En la historia del jazz hay personajes que parecen moverse en una zona ambigua entre la memoria y el mito. Uno de ellos es William Geary ‘Bunk’ Johnson, trompetista de Nueva Orleans cuya figura quedó asociada, durante décadas, a los primeros tiempos del jazz. Para algunos fue un testigo privilegiado de una época fundacional; para otros, un narrador demasiado imaginativo. La pregunta no es simplemente si Bunk Johnson decía siempre la verdad. La cuestión más interesante es por qué su relato llegó a ocupar un lugar tan importante en la reconstrucción de los orígenes del jazz.

Durante los años treinta, cuando el jazz comenzaba a ser estudiado con cierta conciencia histórica, la figura central del período temprano era Buddy Bolden. Bolden era ya una leyenda: el cornetista que había transformado las bandas de desfile de New Orleans en algo nuevo, más libre y más poderoso. Sin embargo, casi no había documentos sobre él. No existían grabaciones, las fotografías eran escasas y muchos de quienes lo habían escuchado ya habían muerto. En ese vacío de información, cualquier testimonio directo adquiría un valor enorme. Fue entonces cuando reapareció Bunk Johnson.

Los investigadores que preparaban el libro Jazzmen escucharon su nombre por primera vez a través del saxofonista Sidney Bechet, quien lo describió con una frase contundente: uno de los tres grandes trompetistas del jazz, junto con Bolden y Louis Armstrong. Armstrong mismo reforzó la recomendación. Con semejante respaldo, los autores comenzaron a buscarlo. Lo encontraron en 1939 en New Iberia, trabajando en un molino de arroz. Su situación era precaria: manejaba un camión por menos de dos dólares al día, ya no tenía su instrumento y había perdido los dientes delanteros, lo que le impedía tocar. El músico que alguna vez había afirmado haber tocado con Bolden parecía destinado a desaparecer en el anonimato.

En ese momento, el destino de Johnson y el interés de los historiadores se cruzaron. Si él contaba su historia, podría recuperar su lugar en la música. Y si los investigadores lo escuchaban, podrían obtener algo que casi nadie tenía: un relato de primera mano sobre el nacimiento del jazz. Así comenzó una de las historias más fascinantes —y problemáticas— de la historiografía del jazz.

Johnson afirmaba haber nacido en 1879 y decía que había ingresado a la banda de Bolden siendo todavía un adolescente. Según su versión, ambos habían sido prácticamente los inventores del jazz en Nueva Orleans. Su recuerdo de aquella época estaba lleno de escenas vívidas: bailes en parques de barrio, bandas que competían a distancia intentando tocar más fuerte que la otra, y músicos que improvisaban sin partituras mientras el público bailaba cuadrillas y blues. El problema era que, al examinar los detalles, las fechas empezaban a desordenarse. Johnson situaba algunos de esos episodios en parques de la ciudad que no existían todavía en la época que mencionaba. También recordaba haber tocado piezas que, según los registros editoriales, habían sido publicadas varios años después. Nada de esto implicaba necesariamente mala fe. La memoria humana —sobre todo cuando se refiere a hechos ocurridos medio siglo antes— suele reorganizar el pasado de maneras inesperadas. Pero para los historiadores del jazz, que buscaban reconstruir una cronología precisa, estas inconsistencias resultaban difíciles de ignorar.

La cuestión de su fecha de nacimiento se volvió particularmente delicada. Documentos oficiales ofrecían respuestas contradictorias: algunos registros indicaban 1879, otros sugerían fechas posteriores. Investigaciones posteriores propusieron que Johnson probablemente había nacido cerca de 1889. Si esto fuera cierto, el músico habría sido mucho más joven de lo que afirmaba cuando Bolden estaba en su apogeo. Pero incluso si su edad era menor, esto no invalida necesariamente su testimonio. La escena musical de Nueva Orleans a comienzos del siglo XX estaba llena de músicos jóvenes que aprendían escuchando a los mayores, absorbiendo repertorios y estilos en un ambiente donde las fronteras entre banda, baile y desfile eran difusas. En ese mundo, un adolescente talentoso podía perfectamente encontrarse tocando junto a músicos más experimentados.

Más interesante aún es lo que el relato de Bunk Johnson revela sobre la forma en que se construyen las historias del jazz. Durante los años treinta y cuarenta, los investigadores dependían en gran medida de la memoria de los músicos. No había archivos organizados ni grabaciones tempranas que permitieran verificar cada afirmación. En cierto modo, la historia del jazz nació como una mezcla de investigación, entusiasmo y reconstrucción oral. Esto explica por qué el testimonio de Johnson tuvo tanta influencia. En un momento en que los pioneros del jazz comenzaban a desaparecer, cada recuerdo parecía una pieza de un rompecabezas mayor.

Hoy los historiadores leen esos testimonios con mayor cautela. No buscan en ellos una cronología perfecta, sino algo quizás más valioso: una ventana hacia la cultura musical de Nueva Orleans antes de que el jazz fuera un género definido. En esas historias aparecen parques de baile, bares de barrio, desfiles callejeros y bandas que tocaban sin partituras, guiadas por la energía del público. Tal vez el verdadero legado de Bunk Johnson no sea haber ofrecido un registro exacto de los hechos. Su importancia radica en otra parte: ayudó a que el mundo recordara que antes de los discos y de las grandes orquestas existió un jazz profundamente local, nacido en las calles y en los patios de Nueva Orleans.

Y en ese territorio donde la memoria y la música se entrelazan, la verdad histórica rara vez es una línea recta. Más bien se parece a una improvisación: llena de variaciones, de silencios y de notas que cambian de lugar con el paso del tiempo. Por Marcelo Bettoni

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