Ella Fitzgerald y Mel Tormé en los Grammy de 1976

https://www.instagram.com/p/DSUi0uwiUaV

Hay preguntas que el jazz se niega a responder con definiciones. No por misterio, sino por coherencia. “¿Qué es el jazz?” es una de ellas. En 1976, durante la ceremonia de los Grammy, Ella Fitzgerald y Mel Tormé encontraron la forma más honesta —y más jazzística— de enfrentarla: no explicaron nada. Tocaron.

El contexto era formal, casi académico: una gala televisada, premios, trajes elegantes, tiempos medidos. Pero bastaron unos segundos para que ese marco se desdibujara. En lugar de una definición verbal, Ella y Mel iniciaron un breve diálogo vocal improvisado. Scat puro. Sin letra, sin discurso, sin mediación. Y en ese gesto mínimo ocurrió algo enorme: el jazz se definió a sí mismo.

No hubo teoría, pero hubo forma. No hubo conceptos, pero hubo estructura. No hubo palabras, pero hubo sentido. El swing, el fraseo, la interacción, la escucha mutua, el riesgo controlado y el humor aparecieron condensados en una escena breve, casi casual, pero profundamente reveladora. Jazz no como objeto a describir, sino como acción en presente.

Ese momento es ejemplar porque pone en crisis una necesidad muy moderna: la de explicar todo. El jazz —como tantas prácticas culturales vivas— no se deja reducir a una definición estable. Es proceso, no sustancia. Relación, no fórmula. Por eso, cuando se intenta encerrarlo en una frase, suele perder lo esencial. Ella y Mel lo sabían. Y actuaron en consecuencia.

También hay algo pedagógico en esa escena. No se trata solo de virtuosismo o carisma, sino de una lección implícita: el jazz se transmite por imitación, por escucha atenta, por participación. Se aprende viendo cómo alguien responde a otro en tiempo real. Se aprende entendiendo que no hay respuestas finales, sino intercambios posibles.

En tiempos donde el jazz suele ser presentado como un museo de estilos, aquel instante de 1976 recuerda que el género sigue siendo, ante todo, un lenguaje vivo. Un lenguaje que no necesita justificarse ni traducirse, porque se explica solo cuando suena.

Tal vez por eso esa respuesta sigue circulando décadas después. No porque “defina” al jazz, sino porque lo pone en movimiento. Y en ese movimiento —breve, elegante, irrepetible— el jazz vuelve a decir lo que siempre dijo: no me preguntes qué soy. Escuchá cómo hablo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

+ 6 = 15
Powered by MathCaptcha