
En septiembre de 1964, Miles Davis reunió un grupo que cambiaría la percepción del jazz moderno. Nacía su Segundo Quinteto, un conjunto que durante cuatro años se convirtió en un laboratorio de interacción, composición e improvisación. Desde sus primeras actuaciones en la costa oeste de Estados Unidos hasta una gira europea, el quinteto exploró territorios inéditos de creatividad y lenguaje musical.
Lo que distinguía al grupo no era solo la destreza individual de sus integrantes, sino la forma en que cada uno aportaba composiciones propias. Wayne Shorter se consolidó como el principal compositor, aportando piezas caracterizadas por motivos melódicos breves pero cargados de abstracción, con intervalos y patrones rítmicos poco convencionales. Davis, lejos de dominar la creación, actuaba como modulador y guía sutil, compartiendo la autoría de algunas composiciones cuando la estructura del tema lo requería.
Desde E.S.P. (1965), el quinteto mostró cómo reinventar la tradición sin romperla. Las piezas conservaban la estructura básica de tema–solos–tema, pero la libertad dentro de esa forma era notable: la melodía servía como punto de referencia, no como guía estricta. La armonía se liberó de progresiones funcionales tradicionales; los acordes se percibían como entidades sonoras autónomas y, cuando se conectaban mediante líneas, pedales u ostinati, reforzaban la cohesión del discurso. Hancock, explorando colores, disonancias y texturas, alejaba al piano de su rol de acompañante armónico, convirtiéndolo en interlocutor más que en guía.
La sección rítmica fue un verdadero motor de innovación. Tony Williams transformó la batería en eje estructural, jugando con el tiempo, la subdivisión del pulso y los acentos inesperados, mientras Ron Carter aseguraba la estabilidad con líneas de contrabajo que funcionaban como soporte flexible y contrapunto a la batería. Esto permitió una improvisación más libre: los solistas podían explorar el espacio, el clima y la atmósfera de cada pieza, más que adherirse a una rueda armónica rígida o a un tempo fijo. La improvisación se convirtió en diálogo constante entre solistas y sección rítmica, con un equilibrio entre exploración individual y cohesión grupal.
En vivo, la innovación se hizo palpable. Grabaciones como The Complete Live at the Plugged Nickel muestran reinterpretaciones de estándares como So What o Walkin’, con tempos más arriesgados y frases que sugerían, en lugar de declarar, los temas. Shorter desplegaba un fraseo oblicuo y discontinuo, Davis modulaba con economía y precisión, y Hancock y Williams intervenían con matices que expandían el horizonte tímbrico. Cada solo se construía sobre motivos melódicos y rítmicos mínimos, pero la interacción con la sección rítmica y los cambios dinámicos creaban un discurso complejo y vivo.
Entre 1966 y 1967, el quinteto alcanzó su punto álgido en estudios como Miles Smiles, Sorcerer y Nefertiti. Más de la mitad de los temas eran de Shorter, con melodías breves y estructuras abiertas que servían de base para exploraciones solistas. La improvisación dejaba de ser subordinada a la armonía fija: los músicos podían estirar o contraer el tiempo, alterar la densidad rítmica y jugar con silencios y tensiones para construir climas y atmósferas. Innovaciones como la alternancia de solos en Sorcerer o la centralidad rítmica en Nefertiti, donde la melodía se repite y los matices recaen en la sección de ritmo, muestran cómo la composición y la improvisación se integraban en un mismo proceso creativo.
Hacia 1968, Davis inició la transición eléctrica, incorporando guitarra y piano eléctrico y buscando un pulso más claro, influido por el rock y la música popular contemporánea. Miles in the Sky y Filles de Kilimanjaro reflejan esta exploración, aunque conservan la interacción compleja y la libertad improvisatoria que definieron al quinteto. Las grabaciones experimentales con Joe Beck y George Benson introdujeron texturas y colores que anticiparon la etapa eléctrica de finales de la década.
El Segundo Quinteto de Miles Davis nos enseña que la innovación no exige ruptura total, sino apertura y colaboración. Cada músico era protagonista y creador; la composición se convirtió en un punto de partida para la improvisación, la sección rítmica en motor de exploración, y los motivos melódicos en semillas para climas y atmósferas cambiantes. Esta fusión de tradición, experimentación formal y libertad interpretativa estableció un nuevo lenguaje para el jazz moderno, cuyo legado sigue siendo referencia obligada en la arquitectura del jazz contemporáneo.