Relectura sobre un texto Charles Edward Smith (Daily Worker, 1933)

La historia del jazz no solo se ha construido a partir de grabaciones, músicos y estilos, sino también mediante batallas interpretativas. Desde sus primeras décadas, el jazz fue un territorio de controversia ideológica en el que confluyeron visiones románticas, raciales, nacionalistas y políticas. Un ejemplo paradigmático de estas disputas es el debate desarrollado en las páginas del Daily Worker a comienzos de la década de 1930, particularmente en los textos del crítico Charles Edward Smith, uno de los primeros intelectuales en intentar una teorización sistemática del jazz.
Leído hoy, el enfoque de Smith no puede ser asumido sin mediaciones, pero tampoco descartado como simple propaganda de época. Su aporte resulta valioso en tanto desplaza el análisis del jazz desde la esencia racial hacia las condiciones históricas y sociales de producción, anticipando debates que la musicología crítica retomaría décadas más tarde.
Uno de los ejes centrales de su argumentación es la crítica a la tendencia —muy extendida en los años veinte y treinta— de definir el jazz como una supervivencia directa de la música africana. Smith objeta esta lectura esencialista señalando que, aunque el jazz conserva rasgos heredados de África, se trata de una música históricamente estadounidense, moldeada por relaciones de clase específicas. Desde esta perspectiva, aplicar la etiqueta “africana” a una música producida en el contexto del capitalismo norteamericano implica confundir herencia cultural con estructura social.
El autor propone entonces un recorrido genealógico que vincula el jazz con una cadena de transformaciones musicales: las prácticas africanas reconfiguradas en el sistema esclavista, los espirituales negros como primera síntesis afroamericana, los work songs surgidos en el marco del trabajo forzado y, finalmente, el blues como expresión moderna de una subjetividad proletaria. Más allá de su lenguaje ideológico, este esquema resulta significativo porque insiste en la historicidad del jazz y en su carácter procesual, evitando concebirlo como una tradición fija o atemporal.
Desde una mirada musicológica contemporánea, resulta especialmente relevante su atención a aspectos formales: la polifonía, la complejidad rítmica, la relación entre música y palabra, y la centralidad de la improvisación como continuidad de prácticas orales previas. En este punto, Smith se adelanta a enfoques posteriores que entenderán la improvisación no como adorno, sino como principio estructural del jazz.
Otro concepto clave en su análisis es la distinción entre hot y sweet jazz. Lejos de una mera clasificación estilística, Smith entiende esta oposición como una fractura cultural producida por la mercantilización. El hot jazz aparece asociado a la espontaneidad, la invención y una conexión más directa con experiencias populares, mientras que el sweet jazz representa la adaptación del lenguaje jazzístico a los códigos de la industria del entretenimiento y del consumo burgués.
Desde una perspectiva revisionista, esta dicotomía debe ser leída con cautela. Si bien ilumina tensiones reales entre creatividad y estandarización, también tiende a simplificar un campo mucho más poroso, donde músicos, estilos y circuitos de circulación se entrecruzan constantemente. Sin embargo, su valor historiográfico reside en haber señalado tempranamente el rol de la industria cultural en la redefinición del jazz, una cuestión que luego sería central en los estudios sobre música popular.
Smith también aborda el problema de la “conciencia de clase” en el jazz, planteando la posibilidad de una música genuinamente proletaria. Más allá de la viabilidad de este concepto, lo relevante es su intuición de que la música no es un espacio neutral, sino un campo donde se disputan sentidos, identidades y formas de percepción social. En este punto, su lectura dialoga con tradiciones posteriores de crítica cultural, aun cuando su formulación resulte hoy excesivamente esquemática.
Finalmente, el autor advierte sobre la capacidad del sistema capitalista para absorber y neutralizar las expresiones populares, incorporándolas como mercancía desprovista de su potencia original. Esta observación, formulada en clave marxista, conserva una notable vigencia: la historia del jazz puede leerse también como una historia de apropiaciones, resignificaciones y resistencias culturales.
Revisado desde el presente, el texto de Charles Edward Smith no ofrece respuestas definitivas, pero sí plantea preguntas fundamentales. Su mayor aporte no radica en sus conclusiones, sino en haber entendido al jazz como un fenómeno histórico complejo, atravesado por conflictos sociales, económicos y simbólicos. En ese gesto —más que en su adhesión ideológica— reside su importancia para una historiografía crítica del jazz.
Por Marcelo Bettoni