
La orquesta de Sam Wooding, una de las formaciones residentes del Club Alabam de Harlem, vivía a mediados de los años veinte un momento de crecimiento artístico que coincidía con la consolidación del Harlem Renaissance. Su sonido, refinado, sostenido por arreglos ágiles y una puesta escénica deslumbrante, llamó la atención de un empresario ruso-alemán que recorría Nueva York en busca de un espectáculo afroamericano capaz de triunfar en Europa, un continente que comenzaba a entusiasmarse con la estética negra estadounidense. Esa visita cambiaría por completo el destino de la orquesta. De inmediato se organizó un nuevo espectáculo concebido especialmente para el mercado europeo: The Chocolate Kiddies, una revista afroamericana que combinaba música, danza, humor y teatralidad, y que serviría para presentar por primera vez a muchos europeos un retrato auténtico del vigor artístico del Harlem Renaissance.
Para esta producción se encargaron cuatro composiciones nuevas a Duke Ellington, escritas junto al letrista Jo Trent. Era la primera vez que Ellington componía para un musical, un hecho central en el desarrollo temprano de su lenguaje compositivo. Las piezas —“Jig Walk”, “The Blues with a Feeling”, “Birmingham Breakdown” y “Rainy Nights”— anticipaban rasgos que más tarde se volverían señas de identidad de su estilo: la interacción entre riffs y secciones, la construcción de atmósferas a partir del color instrumental y un sentido narrativo de la música que dialogaba con lo que sucedía sobre el escenario. Poco antes de partir hacia Europa, Wooding incorporó al trompetista Tommy Ladnier, recién llegado de Chicago. Su sonido cálido y penetrante, profundamente marcado por el blues y la tradición de King Oliver, aportó un carácter más crudo y expresivo a la banda, ampliando su abanico emocional y consolidando un equilibrio entre sofisticación orquestal y autenticidad rítmica.
El estreno de The Chocolate Kiddies en Hamburgo en 1925 fue un éxito inmediato. El espectáculo recorrió Berlín, Viena, Praga, Budapest y otras ciudades europeas, deslumbrando a un público que, en su mayoría, jamás había visto una revista afroamericana en vivo. La prensa destacó la potencia expresiva de los bailarines, la precisión rítmica de la orquesta y el carácter exuberante de la propuesta. Para muchos críticos europeos, Wooding representaba una modernidad distinta: una modernidad afroamericana que combinaba técnica, teatralidad y energía colectiva, desafiando los estereotipos simplificadores que dominaban las imágenes del jazz por entonces. Aquella gira contribuyó decisivamente a la difusión internacional del género y situó el nombre de Ellington en la escena europea incluso antes de que su propia orquesta cruzara el Atlántico.
Tras la exitosa temporada europea, la compañía emprendió una nueva etapa que la llevó a América Latina, y en 1927 llegó a Argentina, un episodio fundamental para la historia temprana del jazz en el país. En Buenos Aires, The Chocolate Kiddies se presentó en el Teatro Porteño, generando un entusiasmo inusual tanto en el público como en la prensa. Por primera vez, los espectadores porteños presenciaron un espectáculo afroamericano integral, con músicos, cantantes y bailarines formados en la estética del Harlem Renaissance. La crítica destacó la vitalidad de la orquesta de Wooding, la contundencia de su sección de metales, el carácter contagioso del Charleston y la sofisticación de los arreglos. Para los músicos locales, fue un impacto revelador: descubrieron un jazz más moderno y auténtico que el difundido hasta entonces por orquestas blancas o por versiones estilizadas del género que circulaban en la ciudad.
La visita dejó una huella significativa. Introdujo una comprensión más profunda de la naturaleza afroamericana del jazz, amplió los horizontes estéticos de los músicos y ayudó a consolidar el camino para la recepción posterior de figuras como Armstrong y Ellington. También influyó en la escena del espectáculo porteño, que comenzó a incorporar elementos rítmicos y coreográficos inspirados en las novedades traídas por el conjunto de Wooding. De este modo, la gira de The Chocolate Kiddies no solo reafirmó la presencia del jazz afroamericano en Europa, sino que desempeñó un rol central en la modernización de las prácticas musicales en el Río de la Plata.
El recorrido de Sam Wooding, desde el Harlem más vibrante hasta ciudades europeas y sudamericanas, revela cómo el jazz se convirtió, ya en los años veinte, en una cultura en movimiento. Antes del surgimiento del swing y de la consolidación de las grandes orquestas, el género ya viajaba, dialogaba con otras tradiciones y modelaba imaginarios a escala transatlántica. The Chocolate Kiddies fue uno de los primeros vectores de esa circulación global: un espectáculo que mostró el jazz como arte vivo, complejo y profundamente ligado a la experiencia afroamericana, dejando una marca duradera tanto en Europa como en la Argentina.