Antes de que “la excelencia negra” se convirtiera en un hashtag, antes de que la representación fuera un tema de debate, existía una joven negra sentada frente a un piano, reescribiendo las reglas con sus manos y su mente. Su nombre era Hazel Scott, y nació sabiendo algo que muchos sentimos en lo más profundo: el don no es lo importante, sino lo que haces con él.

Hazel Scott no fue simplemente brillante. Su genialidad fue intencional.
Nacida en Trinidad en 1920 y criada en Harlem, Hazel fue una prodigio musical capaz de leer, reorganizar y reinventar composiciones clásicas antes de que la mayoría de los niños dominara el alfabeto. A los ocho años ingresó a Juilliard, una institución que nunca estuvo pensada para niñas negras. Pero Hazel no solo entró en esos espacios; los transformó, fusionando la tradición clásica europea con el jazz para crear un estilo inconfundiblemente propio.
Sin embargo, Hazel se negó a que su talento fuera solo un adorno. Hablaba siete idiomas, dominaba el piano clásico y el jazz, y brillaba en clubes nocturnos y salas de concierto. Pero nunca separó el arte de la responsabilidad. Cuando Hollywood le ofreció papeles que denigraban a los afroamericanos, los rechazó. Cuando los estudios intentaron vestirla como sirvienta, se marchó. A la altura de su fama, esa negativa era revolucionaria.
Y luego hizo algo sin precedentes. Hazel Scott se convirtió en la primera mujer negra en conducir su propio programa de televisión, The Hazel Scott Show, en 1950. No como acompañante. No como novedad. Sino como voz central, elegante, brillante, orgullosamente negra, interpretando música compleja en la televisión nacional, en una época que apenas reconocía la humanidad negra en pantalla.
Esa visibilidad importaba. Porque Hazel comprendía algo profundamente político: la representación es poder, pero la dignidad es innegociable. Usó su plataforma para desafiar la segregación en la industria del entretenimiento, exigir trato igualitario y confrontar el racismo públicamente, aun cuando ello le costara trabajo, seguridad y silencio.
Cuando la caza de brujas del macartismo la atacó por decir la verdad, no retrocedió. Testificó, se mantuvo firme y eligió la integridad sobre la comodidad, consciente del precio que las mujeres negras pagan a menudo por el coraje.
Hazel Scott nos recuerda que la genialidad negra nunca necesitó permiso, solo protección y propósito. No buscaba atención; actuaba con intención. Cada nota que tocaba, cada límite que imponía, cada papel que rechazaba era una declaración: no permitiré que mi don se use en contra de mi gente.
Su vida responde a una pregunta que seguimos haciéndonos: ¿Qué significa tener un talento excepcional en un mundo que se beneficia de tu silencio? Hazel Scott respondió con claridad: se honra el talento usándolo para abrir puertas detrás de uno. Se honra el talento negándose a reducirse. Se honra el talento haciendo de la excelencia una forma de resistencia.

Y por eso su legado sigue sonando, mucho después de que la última nota se desvaneciera.
Por Marcelo Betton

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

4 + 5 =
Powered by MathCaptcha