
Este artículo está inspirado y dedicado al músico, licenciado e investigador Alejandro Arturi, uno de los divulgadores del jazz en el ámbito hispanohablante. Su labor sostenida de análisis, docencia y reflexión crítica ha contribuido de manera decisiva a ampliar las formas de escuchar, comprender y pensar el jazz, siempre desde una mirada abierta, rigurosa y profundamente musical. Al igual que los investigadores aquí abordados, Arturi encarna la figura del mediador entre el archivo, la práctica sonora y el oyente contemporáneo, recordándonos que el jazz no es solo un objeto de estudio, sino una experiencia viva que se renueva en cada escucha.
La historia del jazz, rica y compleja, ha sido construida no solo a partir de las grabaciones sonoras, sino también gracias a la labor de investigadores que han desentrañado sus raíces a través de partituras, orquestaciones y registros documentales. En este contexto, el trabajo de figuras como Joel Palmer, Gunther Schuller, Joachim-Ernst Berendt, Frank Tirro, Alan Lomax, Hugues Panassié, Néstor Ortiz Oderigo y, en tiempos más recientes, Ted Gioia, ha sido crucial no solo para preservar el legado del jazz, sino para devolverle vida a sus primeras manifestaciones. Estos investigadores se han convertido en verdaderos mediadores entre el pasado sonoro del jazz y su interpretación contemporánea, actuando como agentes activos en la reconstrucción de su historia.
Uno de los aportes más valiosos de la investigación jazzística contemporánea es la revalorización de los arreglos de baile antiguos y las orquestaciones históricas, que permiten una comprensión más profunda de la música que se interpretaba en salones, teatros, picnics y espacios sociales a comienzos del siglo XX. La vasta colección de orquestaciones asociada al trabajo del investigador Joel Palmer constituye un ejemplo paradigmático de este enfoque. Su recopilación —que abarca aproximadamente desde 1890 hasta 1940— reúne estilos como el hot dance, el ragtime, los cakewalks, los tangos, así como influencias “exóticas” muy presentes en la época, como habaneras y valses mexicanos.
Este enfoque amplía el marco de lo que tradicionalmente se define como jazz y permite comprenderlo como una práctica social y cultural, más allá de los límites impuestos por el estudio exclusivo de la grabación fonográfica. La orquestación, entendida como un acto de creación colectiva, resulta central para la recuperación de ese pasado sonoro, ya que muchas de estas composiciones circularon como repertorio oral, mutable y vivo, sin quedar fijadas de manera definitiva en el disco.
En este sentido, el trabajo de Palmer dialoga directamente con la propuesta de Gunther Schuller, quien en Early Jazz combinó un riguroso análisis técnico-musical con una mirada histórico-social. Schuller sostenía que el estudio del jazz debía atender tanto a sus procedimientos formales como a sus condiciones de producción cultural. Desde esta perspectiva, la investigación deja de ser una tarea meramente descriptiva para convertirse en una práctica interpretativa, en la cual el investigador asume el rol de mediador entre el archivo y la ejecución contemporánea. Las orquestaciones históricas, al ser reactivadas, crean las condiciones para que la música “vuelva a sonar” y sea recreada en el presente.
Este planteo encuentra resonancia en la obra de Joachim-Ernst Berendt, quien destacó la necesidad de contextualizar el jazz dentro de sus marcos sociales, políticos y culturales. Berendt entendía al jazz como un fenómeno global, atravesado por procesos históricos y económicos, y no simplemente como un estilo musical autónomo. Su enfoque amplió la mirada eurocéntrica y nacionalista, proponiendo al jazz como una música en permanente diálogo con el mundo.
Desde una perspectiva etnomusicológica, el trabajo de Alan Lomax resultó decisivo para ampliar la comprensión de las raíces afroamericanas del jazz. A través de su labor de campo, grabación y registro oral, Lomax preservó no solo músicas, sino también voces, memorias y contextos sociales que difícilmente podrían reconstruirse desde la partitura o el disco comercial. Su concepción del archivo como un organismo vivo —ligado a la comunidad y a la experiencia cotidiana— influyó profundamente en la manera de pensar el blues, las músicas populares y, por extensión, los orígenes culturales del jazz. Su legado dialoga directamente con los actuales esfuerzos por reactivar el pasado sonoro desde una mirada social y antropológica.
