Mucho antes de que la palabra jazz existiera, en África occidental ya se había desarrollado una concepción musical profundamente moderna. No se trataba solo de instrumentos, sino de una forma de entender la música como acción colectiva, como cuerpo en movimiento y como lenguaje social. Ese legado —frecuentemente reducido a la idea genérica de “ritmo”— es, en realidad, una arquitectura compleja que sigue vibrando en el jazz hasta hoy.

Los primeros observadores europeos quedaron impactados por la centralidad de los instrumentos de percusión. Los tambores no eran simples acompañantes: organizaban el tiempo, marcaban jerarquías simbólicas y, en muchos casos, hablaban. Existían tambores rituales, tambores de corte, tambores de guerra y tambores de danza. Algunos se tocaban con palos, otros con las manos, otros apenas con los dedos. La técnica no era decorativa: definía el carácter del sonido y su función social. El jazz heredará esa idea fundamental de que la forma surge del gesto.

Junto a los tambores convivía un universo de instrumentos “menores” solo en apariencia: campanas, sonajas, gongs de hierro, anillos metálicos atados al cuerpo. Estos sonidos secundarios no eran accesorios, sino capas rítmicas esenciales. El músico africano no producía música únicamente con su instrumento principal: todo el cuerpo participaba. Esa lógica reaparece con fuerza en el jazz temprano, donde el ritmo no está confinado a la batería, sino distribuido entre piano, contrabajo, metales y, muchas veces, el propio cuerpo del intérprete.

Los xilófonos africanos —antecesores lejanos de ciertas concepciones melódico-rítmicas— muestran otra idea clave: melodía y percusión no están separadas. La línea melódica nace del golpe, del ataque, del timbre. En el jazz, esa concepción se proyecta en el uso percusivo del piano, en el fraseo cortante de los vientos y en la importancia del acento como elemento expresivo.

También los instrumentos de cuerda aportan una herencia decisiva. Arpas, laúdes, violines rústicos y, especialmente, el arco musical africano introduce una relación íntima entre voz e instrumento. No se trata de virtuosismo, sino de narración sonora. Las cuerdas acompañan relatos, comentarios sociales, historias largas que se desarrollan en el tiempo. El jazz transformará esa práctica en solo improvisado, en storytelling musical, en discurso personal.

Un rasgo decisivo de estas tradiciones es la participación colectiva. No existe una frontera rígida entre intérprete y público. Quien escucha canta, marca el pulso, responde, entra en la danza. La música no se contempla: se habita. Esta lógica está en la raíz del call and response, del swing como fenómeno compartido y del jazz como experiencia social antes que objeto estético.

Incluso el canto africano —tan incomprendido por los oídos europeos— revela una estética que el jazz abrazará sin concesiones: gritos, quiebres de voz, sonidos ásperos, falsetes, gemidos. La belleza no está en la pureza, sino en la intensidad expresiva. De Louis Armstrong a Abbey Lincoln, de Albert Ayler a Betty Carter, el jazz hará de esa herencia una poética.

Volver a esas raíces no es un ejercicio arqueológico: es una forma de afinar la escucha, de entender por qué el jazz sigue siendo, en esencia, una música viva.

Por Marcelo Bettoni

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