados afroamericanos, son fragmentarias y, en muchos casos, incompletas. Solo de manera ocasional, historias locales permiten reconstruir datos aislados sobre la participación de hombres negros en los conflictos armados.

Cuando los listados militares mencionan la raza, lo hacen a menudo de forma imprecisa o despersonalizada, con entradas como “un hombre negro” o “un negro, nombre desconocido”. En raras ocasiones aparece una identificación más completa, como en el caso de anotaciones del tipo “Negro Bob, tambor”. Esta precariedad documental explica por qué han llegado hasta nosotros tan pocos nombres de músicos afroamericanos del ejército colonial y revolucionario. Sin embargo, se sabe que una de las funciones más habituales asignadas a los soldados negros era la de tamborilero. De hecho, una ley promulgada en Virginia en 1776 establecía explícitamente que los hombres negros “serán empleados como tambores, pífanos o pioneros”.

La primera sangre derramada en la lucha de los colonos por su independencia fue la de un esclavo fugitivo: Crispus Attucks, muerto durante la Masacre de Boston en 1770. Numerosos historiadores han subrayado la fuerza simbólica de este hecho: un hombre privado de libertad dispuesto a morir por la libertad de un país que aún no lo reconocía como ciudadano. Pero Attucks no fue una excepción aislada, sino el primero de miles. Se estima que más de cinco mil afroamericanos combatieron en la guerra de siete años contra Inglaterra.

Existían antecedentes: algunos hombres negros habían participado ya en la Guerra Franco-India, pese a leyes que formalmente les prohibían el servicio militar. Entre quienes combatieron en la Batalla de Bunker Hill, en la primavera de 1775, se encontraba Barzillai Lew, tamborilero y pífano de Chelmsford, Massachusetts, veterano también del conflicto previo contra Francia.

En noviembre de 1775, el general George Washington emitió una orden prohibiendo el reclutamiento de hombres negros. Casi simultáneamente —y sin conocimiento de Washington—, Lord Dunmore, gobernador real de Virginia, proclamó que todo esclavo o sirviente contratado que se uniera a las fuerzas británicas obtendría su libertad. Cientos de esclavizados respondieron al llamado, algunos para alistarse en las filas británicas y otros simplemente para huir hacia una posible emancipación.

La amenaza de esta política obligó a las colonias a flexibilizar su postura. Con el tiempo, y salvo en Georgia y Carolina del Sur, los hombres negros comenzaron a ser reclutados activamente, muchas veces bajo la promesa implícita o explícita de obtener la libertad a cambio del servicio militar. La mayoría combatió en unidades integradas, tanto en el Norte como en el Sur, aunque en Nueva Inglaterra se formaron compañías exclusivamente negras asociadas a regimientos de Connecticut, Rhode Island y Massachusetts.

En este último estado se destacó un batallón conocido como los Bucks of America, comandado por un coronel negro, George Middleton. Este dato no es menor: Middleton era además violinista, lo que refuerza la estrecha relación entre liderazgo militar y práctica musical en estas unidades.

Los registros conservan algunos nombres de músicos afroamericanos: William Nickens, tamborilero en una compañía de Virginia; Negro Tom, tambor en el regimiento del capitán Benjamin Egbert en Orangetown, Nueva York; Negro Bob, tambor del Primer Cuerpo de Rangers de Carolina del Sur; Richard Cozzens (pífano) y Scipio Brown (tambor) en regimientos de Rhode Island; Jabez Jolly y Simeon Crossman, ambos tambores en Massachusetts. Barzillai Lew, por su parte, sirvió durante toda la guerra en su estado natal.

Más allá de estos nombres, abundan las referencias a músicos afroamericanos anónimos. Cada destacamento negro en Nueva Inglaterra contaba, como mínimo, con un tambor y un pífano. Una propuesta elevada al parlamento de Massachusetts por Thomas Kench, oficial de artillería en Castle Island (Boston), ilustra la estructura típica de una compañía negra: oficiales blancos y un sargento mayor, junto a soldados negros organizados en suboficiales, dos músicos (tambor y pífano) y ochenta y cuatro soldados rasos.

En la marina, solo un nombre ha escapado al anonimato: Nimrod Perkins, tambor en la galera Diligence, oriundo de Virginia.

Durante la Guerra de Independencia, la música militar se basó fundamentalmente en pífanos y tambores; los instrumentos de metal eran excepcionales. Cada regimiento contaba con un Fifer-Major y un Drummer-Major, responsables de la instrucción diaria de los músicos y del correcto cumplimiento de sus funciones. Recién en 1792 el Congreso establecería las primeras leyes para la formación de bandas militares propiamente dichas.

Las tareas musicales incluían ceremonias oficiales, señales reglamentarias y, con toda probabilidad, momentos de entretenimiento. En estos contextos, es razonable suponer que aparecieran violines, especialmente en los campamentos donde había soldados afroamericanos.

Los músicos de las fuerzas armadas animaban marchas, desfiles y actos públicos. Paralelamente, se desarrolló un vasto repertorio de canciones de guerra, muchas de ellas adaptaciones de melodías conocidas con letras de actualidad: victorias militares, llamados a la libertad, sátiras políticas. Himnos como Chester, del compositor William Billings, adquirieron gran popularidad, aunque ninguna canción logró eclipsar a Yankee Doodle, verdadero emblema sonoro de la revolución.

Los soldados negros cantaban estas mismas canciones y, a diferencia de conflictos posteriores, no parece haber surgido entonces una tradición musical diferenciada. Sin embargo, es casi seguro que existiera un abundante caudal de canto improvisado en los campamentos, durante las tareas diarias o alrededor del fuego nocturno. Como lo habían hecho en la plantación, los afroamericanos debieron satirizar en sus canciones a oficiales, compañeros, civiles y a la propia experiencia militar.

Nada de eso fue registrado. La música de aquellos soldados se perdió, al igual que la mayoría de sus nombres. Lo que permanece es apenas un eco: la certeza de que, desde los albores de la nación, los afroamericanos no solo lucharon por la libertad, sino que también le dieron ritmo, pulso y sonido.

Por Marcelo Bettoni

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