
En algunos de mis textos utilizo términos como “esclavos” o “raza”. Quiero aclarar que esas expresiones no responden a una mirada actual ni a una categoría biológica —hoy sabemos que la noción de “razas humanas” carece de sustento científico— sino al lenguaje histórico propio del período que estoy analizando.
Cuando abordamos el surgimiento del blues, el spiritual o el primer jazz en lugares como New Orleans, trabajamos con documentos, crónicas y testimonios de los siglos XVIII y XIX. En esos contextos, la palabra “esclavo” designaba una condición jurídica concreta dentro del sistema esclavista vigente en Estados Unidos hasta 1865. Sin embargo, en la actualidad se prefiere la expresión “personas esclavizadas”, porque desplaza el énfasis desde la identidad hacia la condición impuesta: nadie “es” esclavo por naturaleza, sino que fue sometido a la esclavitud.
Del mismo modo, el término “raza”, ampliamente utilizado en el discurso social y político del siglo XIX, hoy ha sido reemplazado en el ámbito académico por conceptos como “grupo étnico”, “afrodescendiente”o“comunidad afroamericana”, según el contexto. En estudios históricos y culturales se emplea también la expresión “personas negras” como categoría sociopolítica, entendiendo que no refiere a una clasificación biológica sino a una experiencia histórica compartida marcada por procesos de racialización.
Cuando cito esos términos en mis escritos, lo hago con intención histórica y crítica: para mostrar cómo se nombraba el mundo en ese tiempo y cómo esas denominaciones influyeron en la construcción social de la música. El jazz nace, en gran medida, de comunidades afrodescendientes que transformaron el dolor, la exclusión y la resistencia en lenguaje sonoro. Comprender las palabras de época nos ayuda a comprender también las estructuras de poder que atravesaron esa música.
Nombrar correctamente en el presente es un acto de responsabilidad; comprender cómo se nombraba en el pasado es un acto de conciencia histórica. Por Marcelo Bettoni