En un registro distinto —pero igualmente fundamental— se inscribe la figura de Hugues Panassié, uno de los grandes defensores del jazz tradicional y una de las personalidades más influyentes y controvertidas de la historiografía jazzística. Como crítico, productor y cofundador del Hot Club de France, Panassié militó activamente en favor del jazz afroamericano temprano, sosteniendo una concepción estética basada en la autenticidad que lo llevó a rechazar de manera tajante corrientes modernas como el bebop. Si bien su postura fue claramente dogmática, su trabajo de preservación, difusión y legitimación del jazz clásico resultó decisivo para la conservación de grabaciones, partituras y testimonios esenciales para comprender los orígenes del género.
A este entramado se suman aportes fundamentales desde la historiografía académica, el trabajo de campo y la crítica cultural. En el ámbito universitario, Frank Tirro fue una figura central en la consolidación del jazz como objeto legítimo de estudio musicológico. Su libro Jazz: A History estableció un modelo de narración histórica que integró análisis musical, contexto social y periodización estilística, contribuyendo a institucionalizar los estudios de jazz sin desvincularlos de la práctica viva del género. Tirro ayudó a tender un puente entre la academia y la tradición oral, reforzando la necesidad de una historia rigurosa pero accesible
En diálogo con esta tradición —y desde una perspectiva latinoamericana— se destaca la figura del musicólogo argentino Néstor Ortiz Oderigo, quien también fue un firme defensor del jazz tradicional, aunque desde un enfoque menos excluyente y más analítico. Ortiz Oderigo compartía con Panassié la convicción de que el jazz temprano y el hot jazz constituían el núcleo expresivo del género, pero evitó una lectura cerrada o purista. En obras como Historia del jazz y El jazz: de Nueva Orleans a nuestros días, propuso una interpretación histórica que reconocía la centralidad del jazz tradicional sin negar los procesos de evolución y transformación del lenguaje jazzístico. Su aporte fue clave para integrar el jazz al campo de la musicología y consolidar una tradición crítica en lengua española.
En tiempos más recientes, la obra de Ted Gioia ha sido central para repensar la relación entre historia, escucha y contemporaneidad. Más allá de su extensa producción historiográfica, Gioia ha insistido en la necesidad de una escucha crítica y atenta en un mundo atravesado por la fragmentación cultural y la sobreabundancia de estímulos. Su enfoque devuelve al oyente un rol activo dentro del ecosistema del jazz, reforzando la idea de que la investigación y la difusión no solo preservan el pasado, sino que crean las condiciones para que la música siga siendo significativa en el presente.
A diferencia de las posturas más dogmáticas del pasado, los enfoques contemporáneos tienden a abandonar nociones rígidas de autenticidad para adoptar una mirada más abierta y dinámica. Las orquestaciones recuperadas no funcionan únicamente como documentos históricos, sino como material vivo, susceptible de ser reinterpretado y resignificado desde una sensibilidad actual. En este marco, la reconstrucción histórica no implica una mera reproducción, sino un diálogo creativo entre épocas.
Este proceso se extiende más allá del ámbito académico. Agrupaciones como la Chrysanthemum Ragtime Orchestra de San Francisco han incorporado orquestaciones históricas en sus repertorios, recreando el sonido del pasado con rigor y vitalidad. Del mismo modo, Larry Delorier y su orquesta han interpretado obras como Brainstorm Rag o Trombone Johnson a partir de partituras originales, contribuyendo a la renovación del ragtime y el early jazz. También artistas como Banu Gibson, cantante y directora de banda, han encontrado en los archivos una fuente invaluable de arreglos y letras, estableciendo un circuito virtuoso entre investigación, archivo e interpretación.
En un contexto en el que el jazz contemporáneo enfrenta desafíos vinculados a su relevancia histórica y cultural, la investigación crítica continúa siendo un motor de creatividad. El trabajo de Palmer, Schuller, Berendt, Tirro, Lomax, Panassié, Ortiz Oderigo y Gioia demuestra que estudiar jazz no significa solo recordar, sino recrear, reinterpretar y volver a escuchar. Al recuperar partituras, arreglos, testimonios y prácticas olvidadas, estos investigadores contribuyen a una visión del jazz como un arte vivo, en permanente reinvención, donde pasado y presente se encuentran en cada nota. La historia del jazz, lejos de estar cerrada, sigue escribiéndose en archivos, escenarios y oídos atentos. Y es precisamente en ese cruce entre memoria, investigación y práctica musical donde el jazz continúa encontrando nuevas formas de decir y de sonar.
Por Marcelo Bettoni