Uno de los aspectos más difíciles de reconstruir en la vida de William Geary ‘Bunk’ Johnson es su formación musical. El propio trompetista afirmaba haber recibido educación en una escuela situada “detrás” de New Orleans University, institución metodista que a fines del siglo XIX era uno de los centros educativos más importantes para la comunidad afroamericana de New Orleans. Sin embargo, Johnson aclaraba que su escuela no era metodista, sino bautista. Ese detalle aparentemente menor abrió una línea de investigación para los historiadores.

Los mapas y directorios urbanos de la época muestran que existían varias escuelas en esa zona de la ciudad, especialmente en los barrios cercanos a Tchoupitoulas Street, donde Johnson pasó su infancia. Algunos investigadores señalaron una escuela situada en Constance Street, detrás de la universidad, registrada en un mapa de seguros contra incendios de 1883. Pero cuando se comparan los registros posteriores, se descubre que en ese lugar ya había viviendas hacia 1896. Si Johnson asistió a la escuela hasta finales del siglo XIX, como él mismo insinuaba, ese edificio probablemente ya no funcionaba como institución educativa. Otra posibilidad era St. Francis Industrial School, en Valmont Street. Pero el nombre mismo sugiere que se trataba de una institución católica, dirigida por religiosas. Dado que Johnson insistía en su educación bautista, esta opción también parece improbable.

Un escenario más plausible aparece a pocas cuadras de su casa: la Beulah Baptist Church, fundada en la década de 1890 por el reverendo Ezekiel Warmington. La iglesia se encontraba en Laurel Street, entre Valmont y Bellecastle, exactamente en el área donde Johnson recordaba haber vivido con su familia. En aquel tiempo, las iglesias afroamericanas no eran solo espacios de culto; funcionaban también como centros educativos y culturales, donde los niños podían recibir instrucción musical básica.

Johnson recordaba a su maestro como Wallace Cutchey, un hombre al que describía como mexicano y que ejercía varias funciones en la iglesia: organista, maestro y probablemente también sacristán o cuidador del edificio. Según el trompetista, fue allí donde comenzó a aprender música. Primero cantó durante varios años, y solo después tomó la corneta. Esa progresión —de la voz al instrumento— era común en la educación musical informal de la época. El propio Johnson recordaba las palabras de su maestro con una mezcla de orgullo y humor: el profesor le dijo que tenía “un largo camino por recorrer y poco tiempo para lograrlo”. La frase parece haber quedado grabada en su memoria. Según su relato, cuando cumplió quince años ya estaba listo para tocar profesionalmente.

La cronología de esos años tempranos se vuelve más comprensible cuando se examina otro episodio histórico que Johnson utilizaba como referencia temporal: el Robert Charles Riot. El trompetista afirmaba haber dejado la escuela un año antes de esos disturbios raciales. Sin embargo, durante años creyó que el motín había ocurrido en 1895, cuando en realidad tuvo lugar en julio de 1900. Ese error de cinco años parece haber desplazado muchas de sus fechas personales hacia atrás en el tiempo.

Cuando se corrige ese desfasaje, la biografía de Johnson empieza a adquirir mayor coherencia. Si su nacimiento se sitúa alrededor de mediados de la década de 1880 —una hipótesis aceptada por varios investigadores— entonces su adolescencia coincide con el momento en que el ambiente musical de Nueva Orleans comenzaba a transformarse. Los parques de baile, las bandas de barrio y los locales nocturnos ofrecían oportunidades para jóvenes músicos que aprendían el oficio tocando en público.

En ese contexto aparecen también otros nombres fundamentales del jazz temprano. Johnson recordaba haber tocado con Jelly Roll Morton en una casa de diversión alrededor de 1903. Sin embargo, los estudios posteriores sobre Morton sugieren que el pianista probablemente no empezó a trabajar en ese ambiente hasta algunos años más tarde, hacia 1907. Este tipo de discrepancias ilustra una dificultad habitual en la historia oral: los recuerdos tienden a mezclar experiencias reales con cronologías aproximadas.

Otro episodio que ilumina la juventud de Johnson aparece en un informe policial de 1903 sobre un disturbio ocurrido durante un baile en el Odd Fellows Hall de Nueva Orleans. Entre las más de cien personas detenidas figuraba un hombre llamado William Johnson que vivía en Tchoupitoulas Street, en la misma zona donde el trompetista había pasado su infancia. También estaba presente el pianista Tony Jackson, figura central del ambiente musical de la ciudad en esos años. No es posible afirmar con absoluta certeza que aquel William Johnson fuera Bunk, pero la coincidencia de nombres, direcciones y círculos musicales resulta sugestiva.

Este tipo de documentos revela algo importante sobre el mundo donde se formaron los primeros músicos de jazz. Los bailes comunitarios, las sociedades fraternales y los salones de barrio eran escenarios fundamentales para la música afroamericana de comienzos del siglo XX. Allí se mezclaban músicos profesionales, aficionados y jóvenes aprendices que absorbían repertorios y estilos de manera directa, sin mediación académica. En ese ambiente creció Johnson, y allí comenzó a construir su identidad musical.

El problema para los historiadores no es simplemente decidir qué recuerdos son exactos y cuáles no. Más bien se trata de comprender cómo esos recuerdos reflejan una cultura musical que apenas dejó documentos escritos. La historia del jazz temprano no está hecha solo de fechas precisas, sino también de relatos transmitidos por músicos que, décadas después, intentaban reconstruir su propio pasado.

En el caso de Bunk Johnson, la memoria puede ser incierta, pero el paisaje que describe —iglesias de barrio, parques de baile, jóvenes músicos aprendiendo unos de otros— coincide con lo que sabemos sobre la Nueva Orleans donde el jazz empezó a tomar forma.

Y quizás esa sea la clave: la historia del jazz no nació en archivos ni en conservatorios, sino en comunidades donde la música circulaba de oído en oído, de generación en generación. En ese mundo, la memoria podía equivocarse en una fecha, pero rara vez se equivocaba en la intensidad de la experiencia musical. Por Marcelo Bettoni

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