A partir de la década de 1820, las iglesias afroamericanas comenzaron a organizar conciertos dedicados a la música sacra, marcando un espacio cultural propio dentro de la vida urbana de Estados Unidos. Estos eventos combinaban interpretaciones solistas —a cargo de hombres y mujeres— con pequeños ensambles y, especialmente, números corales extraídos de oratorios y otras obras religiosas. Aunque se inspiraban en la tradición de los conciertos de iglesias blancas, los músicos negros introdujeron un énfasis distintivo en la expresión coral colectiva.

El repertorio inicial estaba dominado por compositores europeos como Handel y Chappie, mientras que, hacia mediados del siglo XIX, nombres como Haydn, Mozart, Bellini y Gluck se hicieron más frecuentes. Al mismo tiempo, compositores afroamericanos como Francis Johnson, Robert C. Jones y Will L. Appo comenzaban a ocupar un lugar en estos programas, reflejando la creatividad y el talento propio de la comunidad negra.

Para formarse en el canto de concierto, los coristas asistían a escuelas de canto administradas por sus propias iglesias o maestros privados. Los solistas y músicos instrumentistas, en cambio, eran profesionales que estudiaban de manera especializada, a menudo viajando a otras ciudades como Nueva York, Boston o Washington D.C. para perfeccionar su técnica y participar en conciertos. Entre los nombres más reconocidos se encontraban directores corales como Mollis Brown Jr., Jacob Stans y Robert Jones, y directores de orquesta como William Appo, Francis Johnson y Aaron Connor.

Los conciertos seguían un formato estructurado: solían iniciarse con una obertura orquestal, continuaban con piezas corales de oratorios o himnos, y se alternaban con dúos o tríos. En ocasiones, la congregación se unía cantando himnos al inicio o al final del programa, reforzando el carácter comunitario de la experiencia. En algunos casos excepcionales, se interpretaban obras completas, como ocurrió con La Creación de Haydn en Filadelfia en 1841, con un coro numeroso y una orquesta amplia, demostrando la ambición artística de estas congregaciones.

Durante sus primeros años, estos conciertos recibieron apoyo tanto de las iglesias como de la comunidad local. Se crearon escuelas de canto para jóvenes afroamericanos, donde se enseñaban las bases técnicas y estéticas del arte vocal, formando así nuevas generaciones de intérpretes. Con el tiempo, sociedades musicales y grupos literarios comenzaron a asumir la organización de estos eventos, ampliando su alcance y profesionalizando su realización. Este fenómeno no solo consolidó un espacio para la música sacra afroamericana, sino que también fortaleció la identidad cultural y la presencia artística de la comunidad negra en las ciudades estadounidenses.

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