En la historia del jazz, hay figuras que no solo moldearon el sonido, sino tambi├®n el escenario donde ese sonido pod├¡a existir. Norman Granz fue una de ellas. Productor, activista y visionario, transform├│ el jazz en un acto de resistencia cultural y social, llevando su m├║sica a lugares donde antes solo reinaba la m├║sica cl├ísicaÔǪ y desafiando las reglas.

Granz naci├│ en 1918 en Los ├üngeles, hijo de inmigrantes ucranianos. Mientras estudiaba en la universidad, trabajaba como montador de cine y coleccionaba discos. Su pasi├│n por el jazz lo llev├│ a frecuentar clubes locales, donde descubri├│ no solo el talento de los m├║sicos, sino tambi├®n la injusticia que los rodeaba. Como John Hammond, Granz entend├¡a el jazz como una expresi├│n art├¡stica y pol├¡tica. Le fascinaban los m├║sicos, pero le repugnaba la segregaci├│n racial que marcaba sus vidas.

En 1944, hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, organizó sus primeros conciertos interraciales. No eran solo jam sessions: eran actos de provocación contra la discriminación. Uno de sus escenarios iniciales fue el Philharmonic Hall de Los Ángeles, bastión de la música clásica. Allí presentó a músicos blancos y negros en igualdad de condiciones, atrayendo a un público entusiasta y diverso.

La osad├¡a no fue bien recibida por todos. En 1946, los conciertos de Granz fueron vetados en la Filarm├│nica, oficialmente por temor a disturbios. Pero ├®l sosten├¡a que lo que realmente incomodaba a los directivos era ver parejas mestizas entre el p├║blico. En respuesta, lanz├│ una gira con un nombre provocador: Jazz at the Philharmonic (JATP).

JATP fue un crisol de estilos. Reun├¡a a leyendas del swing como Coleman Hawkins y Lester Young, junto a pioneros del bebop como Dizzy Gillespie y Charlie Parker. Tambi├®n inclu├¡a m├║sicos con una energ├¡a cercana al rhythm and blues. El resultado era un ÔÇ£jazz nerviosoÔÇØ, como lo describi├│ el cr├¡tico Whitney Balliett, que oscilaba entre el swing de peque├▒a banda y el bebop.

Granz democratiz├│ el formato jam session, eliminando su car├ícter competitivo. Aunque dec├¡a: ÔÇ£Quiero que mis m├║sicos sean amigos fuera del escenarioÔǪ pero cuando est├ín en el escenario, quiero sangreÔÇØ. Los cr├¡ticos lo acusaban de vulgaridad, pero el p├║blico lo adoraba. Los conciertos eran intensos, ruidosos, viscerales. J├│venes que no se mov├¡an de sus asientos gritaban ÔÇ£go!ÔÇØ como si fueran portazos de vagones de tren. Era jazz con alma de revoluci├│n.

Granz fue el primer productor en ganar un mill├│n de d├│lares con el jazz. Pero nunca dej├│ de lado sus principios. Si un promotor se negaba a aceptar un p├║blico integrado, Granz retiraba el espect├ículo. Apoy├│ las carreras de Ella Fitzgerald y Oscar Peterson, convirti├®ndolos en estrellas internacionales. A Fitzgerald, incluso la anim├│ a tender puentes entre el jazz y el pop.

Hoy, el jazz en salas de concierto es una opci├│n m├ís entre muchas. El frenes├¡ juvenil de JATP se traslad├│ al rock and roll en los a├▒os 50. Pero el legado de Granz permanece. Gracias a ├®l, el jazz conquist├│ espacios ac├║sticamente perfectos, y con prestigio social. Aunque el comportamiento del p├║blico se haya ÔÇ£clasicizadoÔÇØ, el esp├¡ritu de Granz sigue vivo en cada nota que desaf├¡a el silencio.┬á

Por Marcelo Bettoni

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