A comienzos del siglo XX, la comunidad afroamericana comenzaba a tener un papel decisivo en la gestación de una nueva manera de concebir el espectáculo, tanto en el teatro como en la música. El ragtime, nacido en las comunidades negras del sur y marcado por el pulso sincopado de la tradición africana, se transformaba lentamente en lo que el mundo pronto conocería como jazz: una música viva, híbrida y liberadora. En los escenarios de vodevil y en los espectáculos itinerantes, las danzas como el Cakewalk —originalmente una parodia de los bailes aristocráticos blancos— se habían convertido en una moda que trascendía las fronteras raciales. Sin embargo, las desigualdades persistían fuera del escenario.

Frente a la exclusión de los artistas afroamericanos en las asociaciones profesionales del espectáculo —como la American Actors Beneficial Association, que negaba su ingreso a los trabajadores negros—, surgió una respuesta colectiva e histórica: The Frogs Club, fundado en 1908 por George W. Walker, figura clave del dúo Williams & Walker. El club no solo buscaba mejorar las condiciones laborales de los artistas afroamericanos, sino también dignificar su presencia en la cultura popular estadounidense.

Integrado por actores, escritores, productores y músicos —entre ellos Bert Williams, Bob Cole, J. Rosamond Johnson, Jesse Shipp y el pianista James Reese Europe—, The Frogs Club se convirtió en una verdadera institución de autoafirmación cultural. Sus célebres fiestas benéficas, conocidas como The Frogs Frolic, combinaban música, humor, disfraces y danza, y eran además un símbolo de independencia creativa y solidaridad racial.

El espíritu del Frogs Club trascendió lo meramente festivo: encarnó el anhelo de una comunidad por organizarse en torno a su propio arte, con autonomía económica y estética. En ese caldo de cultivo —entre la energía del ragtime, la sofisticación de los espectáculos de vodevil y el impulso organizativo de artistas negros que buscaban un espacio propio— se estaba gestando el lenguaje del jazz.

La figura de James Reese Europe resulta emblemática en este proceso. Fundador de la Clef Club y líder de la Europe’s Society Orchestra, fue quien llevó la música afroamericana a los salones de la alta sociedad neoyorquina y posteriormente a los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial, al frente de los Harlem Hellfighters. Con él, el sonido de su comunidad cruzó el Atlántico y encontró eco en París, abriendo el camino para la difusión global del jazz.

Un aspecto pocas veces señalado, pero de enorme relevancia musicológica, es que la banda de James Reese Europe incluía músicos puertorriqueños, como Rafael Hernández, Jesús Hernández y otros instrumentistas formados en la tradición de las bandas militares del Caribe. Estos músicos aportaron ritmos y acentos provenientes de la habanera, la danza y la música antillana, reafirmando la presencia latina en los orígenes del jazz. La interacción entre músicos afroamericanos y caribeños anticipó la fusión rítmica que décadas más tarde se manifestaría en el Latin jazz y en otros cruces estilísticos.

El legado del Frogs Club y de aquellos pioneros no solo se mide en términos artísticos, sino también en el terreno de la emancipación cultural. Allí donde las estructuras del poder impedían la participación plena de los afroamericanos, surgió una red de resistencia a través de la música, el humor y la creatividad. Esa red, tejida en los márgenes del espectáculo, fue el germen de una revolución estética que transformaría la historia de la música del siglo XX.

Por Marcelo Bettoni

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

+ 64 = 71
Powered by MathCaptcha