La historia de la música occidental no se reduce a un simple recuento de estilos o épocas: es un viaje a través de sistemas sonoros que han enseñado a los compositores y a los intérpretes a jugar con el orden, la tensión y el reposo. Cada lenguaje musical ha dejado huellas profundas que el jazz —siempre permeable y transformador— ha recogido y resignificado a su manera.

En el siglo VI, el Papa Gregorio Magno organizó el canto litúrgico de la Iglesia Católica, dando forma al canto gregoriano. Este repertorio monofónico se basaba en ocho modos —auténticos y plagales— y giraba en torno a la nota finalis y la dominante. Aunque nacido como instrumento de oración, su lógica modal sobrevivió durante siglos, filtrándose en la música folclórica europea y resurgiendo siglos después en obras de Debussy o Bartók.

El jazz revisitaría esta lógica modal a finales de los años 50. So What de Miles Davis o Impressions de John Coltrane prescindían de rápidas modulaciones tonales, manteniendo un centro estable que permitía explorar colores y melodías sin las restricciones de la armonía funcional.

La tonalidad —ese sistema que organiza la música alrededor de la tónica y sus funciones armónicas— dominó la creación occidental desde el Barroco hasta el Romanticismo. Esta misma lógica estructuró el jazz tradicional y el swing, con progresiones como II–V–I y cadencias que marcaban la gramática musical.

El bebop, con Charlie Parker y Dizzy Gillespie al frente, llevó esa gramática al extremo: tempos vertiginosos, progresiones densas y modulaciones constantes convertían la armonía en un terreno de virtuosismo y riesgo. Pero no todos siguieron ese camino: Thelonious Monk introdujo disonancias y silencios estratégicos, mientras que Wayne Shorter exploró armonías menos funcionales, abiertas a la ambigüedad y a progresiones impredecibles. Su música abrió un espacio donde la melodía y el color armónico podían tener vida propia, sentando las bases del postbop y anticipando ideas que más tarde serían esenciales en el free jazz.

El siglo XX también trajo la politonalidad —la superposición de distintas tonalidades— y la experimentación con ostinatos y pedales como anclas rítmico-armónicas. Compositores como Ravel, Stravinsky o Milhaud llevaron estas ideas a sus límites, y el jazz las absorbió: desde las orquestaciones de Duke Ellington hasta la energía expansiva de McCoy Tyner y la imaginación armónica de Herbie Hancock.

La ruptura más radical con la tonalidad llegó con Arnold Schoenberg y la Segunda Escuela de Viena. Su técnica dodecafónica equiparaba los doce sonidos de la escala cromática, eliminando jerarquías y prohibiendo la repetición inmediata de la misma nota. Aunque el jazz rara vez aplicó esta técnica de forma literal, sí abrazó su espíritu de emancipación. El free jazz de Ornette Coleman, Cecil Taylor o Anthony Braxton abandonó la armonía funcional, priorizando la interacción entre músicos y la improvisación como motores de creación.

Al mismo tiempo, las exploraciones microtonales de Julián Carrillo o Alois Hába expandieron el espectro sonoro más allá del temperamento igual. En el jazz, esto se escucha en la entonación flexible de los instrumentos de cuerda, en el manejo del vibrato y en el uso de cuartos de tono por improvisadores contemporáneos como Matthew Shipp o Julian Lage.

La música aleatoria, impulsada por John Cage, también dejó su huella en la improvisación libre, un terreno donde las fronteras entre jazz y música experimental se desdibujan. La estructura puede nacer en el momento, sin partitura previa, y la interacción entre los músicos se convierte en el verdadero corazón de la composición.

Hoy, el jazz sigue siendo un lenguaje en movimiento, un territorio donde tradición e innovación coexisten. Músicos contemporáneos toman las enseñanzas de Monk, Shorter o Coltrane y las proyectan hacia nuevos horizontes, combinando la riqueza de la improvisación y la libertad armónica con herramientas tecnológicas: sintetizadores, efectos digitales, procesamiento en tiempo real y grabaciones multicanal. La tradición del swing, del bebop y del postbop no se pierde; más bien, se transforma y dialoga con sonidos que hace apenas unas décadas serían impensables.

Así, el jazz actual se mantiene fiel a su esencia: un arte que nace en la interacción, en la escucha mutua y en la exploración constante, pero que incorpora los recursos de la tecnología para expandir su universo sonoro. Cada interpretación es a la vez un homenaje a su historia y un paso hacia lo desconocido, recordándonos que la música no es solo memoria, sino también invención. Desde el canto gregoriano hasta las texturas electrónicas del siglo XXI, el jazz nos invita a escuchar, a sentir y a participar de un viaje que sigue abierto, sin fronteras.

Por Marcelo Bettoni

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