Cuando el trompetista y pensador afroamericano Clifford Thornton afirmó que “la música fue durante mucho tiempo nuestro único lenguaje”, no proponía una imagen literaria destinada a embellecer el pasado. Estaba formulando una hipótesis histórica de enorme alcance. En esa frase resuena la experiencia de un pueblo al que se le arrebató la lengua materna, se le negó el acceso a la escritura y se le excluyó de la ciudadanía, pero que no pudo ser privado de su facultad esencial: organizar el sonido para construir sentido.
La trata transatlántica no solo desplazó cuerpos; intentó fracturar memorias, desarticular genealogías y diluir cosmovisiones. En las plantaciones del sur estadounidense convivían hombres y mujeres provenientes de distintas regiones de África, con tradiciones diversas y lenguas incompatibles entre sí. En ese contexto de violencia sistemática, el canto y el ritmo se transformaron en el único territorio común. Allí donde la palabra era vigilada, la entonación insinuaba mensajes; donde la escritura estaba prohibida, la pulsación transmitía experiencia compartida.
Los spirituals no fueron simples expresiones devocionales. Funcionaron como archivos acústicos de esperanza, como códigos de fuga y como afirmaciones de dignidad frente a la deshumanización. En ellos se inscribía una historia que no podía redactarse en documentos oficiales. Más tarde, el blues trasladó esa memoria colectiva al plano de la subjetividad: cada lamento narraba una vivencia individual, pero al mismo tiempo condensaba la experiencia social de la segregación y el desarraigo. Cuando el jazz emergió en Nueva Orleans a comienzos del siglo XX, no apareció como entretenimiento liviano, sino como síntesis dinámica de esa herencia acumulada.
El jazz asumió plenamente esa función lingüística. Improvisar dejó de ser un mero recurso ornamental para convertirse en un acto de enunciación. En una sociedad que aún restringía derechos civiles, el solo instrumental operó como declaración de existencia. Cada frase, cada inflexión tímbrica, cada desplazamiento rítmico afirmaba una subjetividad que el orden social intentaba minimizar. La música persistía como espacio donde podía decirse lo que otros ámbitos silenciaban.
A lo largo del siglo XX, esa lengua sonora acompañó y modeló procesos de transformación profunda. El bebop expresó inconformismo intelectual y autonomía estética; el free jazz encarnó la revuelta formal y política; el soul y el funk reforzaron la conciencia identitaria en tiempos de lucha por los derechos civiles. En todos los casos, la creación musical no actuó como simple espejo de los acontecimientos: intervino en ellos, los tensionó y los resignificó.La afirmación de Thornton obliga, entonces, a revisar la noción misma de historia. ¿Qué sucede cuando una comunidad no puede legar tratados ni actas oficiales, pero sí deja canciones? La tradición historiográfica privilegia el documento escrito; sin embargo, para la diáspora africana en América, la memoria sonora funcionó durante siglos como archivo principal. El llamado y respuesta, la flexibilidad del pulso, la expresividad del timbre no constituyen meros procedimientos formales: son huellas de experiencia, marcas de supervivencia cultural.
Escuchar jazz —o cualquier expresión nacida de esa diáspora— implica, por lo tanto, entrar en contacto con una narración transmitida de oído en oído. Cada generación reinterpreta el legado, pero no rompe el hilo invisible que une pasado y presente. La música continúa operando como idioma de resistencia, como espacio de reconstrucción identitaria y como forma activa de memoria.Thornton comprendía que el sonido no solo conmueve; también testimonia. Cuando la palabra fue prohibida, el tambor articuló comunidad. Cuando la lengua fue fragmentada, el canto restableció vínculos. Contra todo intento de borramiento, un pueblo escribió su biografía en clave rítmica.
La música no fue refugio pasivo ni simple entretenimiento. Fue lengua, archivo y gesto político. Y en esa condición sigue siendo, todavía hoy, una manera de hacer historia.

Por Marcelo Bettoni

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