Mucho antes de que la palabra jazz comenzara a circular y de que la síncopa se transformara en un emblema sonoro, Nueva Orleans ya bailaba. Bailaba de manera obsesiva, transversal y conflictiva. En esa ciudad portuaria, atravesada por imperios, lenguas y jerarquías raciales inestables, el baile fue algo más que un pasatiempo: fue un espacio de negociación social, un territorio donde se ponían en juego identidades, derechos y deseos. Comprender ese mundo previo es esencial para entender el humus cultural del que emergería el jazz.

En ese entramado aparece una figura central: los creoles. El término creole nunca tuvo un significado único en la historia de Louisiana. Para algunos designó a descendientes de europeos nacidos en el territorio; para otros, a personas negras libres anteriores a la abolición de la esclavitud. Sin embargo, la acepción más aceptada por la historiografía contemporánea identifica como creoles —o gens de couleur libres— a las personas libres de ascendencia mixta europea y africana, cuyas raíces se remontan al período colonial francés y español, antes de la Guerra Civil norteamericana. Más que una categoría racial estricta, se trató de una identidad jurídica, cultural y lingüística, que funcionó como un tercer grupo dentro de una sociedad que aún no había adoptado el rígido esquema binario angloamericano.

Bajo los regímenes francés y español, los creoles de color gozaron de derechos que les estaban vedados a las personas de ascendencia africana en el resto de América del Norte. Podían poseer propiedades, heredar bienes, firmar contratos, ejercer oficios especializados, educarse formalmente e incluso litigar contra ciudadanos blancos. En Nueva Orleans se configuró así un sistema racial tripartito, excepcional en el contexto estadounidense, que permitió la consolidación de una elite creole económicamente sólida y culturalmente activa. La fuerte influencia de la Iglesia Católica —francesa y española— facilitó la manumisión, el reconocimiento de hijos naturales y la integración social, contribuyendo a la formación de una comunidad con identidad propia.

Desde los primeros años de la ciudad, el baile ocupó un lugar central en la vida cotidiana. Durante gran parte del siglo XVIII no existían salones formales, y blancos, creoles, negros libres y esclavizados compartían espacios informales para bailar: tabernas, casas de juego, salones privados o incluso la vía pública. El cuerpo en movimiento funcionaba como un lenguaje común, en una ciudad donde las fronteras sociales aún no estaban completamente fijadas. La posterior institucionalización de los salones de baile marcó un punto de inflexión. En 1792 se inauguró el primer salón “solo para blancos”, y pocos años después Bernard Coquet solicitó autorización para abrir un espacio destinado a la gente de color. Así nació La Maison Coquet, uno de los escenarios más reveladores de la sociabilidad urbana de la época.

La Maison Coquet se convirtió rápidamente en un foco de atracción y escándalo. Allí se bailaba, se bebía, se jugaba y, sobre todo, se hacía visible una mezcla social que muchos preferían negar. Viajeros europeos, como Pierre Louis Berquin-Duvallon, dejaron testimonios cargados de alarma moral ante esos bailes “a tres colores”, legales y públicamente anunciados. Lo que perturbaba no era el baile en sí, sino su visibilidad: el hecho de que blancos, creoles y personas de color compartieran el espacio sin ocultamiento, y que hombres blancos coquetearan abiertamente con mujeres creoles. El cierre del salón en 1802 respondió menos a cuestiones de orden público que al temor que despertaba esa sociabilidad interracial legitimada por la ley.

La reapertura de La Maison Coquet revela hasta qué punto el baile estaba ligado a la ciudadanía. Milicianos creoles, veteranos de campañas militares al servicio de la Corona española, reclamaron su derecho al esparcimiento apelando a su lealtad, su sacrificio y su condición de hombres libres con sangre europea. El Cabildo les dio la razón. El episodio muestra con claridad que en Nueva Orleans el acceso al baile no era trivial: quien podía bailar, con quién y dónde, era una cuestión profundamente política.

La compra de Louisiana por parte de los Estados Unidos en 1803 alteró de manera decisiva este frágil equilibrio. El sistema racial tripartito comenzó a ser reemplazado por una lógica binaria que no admitía matices. La ciudad se fragmentó simbólicamente entre un downtown respetable y un uptown marginal, y los espacios de sociabilidad compartida se redujeron progresivamente. Persistieron, sin embargo, ciertos rituales —bailes de máscaras, Quadroon Balls, celebraciones populares— que funcionaron como refugios de una memoria corporal que el nuevo orden no lograba borrar del todo.

¿Por qué importa todo esto para el jazz? Porque el jazz no surge únicamente de escalas, ritmos o formas musicales, sino de maneras específicas de habitar el cuerpo, el espacio y la comunidad. La tradición del baile como acto social, como cruce cultural y como escenario de tensión racial es una de las raíces menos visibles, pero más profundas, del jazz. Antes de que Nueva Orleans sonara como jazz, ya se movía como jazz. Y en ese movimiento —cargado de historia, conflicto y deseo— se incubó una de las músicas más influyentes del siglo XX.

Por Marceo Bettoni

Fuentes

Hall, G. M. (1992). Africans in Colonial Louisiana: The Development of Afro-Creole Culture in the Eighteenth Century. Louisiana State University Press.

Hanger, K. (1997). Bounded Lives, Bounded Places: Free Black Society in Colonial New Orleans, 1769–1803. Duke University Press.

Hirsch, A. R., & Logsdon, J. (Eds.). (1992). Creole New Orleans: Race and Americanization. Louisiana State University Press.

Bryan, V. H. (1993). The Myth of New Orleans in Literature: Dialogues of Race and Gender. University of Tennessee Press.

Berquin-Duvallon, P. L. (1806). Travels in Louisiana and the Floridas. New York.

https://loslatidosdeljazz.com/ Blog especializado  de Luis Escalante Ozalla en historia social, cultural y musical del jazz, con especial atención a Nueva Orleans y sus contextos históricos.

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